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Trios Caseros Cogiendo con Fuego

6064 palabras

Trios Caseros Cogiendo con Fuego

Todo empezó en esa noche calurosa de verano en mi depa de la Roma, con el ventilador zumbando como loco y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Yo, Ana, acababa de llegar de un pinche día eterno en la oficina, con el cuerpo pidiendo a gritos un descanso. Marco y Luisa, mis compas de la uni, me habían invitado a unas cheves y a platicar de la vida. Neta, pensé mientras me ponía un short chiquito y una blusa suelta, que estos dos siempre traen buena vibra. Luisa con su risa contagiosa y esas curvas que te hacen envidiar, y Marco, el wey alto con tatuajes y esa mirada que te deshace.

Llegué y ya estaban con el ambiente armado: luces tenues, reggaetón bajito de fondo y una hielera llena de coronitas heladas. ¡Pásale, güey! gritó Luisa abrazándome fuerte, su piel tibia oliendo a vainilla y algo más, como deseo contenido. Nos sentamos en el sillón mullido, charlando de todo y nada, pero el aire se sentía cargado, como antes de una tormenta. Marco me sirvió un trago de tequila reposado, el líquido ámbar quemándome la garganta con ese sabor ahumado que me pone la piel chinita.

La plática viró rápido a temas calientes. Órale, Ana, ¿nunca has probado un trío? soltó Luisa con picardía, sus ojos brillando bajo las luces. Me quedé helada un segundo, pero el tequila me soltó la lengua. Pues no, pero neta que me late la idea, algo casero, sin mamadas, respondí riendo, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Marco se acercó más, su pierna rozando la mía, ese contacto eléctrico que me hizo apretar los muslos. ¿Qué chingados estoy pensando? Estos son mis amigos, me dije, pero el calor entre mis piernas ya decía otra cosa.

Luisa se paró y bailó un cachito al ritmo de la música, moviendo las caderas como diosa. Ven, baila con nosotros, me jaló. Sus manos en mi cintura, su aliento cálido en mi cuello, oliendo a menta y excitación. Marco se pegó por atrás, su verga ya medio dura presionando contra mi culo. El roce era delicioso, tela contra tela, y yo empecé a moverme con ellos, sintiendo el sudor perlando mi piel. Esto va pa'l carajo, pensé, pero qué rico carajo.

¿Y si nos lanzamos a unos tríos caseros cogiendo justo aquí? Sería épico, íntimo, nuestro secreto

El beso vino natural. Luisa me giró la cara y me plantó los labios, su lengua suave explorando la mía, saboreando a tequila y fruta. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca. Marco nos vio y se unió, besándome el cuello mientras sus manos subían por mis muslos. ¿Estás chida con esto, Ana? murmuró él, su voz ronca como grava. Sí, wey, métanle, contesté jadeando, el corazón latiéndome en la concha.

Nos fuimos al cuarto, el colchón king size nos esperando con sábanas frescas oliendo a lavanda. Luisa me quitó la blusa despacio, sus uñas rozando mis pezones que se pusieron duros al instante. Su tacto es fuego puro. Marco se desvistió, su verga saltando libre, gruesa y venosa, apuntándome como imán. La chupé primero, de rodillas, saboreando la sal de su piel, el pre-semen dulce en mi lengua mientras Luisa me lamía la concha desde atrás, su lengua caliente hurgando mi clítoris hinchado.

Los gemidos llenaban el cuarto: el slurp de mi boca en su pija, los ahhs de Luisa vibrando contra mis labios vaginales, el golpeteo de mi corazón en los oídos. Sudábamos como locos, el olor a sexo crudo impregnando todo, ese almizcle animal que te pone más caliente. Me recostaron y Marco me penetró lento, su verga abriéndome centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chingona estás, Ana! gruñó él, sus caderas chocando contra las mías con un plaf húmedo.

Luisa se sentó en mi cara, su concha depilada rozando mis labios, jugosa y tibia. La lamí con ganas, sorbiendo sus jugos dulces como miel, su clítoris palpitando bajo mi lengua. Ella se retorcía, sus tetas rebotando, pellizcándose los pezones rosados. Esto es el paraíso, neta, pensé mientras Marco aceleraba, su verga golpeando mi punto G, ondas de placer subiendo por mi espina.

Cambiaron posiciones como en una coreografía perfecta. Ahora yo en cuatro, Marco cogiéndome por atrás con fuerza, sus bolas peludas azotándome el culo, mientras yo chupaba a Luisa, metiéndole dos dedos en su ano apretado. Ella gritaba: ¡Sí, cabrones, así! ¡No paren! El cuarto olía a sudor, semen y coños mojados, sonidos de carne contra carne, lenguas chupando, dedos hurgando. Mi orgasmo vino primero, un tsunami que me hizo temblar entera, chorros calientes salpicando las sábanas, gritando con la boca llena de Luisa.

Marco no aguantó más, sacó su verga y nos pintó la cara a las dos, chorros espesos y calientes cayendo en nuestras lenguas ávidas. Luisa y yo nos besamos, compartiendo su leche salada, tragándola entre risas jadeantes. Ella se corrió después, convulsionando sobre mis dedos, su concha contrayéndose como puño.

Nos quedamos tirados, cuerpos enredados, piel pegajosa y brillante de sudor. El ventilador nos refrescaba, trayendo olores de noche citadina mezclados con nuestro aroma post-sexo. Marco nos acariciaba el pelo, Luisa me besaba la frente. Eso fue un trío casero cogiendo de lujo, ¿no? dijo él riendo. Asentí, el cuerpo pesado de placer, el alma ligera. Nunca imaginé que con compas sería tan intenso, tan real.

Nos duchamos juntos después, agua caliente cayendo en cascada, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos. Manos explorando sin prisa, besos suaves bajo el vapor. Salimos envueltos en toallas, pidiendo unos taquitos por app, riéndonos de lo pendejos que habíamos sido por no haberlo hecho antes.

Ahora, cada vez que veo coronitas heladas o huelo vainilla, me acuerdo de esa noche. Los tríos caseros cogiendo no son solo sexo; son conexión, confianza, fuego compartido. Y quién sabe, tal vez repitamos pronto. La vida es pa' disfrutarla, ¿no?

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