De Donde Es El Tri En Tus Labios
La noche en el DF estaba viva como siempre, con ese rumble de la ciudad que te hace sentir que todo puede pasar. Yo andaba en un bar de la Condesa, de esos con luces tenues y música rockera retumbando en los parlantes. El humo del cigarro se mezclaba con el olor a tequila reposado y sudor fresco de la gente bailando. Me pedí un caballito de José Cuervo, sintiendo cómo el líquido ardía en mi garganta, bajando caliente hasta el estómago. Ahí fue cuando lo vi: alto, moreno, con una playera negra gastada de El Tri, esa banda que me ha hecho vibrar desde morra.
Se acercó a la barra, pidiendo una chela, y nuestras miradas se cruzaron. Tenía ojos cafés intensos, como el chocolate de la abuela, y una sonrisa pícara que prometía problemas buenos. "¿Qué onda, preciosa?" dijo, con esa voz ronca que te eriza la piel. Le contesté con una guiñada: "Pues aquí, disfrutando la noche. Oye, carnal, ¿de dónde es El Tri?" Soltó una carcajada, fuerte y genuina, que se oyó por encima del bajo de la rola que sonaba.
"De aquí, del puro DF, nena. ¿Y tú, de dónde sales tan rica?" Me acerqué más, oliendo su colonia mezclada con el aroma masculino de su piel. Hablamos de la banda, de cómo Alex Lora es un pinche genio, de conciertos en el Palacio de los Deportes donde el piso tiembla. La tensión crecía con cada palabra; sentía su mirada recorriéndome el escote del vestido rojo ceñido, y yo no podía dejar de imaginar sus manos en mi cintura. El bar se llenaba de risas y vasos chocando, pero para mí solo existía él, el tipo de El Tri.
"Este wey me va a volver loca", pensé, mientras su rodilla rozaba la mía bajo la barra. El pulso se me aceleraba, un cosquilleo subiendo por las piernas.
Acto seguido, me invitó a bailar. La pista estaba repleta, cuerpos pegándose al ritmo de "Abuso de Autoridad", la guitarra eléctrica vibrando en mi pecho como un latido extra. Sus manos en mi cadera, firmes pero suaves, guiándome. Sudábamos juntos, el calor de nuestros cuerpos mezclándose, su aliento en mi cuello oliendo a cerveza y deseo. "¿De dónde es El Tri en ti?" le susurré al oído, mordisqueándole el lóbulo. Se rio bajito: "En todo mi ser, como tú en el mío". Nuestros labios se rozaron por primera vez, un beso tentativo que sabía a tequila y promesas. Su lengua exploró la mía, lenta, saboreando, mientras sus dedos se clavaban en mi carne, enviando chispas por mi espina.
Salimos del bar tomados de la mano, el aire fresco de la noche contrastando con el fuego dentro de mí. Caminamos hasta su depa en la Roma, riendo de tonterías, pero el silencio entre nosotros estaba cargado. En el elevador, no aguanté más: lo empujé contra la pared, besándolo con hambre, sintiendo su dureza presionando contra mi vientre. "Pinche nena caliente", murmuró, manoseándome las nalgas con ganas. Olía a él, puro macho listo para devorarme.
Adentro, puso a sonar un disco de El Tri, "Triste Canción de Amor" llenando el cuarto con su melancolía rockera. Las luces de la ciudad entraban por la ventana, pintando su piel de dorado. Se quitó la playera, revelando un torso marcado por horas en el gym, vello oscuro bajando hasta el ombligo. Yo me desabroché el vestido, dejándolo caer como una cascada roja. Sus ojos se oscurecieron de lujuria: "Estás de hija, wey". Me acercó, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado, bajando hasta mis pechos. Sus labios chuparon mis pezones, duros como piedras, enviando descargas eléctricas directo a mi entrepierna.
"Quiero que me rompa, que me haga suya con todo", gemí en mi mente, arqueándome contra su boca.
Sus manos bajaron, deslizándose por mi panza suave, hasta mis calzones empapados. Me los quitó de un jalón, exponiéndome al aire fresco. Arrodillado, separó mis muslos, inhalando mi aroma almizclado de excitación. Su lengua tocó mi clítoris, un roce eléctrico que me hizo jadear. Lamía despacio, saboreándome como si fuera el mejor tequila, chupando mis labios hinchados, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido húmedo de su boca en mi panocha se mezclaba con la guitarra de fondo, mi humedad corriendo por sus dedos. "Sabes a gloria, mi reina", gruñó, mirándome con ojos fieros.
No aguanté más. Lo jalé del pelo, poniéndolo de pie. Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, el pulso latiendo contra mi palma. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, metiéndomela hasta la garganta. Él gemía, "¡Así, nena, trágatela toda!", sus caderas empujando suave. El olor a sexo llenaba el cuarto, sudor y fluidos mezclándose en el aire pesado.
Me levantó como si nada, echándome en la cama king size. Se puso encima, su peso delicioso oprimiéndome. Rozó su pija en mi entrada, lubricándonos mutuamente, torturándome con lentitud. "Dime que la quieres", exigió, voz ronca. "Sí, cabrón, métemela ya", supliqué. Empujó de golpe, llenándome por completo, estirándome deliciosamente. Grité de placer, uñas clavadas en su espalda. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida rozando mi G, haciendo que mis paredes se contrajeran alrededor de él.
La intensidad subió: ritmos salvajes, piel chocando con plaf húmedos, sus bolas golpeando mi culo. Sudábamos a chorros, el colchón crujiendo bajo nosotros. Cambiamos posiciones; yo encima, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas. Sentía su verga honda, golpeando mi cervix con cada bajada. "¡Más fuerte, pinche semental!" gritaba, mientras él pellizcaba mis pezones. El orgasmo me alcanzó como tsunami: contracciones violentas, jugos chorreando por su eje, visión nublada de placer puro.
Él no paró, volteándome a cuatro patas. Me embistió por atrás, una mano en mi clítoris frotando furioso, la otra jalándome el pelo. "¡Me vengo, nena!" rugió, hinchándose dentro de mí. Calor líquido inundó mi interior, pulsación tras pulsación, mientras yo temblaba en un segundo clímax. Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y semen.
Después, recostados, con su brazo alrededor de mi cintura, la música aún sonando bajito. "Entonces, ¿de dónde es El Tri?" pregunté perezosa, trazando círculos en su pecho. "De aquí, como este fuego que armamos", contestó, besándome la frente. Afuera, la ciudad seguía su fiesta, pero en ese depa, teníamos nuestro propio mundo. Me dormí oliendo a él, satisfecha, sabiendo que amaneceríamos para más.