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El Trío Schubert en Éxtasis

7043 palabras

El Trío Schubert en Éxtasis

La luz tenue del atardecer se colaba por las cortinas de mi depa en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que el aire oliera a jazmín del jardín de abajo. Yo, Ana, había invitado a Marco y a Diego esa tarde para ensayar el Trío Schubert en si bemol mayor, esa pieza que siempre me ponía la piel chinita con sus melodías que suben y bajan como caricias prohibidas. Marco, el violinista alto y moreno con ojos que te desnudan sin decir nada, y Diego, el chelista fornido con esa sonrisa pícara que dice "sé lo que piensas, carnala". Éramos cuates de la uni, pero últimamente las miradas se quedaban más tiempo, las risas se volvían roncas, y el roce accidental en la cocina me dejaba el corazón latiendo como tambor.

Me senté al piano, mis dedos rozando las teclas frías, sintiendo el olor a madera pulida y el leve aroma a colonia de Marco que flotaba cerca. "¿Listos, cabrones?" les dije con una guiñada, y ellos asintieron, Marco afinando su violín con movimientos precisos que hacían que sus bíceps se marcaran bajo la camisa ajustada. Diego acomodó el chelo entre sus piernas, y juro que vi cómo su mirada bajaba un segundo a mis tetas bajo el escote del vestido suelto. El primer movimiento empezó suave, el piano susurrando, el violín lloriqueando como un amante celoso, el cello gimiendo grave desde las entrañas.

Pinche música, ¿por qué me hace sentir así? Como si cada nota fuera un dedo recorriendo mi espalda, bajando lento hasta...

La tensión crecía con cada compás. Sudor fino perlaba mi frente, y el calor del cuarto se volvía pegajoso, mezclado con el olor salado de sus cuerpos esforzados. Marco se inclinó hacia mí en un pasaje rápido, su rodilla rozando mi muslo desnudo. "¡Más pasión, Ana!" murmuró, su aliento caliente en mi oreja, oliendo a menta y deseo. Yo aceleré las teclas, mi corazón tronando más fuerte que el forte del segundo movimiento. Diego soltó un "¡órale!" cuando erré una nota, pero su risa era puro fuego, y sus ojos decían "te comería cruda ahorita".

Terminamos el primer movimiento jadeando, el silencio roto solo por nuestras respiraciones pesadas. Me paré para estirarme, mi vestido pegándose a la piel húmeda, y Marco dejó el violín, acercándose con esa caminata de vato seguro. "Estás cañona tocando, Ana. Me traes loco con esas manos." Su voz grave vibró en mi pecho. Diego se levantó, el chelo olvidado, y puso una mano en mi cintura. "Sí, carnala, el Schubert trio nunca sonó tan... íntimo." Sus dedos apretaron suave, y el toque envió chispas por mi espina.

No sé quién besó primero. Creo que fui yo, tirándome a Marco con hambre de meses reprimida, su boca sabiendo a cerveza fría y promesas. Diego no se quedó atrás; sus labios cayeron en mi cuello, mordisqueando la piel sensible mientras sus manos subían por mis muslos. "¿Quieren esto?" pregunté entre gemidos, y ellos gruñeron un "¡claro que sí, pendejos somos?" al unísono. Consentió todo, puro fuego mutuo, nadie forzando nada. Nos movimos al sofá amplio, ropa volando como notas sueltas: mi vestido por los aires, la camisa de Marco rasgada un poco en la risa.

Acto dos del deseo: Marco me recostó, sus ojos devorándome desnuda, mis pezones duros como teclas bajo su mirada. "Eres una chingona, Ana." Bajó la boca a mis tetas, chupando lento, el sonido húmedo mezclándose con mi quejido. Diego se arrodilló entre mis piernas, su barba raspando el interior de mis muslos, oliendo mi excitación que ya empapaba todo. "Estás chorreando, reina", dijo con voz ronca, y su lengua lamió despacio, saboreando como si fuera el finale del trío. Yo arqueé la espalda, manos enredadas en el pelo de Marco, el piano aún resonando en mi cabeza como un eco sensual.

Esto es mejor que cualquier concierto. Sus lenguas, sus dedos... me van a romper en mil pedazos de placer.

La intensidad subió como el scherzo del Trío Schubert, rápido y juguetón. Cambié posiciones, montándome en Diego, su verga gruesa llenándome centímetro a centímetro, el estirón delicioso que me hizo gritar "¡chinga!". Marco se puso de rodillas frente a mí, su miembro duro rozando mis labios. Lo tomé en la boca, saboreando la sal de su piel, el sabor almizclado que me volvía loca. Movimientos sincronizados como la música: Diego embistiendo desde abajo, sus manos amasando mi culo, Marco follándome la boca con cuidado, sus gemidos graves como el cello.

El sudor nos unía, piel contra piel resbalosa, el olor a sexo cargando el aire como incienso prohibido. Oía sus respiraciones agitadas, el slap slap de cuerpos chocando, mis propios jadeos ahogados. "Más rápido, cabrón", le ordené a Diego, y él obedeció, sus caderas tronando contra las mías. Marco se retiró un momento, besándome profundo mientras Diego me llevaba al borde. "Ven con nosotros, Ana", susurró Marco, y el clímax me golpeó como el acorde final: olas de placer convulsionándome, gritando su nombre, el mundo reduciéndose a pulsos y temblores.

Pero no paramos. Rotamos como en una fuga schubertiana. Ahora Marco me penetró por detrás, de rodillas en el sofá, su verga larga tocando spots que me hacían ver estrellas, mientras yo chupaba a Diego, su sabor mezclado con el mío. El tacto de sus bolas en mi barbilla, el calor de Marco enterrado profundo, el olor de todos nosotros fundidos. Gemidos subían de tono, "¡te sientes de puta madre!" de Diego, "¡no pares!" mía. La tensión psicológica explotó: meses de miradas, toques casuales, ahora liberados en esta danza carnal.

Inner struggle? Nah, puro empoderamiento. Yo dirigía, "más duro", "chúpame aquí", y ellos seguían, ojos llenos de adoración. El segundo clímax para mí fue más profundo, emocional, lágrimas de puro gozo mientras Marco se corría dentro, caliente y abundante, Diego eyaculando en mi boca, tragando cada gota con deleite salado.

Caímos exhaustos, un enredo de piernas y brazos, el corazón latiendo al unísono como el ritmo del andante. El aire olía a semen, sudor y jazmín, la piel pegajosa enfriándose lenta. Marco me besó la frente, "Eres nuestra musa, Ana." Diego acarició mi pelo, "El mejor Schubert trio de mi vida." Reímos bajito, bebiendo agua fría que sabía a victoria.

Nunca un ensayo fue tan perfecto. Esta noche cambió todo, pero para bien. Somos más que amigos, somos sinfonía.

Nos vestimos despacio, promesas en besos suaves. Afuera, la noche de la Ciudad de México rugía con cláxones lejanos, pero adentro reinaba la paz del afterglow. El piano esperaba, mudo testigo, y supe que tocaríamos de nuevo... el trío, y esto. El deseo inicial se cerró en plenitud, tensiones resueltas en caricias perezosas. Me quedé con el eco de sus cuerpos en mi piel, el sabor en la lengua, lista para más noches así.

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