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Celebrando el Resultado del Tri en la Cama

8044 palabras

Celebrando el Resultado del Tri en la Cama

La noche estaba cargada de esa electricidad que solo un partido del Tri puede armar. Yo, Ana, sentada en el sofá de mi depa en la Condesa, con una chela fría en la mano y el corazón latiéndome a mil por hora. Frente a mí, la tele escupía las jugadas del Estadio Azteca, y a mi lado, Javier, ese morro alto y atlético que había conocido en una fiesta hace unas semanas. Neta, desde que lo vi con su camiseta verde del Tri puesta, supe que esa noche iba a pasar algo chido.

El aire olía a nachos con queso derretido y a su colonia fresca mezclada con el sudor leve que ya le perlaba el cuello. "¡Órale, Ana, mira cómo va el Tri!", gritó él mientras México metía el primer gol. Me volteó a ver con esos ojos cafés intensos, y su sonrisa pícara me hizo apretar las piernas sin querer. Yo llevaba un short cortito y una blusa suelta, nada fancy, pero sentía su mirada recorriéndome como caricias calientes.

¿Por qué carajos me pongo así con este pendejo? Es solo un partido, pero su rodilla rozando la mía me está volviendo loca.

El estadio rugía en la tele, el narrador chillaba "¡Gooool de México!", y Javier se levantó de un brinco, jalándome con él para brincar como locos. Sus brazos me rodearon la cintura, fuerte, posesivo, y por un segundo nos quedamos pegados, mi pecho contra el suyo, sintiendo el latido acelerado de su corazón. Olía a hombre, a deseo contenido, y el roce de su entrepierna contra mi cadera me dejó claro que no era el único gol que quería meter esa noche.

Volvimos al sofá, pero ya no había distancia. Su mano descansaba en mi muslo, subiendo despacito mientras el Tri defendía con uñas y dientes. "Estás tensa, mija", me susurró al oído, su aliento cálido rozándome la oreja. "Relájate, que el resultado del Tri va a ser chingón... y lo nuestro también". Mi piel se erizó, un cosquilleo que bajaba directo a mi entrepierna. Le di un trago a la chela para disimular, pero el sabor amargo no apagaba el fuego que él avivaba.

El medio tiempo llegó como salvación y tortura a la vez. Nos paramos por más chelas, y en la cocina, él me acorraló contra la barra. "Ana, no aguanto verte así de rica", murmuró, su boca a centímetros de la mía. Nuestros labios se rozaron, suaves al principio, luego con hambre. Sabía a cerveza y a promesas sucias. Sus manos subieron por mi espalda, metiéndose bajo la blusa, tocando mi piel desnuda. Gemí bajito, sintiendo cómo mi cuerpo respondía, mis pezones endureciéndose contra su pecho.

Acto dos: La escalada

Regresamos al sofá justo cuando arrancaba el segundo tiempo, pero ya nada era igual. Javier me jaló a su regazo, mis nalgas acomodándose sobre su dureza evidente. "Siente cómo me pones", gruñó, moviendo las caderas despacio. Yo me mecí contra él, el roce delicioso a través de la tela, mientras en la pantalla el Tri presionaba. El sonido de los balones, los gritos de la afición, todo se mezclaba con nuestros jadeos contenidos.

Su mano se coló bajo mi short, dedos expertos rozando mi humedad. "Estás chorreando, Ana. ¿Es por el partido o por mí?". Reí nerviosa, pero la verdad era que todo contribuía: el calor del depa, el sudor en su piel, el olor almizclado de nuestra excitación empezando a impregnar el aire. Metió un dedo dentro de mí, lento, girando, y mordí mi labio para no gritar. Qué rico se siente, cabrón, pensé, mientras mi mano bajaba a su pantalón, palpando esa verga gruesa y palpitante.

El partido seguía tenso, México salvando goles imposibles, y nosotros igual. Me volteó boca abajo en el sofá, bajándome el short con urgencia. Su lengua trazó un camino ardiente por mi espalda, bajando hasta mis nalgas, lamiendo, mordisqueando. El vello de su barba raspaba delicioso, y cuando separó mis piernas y hundió la cara en mi panocha, vi estrellas. Lamía con hambre, chupando mi clítoris hinchado, el sonido húmedo y obsceno mezclándose con el rugido del estadio en la tele. "¡Sabe a gloria, morra!", jadeó, y yo me arqueé, empujando contra su boca, el placer subiendo en oleadas.

