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Al Menos Lo Intentamos Desnudos

7058 palabras

Al Menos Lo Intentamos Desnudos

La luz del atardecer se colaba por las cortinas del depa en Polanco, tiñendo todo de un naranja cálido que hacía que la piel de Alex brillara como si estuviera untada en miel. Yo, sentada en el borde de la cama king size, sentía el corazón latiéndome a mil por hora. Habíamos estado juntos dos años ya, neta, y aunque el sexo seguía siendo chido, la rutina nos estaba comiendo vivos. ¿Y si hoy probamos algo diferente? le había dicho esa mañana mientras desayunábamos chilaquiles en la terraza. Él me miró con esa sonrisa pícara, de esas que me hacen mojarme al instante, y contestó: "Órale, carnala, ¿qué traes en mente?"

Ahora aquí estábamos, los dos en ropa interior, con una botella de mezcal reposado abierta en la mesita de noche. El aroma ahumado del licor se mezclaba con el perfume de su colonia, esa que huele a madera y aventura. Me acerqué despacio, rozando mi muslo contra el suyo, sintiendo el calor que desprendía su piel morena.

¿Y si no sale bien? ¿Y si nos reímos y ya?
pensé, mientras mis dedos temblorosos desabrochaban el gancho de mi brasier. Al menos lo intentamos, ¿no? Eso me repetía en la cabeza como un mantra.

Alex me jaló hacia él con gentileza, sus manos grandes y callosas –herencia de sus días en la construcción antes de montar su changarrito de diseño gráfico– acariciando mi espalda desnuda. El roce era eléctrico, como si cada poro de mi piel se despertara de golpe. "Estás preciosa, mi reina", murmuró contra mi cuello, su aliento caliente y con sabor a mezcal rozando mi oreja. Sentí un escalofrío bajarme por la espina, y mis pezones se endurecieron al instante, rozando su pecho peludo. Lo besé con hambre, nuestras lenguas enredándose en un baile húmedo y salvaje, saboreando el dulzor del agave y el salado de su sudor incipiente.

Nos recargamos en las almohadas mullidas, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Él deslizó su mano por mi vientre plano, deteniéndose en el encaje de mis panties. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras yo bajaba la mano a su bóxer, sintiendo su verga ya dura palpitando contra la tela. La saqué con cuidado, admirando su grosor venoso, la piel tersa y caliente. El olor almizclado de su excitación me invadió las fosas nasales, ese aroma macho que me vuelve loca. La acaricie despacio, de arriba abajo, oyendo sus gemidos roncos que retumbaban en el cuarto silencioso, solo interrumpido por el lejano claxon de los coches en Reforma.

"Hoy vamos a ir lento, ¿va?" propuse, recordando ese artículo que leí en una revista de pareja. Tantra o algo así, para conectar de verdad. Él asintió, sus ojos cafés clavados en los míos, llenos de deseo y un toque de nervios. Al menos lo intentamos, se me escapó en voz baja mientras me quitaba las panties, exponiendo mi concha ya húmeda y hinchada. El aire fresco del ventilador me erizó la piel, y sentí un chorrito de mis jugos resbalando por mis muslos.

Acto seguido, nos posicionamos en esa pose rara que vi en un video: yo sentada sobre sus piernas cruzadas, nuestras frentes pegadas. Respirábamos juntos, inhalando profundo el uno del otro. Su pecho subía y bajaba contra el mío, los latidos de su corazón tronando como tambores en mi oído. Toqué su cara, sintiendo la barba de tres días raspándome las yemas, áspera y excitante. "Siente mi calor, wey", le dije juguetona, guiando su mano a mi entrepierna. Sus dedos exploraron mis labios mayores, resbaladizos y calientes, separándolos para rozar mi clítoris hinchado. Un jadeo se me escapó, alto y gutural, mientras ondas de placer me subían por el cuerpo.

La tensión crecía como una tormenta. Yo lo masturbaba lento, sintiendo cada vena pulsar bajo mi palma, el prepucio suave deslizándose. Él gemía bajito, "Qué rico, mami, no pares", y yo sentía mi concha contrayéndose de anticipación. El cuarto olía a sexo ya, a sudor mezclado con nuestro perfume natural, ese almizcle dulce que enloquece. Nuestros besos se volvieron más urgentes, mordidas en labios y cuellos, dejando marcas rojas que dolían rico.

Esto es nuevo, pero qué padre. No quiero que acabe nunca
, reflexioné mientras él me lamía el lóbulo de la oreja, su lengua húmeda y hábil.

Gradualmente, la intensidad subió. Me recostó sobre las sábanas frescas de algodón egipcio, besando mi camino desde la boca hasta el ombligo. Cada roce de sus labios era fuego, su barba raspando mi piel sensible. Llegó a mi concha, inhalando profundo. "Hueles a paraíso, pinche diosa", gruñó antes de lamer despacio, desde el perineo hasta el clítoris. El sabor salado-dulce de mis jugos lo volvió loco; lo oía chupar y sorber como si fuera el mejor pozole de la vida. Mis caderas se arquearon solas, manos enredadas en su pelo negro revuelto, tirando suave. ¡Ay, cabrón, qué bueno! grité mentalmente, mientras oleadas de placer me nublaban la vista.

Él se incorporó, su verga reluciente de mi saliva después de que yo se la mamara con ganas, saboreando cada centímetro, el gusto salobre de su precum en mi lengua. Nos miramos, jadeantes, pieles brillantes de sudor. "Entra en mí, ya", supliqué, abriendo las piernas. Se posicionó, la punta gruesa presionando mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada pulgada llenándome, el roce interno contra mis paredes sensibles. Gemimos al unísono, el sonido reverberando en las paredes.

Empezamos a movernos, un ritmo lento al principio, sintiendo cada embestida profunda. Sus bolas peludas chocaban contra mi culo con un plaf húmedo, el sudor goteando de su frente a mi pecho. Aceleramos, el colchón crujiendo, nuestros cuerpos chocando con fuerza. "¡Más duro, pendejo!" le pedí entre jadeos, arañando su espalda. Él obedeció, follándome con pasión animal, su verga golpeando mi punto G una y otra vez. El placer se acumulaba, como una ola gigante, mis músculos contrayéndose alrededor de él.

El clímax llegó como un terremoto. Primero yo, gritando su nombre mientras mi concha se apretaba en espasmos, chorros de squirt mojando las sábanas. Él se vino segundos después, gruñendo como león, su leche caliente inundándome, desbordando y resbalando por mis nalgas. Colapsamos juntos, cuerpos temblorosos, pegados por el sudor pegajoso. El aroma de sexo impregnaba todo, intenso y satisfactorio.

Minutos después, recostados de lado, él acariciándome el pelo húmedo. "¿Y? ¿Valió la pena?" preguntó con voz ronca. Sonreí, besando su hombro salado. Al menos lo intentamos, pensé, pero neta, fue mucho más que eso. "Fue chingón, amor. Hagámoslo de nuevo", respondí, sintiendo una paz profunda, como si hubiéramos redescubierto algo nuestro. El sol ya se había ido, pero el calor entre nosotros duraría toda la noche.

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