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Karaoke Trio Los Panchos Pasión Nocturna

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Karaoke Trio Los Panchos Pasión Nocturna

La noche en el bar de la colonia Roma estaba caliente como el tequila reposado. Luces neón parpadeaban al ritmo de boleros viejos, y el humo de los cigarros se mezclaba con el aroma dulce de las margaritas. Yo, Ana, había llegado sola después de una semana de puro estrés en la oficina. Quería soltarme el pelo, cantar a gritos y quizás encontrar algo de diversión. El letrero del karaoke brillaba: Noche Trío Los Panchos. Neta, qué chido, pensé. Los Panchos siempre me ponían romántica, con esas voces que te erizan la piel.

Me acomodé en la barra, pedí un cuba libre y observé. Dos weyes guapísimos subieron al escenario improvisado. Uno alto, moreno, con camisa blanca desabotonada que dejaba ver un pecho tatuado; el otro más chaparrito, pero con ojos verdes que hipnotizaban y una sonrisa pícara. Se presentaron como Marco y Luis, fans empedernidos de Los Panchos.

"¿Quién se anima a hacer el trío con nosotros? ¡Necesitamos una voz de morra para 'Sabor a Mí'!", gritó Marco al micrófono.
El público aplaudió. Yo sentí un cosquilleo en el estómago. ¿Por qué no? Me paré, subí con ellos, el corazón latiéndome como tambor.

Nos miramos. Marco me pasó el micrófono primero, su mano rozó la mía, cálida y firme. Olía a colonia fresca con un toque de sudor masculino. Luis se acercó por detrás, su aliento en mi cuello mientras leíamos la letra. Empezamos a cantar. "Sabor a mí, sabor a ti..." Mis piernas temblaban, pero la voz salió ronca, sensual. Ellos armonizaban perfecto, como si hubiéramos ensayado toda la vida. El público enloqueció, pero yo solo sentía sus cuerpos cerca. Marco cantaba mirándome fijo, Luis me rozaba la cadera "accidentalmente". Al terminar, nos abrazamos en el escenario, sus manos en mi cintura, pechos contra pechos. Bajé sudando, excitada, con el pulso acelerado.

Nos sentamos en una mesa apartada. "¡Eres la neta, Ana! Hiciste magia con el karaoke trío Los Panchos", dijo Luis, sirviéndome otro trago. Marco reía, su pierna tocando la mía bajo la mesa. Hablamos de boleros, de noches locas en el DF. Yo les conté de mi vida aburrida, ellos de sus aventuras como músicos callejeros. La química era palpable: risas, miradas largas, toques casuales que se volvían intencionales.

¿Qué carajos estoy haciendo? Esto es una locura, pero se siente tan bien..., pensé, mientras Marco me acomodaba un mechón de pelo detrás de la oreja.
El bar olía a frituras y deseo reprimido. Luis propuso: "¿Otro round? Pero esta vez en privado". Mi cuerpo gritó sí antes que mi boca.

Salimos del bar, el aire fresco de la noche me erizó la piel. Caminamos hasta el depa de Marco, a dos cuadras, riendo como pendejos. Adentro, luces tenues, velas aromáticas a vainilla. Pusieron un disco de Los Panchos bajito. "Para ambientar el karaoke trío Los Panchos", guiñó Luis. Me senté en el sofá, ellos a mis lados. Marco me besó primero, suave, explorando mis labios con lengua tibia. Sabía a ron y menta. Luis besaba mi cuello, mordisqueando suave, sus manos subiendo por mis muslos. ¡Órale, qué rico! Me derretía.

Me quitaron la blusa despacio, admirando mis tetas. "Estás cañón, morra", murmuró Marco, lamiendo un pezón. Luis chupaba el otro, sus barbas raspando delicioso. Yo gemía bajito, arqueándome. Mis manos bajaron a sus pantalones, sintiendo vergas duras palpitando. Las saqué, una gruesa y venosa, la otra larga y curva. Las masturbé lento, oyendo sus jadeos roncos.

Nunca había estado con dos, pero se siente empoderador, como si yo mandara aquí.
Me puse de rodillas, alternando mamadas. Marco empujaba suave mi cabeza, Luis me acariciaba el pelo. El sabor salado de sus precúm me volvía loca, el sonido de succiones húmedas llenaba la habitación.

Me llevaron a la cama king size, sábanas frescas de algodón egipcio. Me tumbaron boca arriba, Marco entre mis piernas, lamiendo mi concha empapada. Su lengua danzaba en mi clítoris, chupando como experto. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce. Luis me besaba la boca, sus dedos pellizcando tetas. Gemí fuerte cuando Marco metió dos dedos, curvándolos en mi punto G. "¡Sí, cabrón, así!", grité. Cambiaron: Luis me comía, Marco me daba su verga en la boca. El placer subía como ola, mis caderas se movían solas.

Quería más. "Cógemenme los dos", pedí, voz temblorosa de deseo. Marco se acostó, yo monté su verga, sintiéndola llenarme hasta el fondo. ¡Qué estirada tan rica! Rebotaba lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes. Luis se paró detrás, escupió en mi ano y empujó despacio. Dolor placer mezclado, pero lo pedí yo. "¡Despacio, wey!", jadeé. Entró, y ¡pum! Los dos adentro, moviéndose alternados. El sonido de piel contra piel, slap slap slap, era hipnótico. Sudor nos cubría, goteando. Olía a sexo puro, testosterona y mi jugo.

Marco debajo, chupando mis tetas; Luis atrás, azotando suave mi culo.

Esto es el paraíso, neta. Sus vergas me follan perfecto, sincronizados como en el karaoke.
Aceleraron, yo grité orgasmos uno tras otro. Cuerpos temblando, pulsos latiendo juntos. "¡Me vengo!", rugió Marco primero, llenándome de leche caliente. Luis salió y eyaculó en mi espalda, chorros calientes resbalando. Yo colapsé sobre Marco, exhausta, feliz.

Nos quedamos así, enredados, respirando agitados. Luis trajo toallitas húmedas, nos limpió con ternura. "Eres increíble, Ana", dijo Marco, besándome la frente. Reímos de la locura, prometiendo repetir el karaoke trío Los Panchos pronto. Me dormí entre ellos, piel contra piel, oliendo a nosotros. Al amanecer, café y chilaquiles, miradas cómplices. Salí con el cuerpo dolorido pero el alma llena. Esa noche cambió todo: descubrí que el placer en trío es como un bolero perfecto, armónico y eterno.

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