Si el Tri mete otro gol, me corro. Neta, no aguanto más esta tortura deliciosa.

Entonces pasó: el contragolpe perfecto, el tiro cruzado, ¡GOOOOL! El estadio explotó, Javier levantó la cabeza triunfante, su cara brillante de mis jugos, y me volteó para besarme con furia. "¡Resultado del Tri perfecto, como tú!", gritó entre risas, y yo reí con él, pero el beso se volvió feroz. Nos desnudamos a tirones, su camiseta verde volando, mi blusa rasgándose un poco. Su cuerpo era puro músculo, piel morena sudada, y yo no podía dejar de tocarlo, de olerlo, de saborear el salado de su cuello.

Me recargó en el respaldo del sofá, levantándome una pierna. Su verga, dura como acero, rozó mi entrada, untándose de mi excitación. "Dime que sí, Ana. Dime que quieres que te coja duro". "¡Sí, pendejo, cógeme ya!", supliqué, y él empujó adentro, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardiente, placentero, me arrancó un grito. Empezó a moverse, lento al principio, cada embestida profunda haciendo que mis paredes lo apretaran. El slap-slap de piel contra piel competía con los últimos minutos del partido.

Sudor goteaba de su frente al mi pecho, sus manos amasando mis tetas, pellizcando pezones. Yo clavaba uñas en su espalda, sintiendo los músculos tensarse bajo mis dedos. "¡Más rápido, Javier! ¡Como el Tri atacando!". Aceleró, follándome con fuerza, el sofá crujiendo, mi clítoris rozando su pubis en cada choque. El olor a sexo crudo llenaba el cuarto, mezclado con el eco de los vuvuzelas lejanos en la tele.

El clímax del partido coincidió con el nuestro. México ganaba 2-1, el pitazo final sonó, y Javier me penetró más hondo, su verga hinchándose. "¡Me vengo, Ana! ¡Júntate!". Mi orgasmo explotó primero, olas de placer convulsionándome, chillando su nombre mientras lo ordeñaba. Él gruñó como animal, llenándome de calor líquido, pulsos calientes que me prolongaron el éxtasis.

Acto tres: El afterglow

Colapsamos en el sofá, jadeantes, pegajosos de sudor y fluidos. La tele repetía el resultado del Tri: victoria épica, 2-1. Javier me abrazó por detrás, su verga aún semidura contra mis nalgas, besándome el hombro. "Qué chingón todo, ¿verdad? El Tri y tú". Reí bajito, girándome para mirarlo. Sus ojos brillaban con satisfacción, el pelo revuelto, labios hinchados.

Nos levantamos despacio, piernas temblorosas, y fuimos a la regadera. El agua caliente caía sobre nosotros, lavando el sudor pero no la conexión. Sus manos jabonosas recorrieron mi cuerpo con ternura ahora, enjabonando mis curvas, y yo le devolví el favor, acariciando su pecho ancho, bajando a su paquete relajado. "Otra ronda después?", bromeó, y yo le mordí el labio. "Solo si el Tri clasifica al Mundial".

Secos y envueltos en toallas, volvimos al sofá. Pedimos unos tacos por app, y mientras esperábamos, platicamos de todo: de cómo nos conocimos, de partidos pasados, de lo que sentíamos. "Neta, Ana, desde que te vi brincando con la camiseta del Tri puesta, supe que eras para mí". Sonreí, sintiendo un calor distinto, más profundo que el físico. El resultado del Tri no era solo números en la pantalla; era el pretexto perfecto para soltar lo que traíamos guardado.

Comimos tacos sentados en el piso, riendo, tocándonos casual pero cargado de promesas. Su mano en mi rodilla, mi cabeza en su hombro. Cuando se fue, ya de madrugada, me dejó un beso largo en la puerta. "Mañana vemos el próximo, ¿sale?". "Sale, pero trae condones esta vez, pendejo", guiñé.

Sola en la cama, con el cuerpo aún zumbando de placer, repasé la noche. El rugido del estadio, el sabor de su piel, el olor de nuestro sexo, el grito compartido al final. El resultado del Tri fue chido, pero lo nuestro fue épico. Cerré los ojos, sonriendo, sabiendo que esto apenas empezaba.

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