Pasión Oculta en Almetec Tri Farmacia Guadalajara
El sol de Guadalajara pegaba como plomo derretido esa tarde de verano. Yo, Valeria, caminaba por las calles del centro con el corazón latiéndome a mil por la presión que no me dejaba en paz. Pinche estrés del trabajo, pensé mientras empujaba la puerta de cristal de la Farmacia Guadalajara. El aire acondicionado me golpeó como una caricia fresca, trayendo consigo ese olor característico a desinfectante mezclado con hierbas y algo dulce, como caramelos de miel.
Detrás del mostrador estaba él. Alto, moreno, con una bata blanca que se le ajustaba perfecto al pecho musculoso. Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo con una sonrisa pícara que me hizo sentir un cosquilleo en el estómago. Órale, qué chulo, se me escapó en la mente.
—Buenas tardes, ¿en qué le ayudo, miss? —dijo con voz grave, como ronroneo de gato.
—Hola... busco Almetec Tri. Para la presión, ¿sabes? —respondí, tratando de sonar casual, pero mi voz salió un poco ronca.
Se giró hacia los estantes, sus músculos flexionándose bajo la tela. Volvió con la caja en la mano, rozando mis dedos al dármela. Electricidad pura. Su piel tibia contra la mía, un toque que duró un segundo de más.
¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? No es la presión, es este güey que me está viendo como si quisiera comerme viva.
—Aquí tiene su Almetec Tri, de Farmacia Guadalajara, el mejor precio y calidad. ¿Necesita algo más? ¿Consejos para tomarlo? —preguntó, inclinándose un poco, su colonia invadiendo mi espacio, olor amaderado y fresco que me mareaba.
Nos quedamos platicando. Le conté de mi día, del tráfico infernal de la ciudad, y él, Javier, como se presentó, soltó unas carcajadas que retumbaron en el local vacío. La farmacia ya estaba cerrando, las luces del exterior parpadeando en naranja.
—Oye, Valeria, ¿por qué no pasas atrás un ratito? Tengo café recién hecho, y te explico mejor cómo tomar el medicamento para que no te dé flojera. —Sus ojos brillaban con picardía mexicana, de esas que no se resisten.
Asentí, el deseo ya bullendo en mis venas como tequila puro. Lo seguí por la cortina al almacén trasero, un cuartito ordenado con cajas apiladas, luz tenue de un foco amarillento. El aire estaba más cargado, olía a cartón y a él, intensamente masculino.
Me ofreció el café en vasos de unicel, pero ni lo probé. Nuestras manos se rozaron de nuevo, y esta vez no fue accidente. Javier me jaló suave hacia él, su aliento caliente en mi cuello.
—Desde que entraste, no pude dejar de mirarte, nena. Eres fuego puro —murmuró, sus labios rozando mi oreja.
—Tú tampoco estás tan pendejo, farmacéutico —reí bajito, mi mano subiendo por su pecho, sintiendo los latidos acelerados bajo la bata.
El beso explotó como chispas. Sus labios carnosos devorando los míos, lengua juguetona probando mi sabor a chicle de tamarindo. Gemí contra su boca, el sonido ahogado en su garganta. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza juguetona, empotrándome contra su dureza creciente. Chingao, qué verga tan dura, pensé, frotándome contra él.
Esto es loco, pero se siente tan chido. Nadie me había tocado así, con hambre de verdad.
Me quitó la blusa con urgencia, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron de lujuria al ver mis pezones duros como piedras. Los lamió despacio, succionando uno mientras pellizcaba el otro, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna. Olía a su sudor limpio, mezclado con mi aroma de excitación, ese almizcle dulce que inunda el aire.
—Quítate el pantalón, quiero probarte —gruñó, arrodillándose.
Me bajé el jeans y la tanga de un jalón, mi panocha ya empapada palpitando por él. Javier separó mis piernas, su aliento caliente sobre mi clítoris antes de lamer. Lengua experta, círculos lentos que me hicieron arquear la espalda, gimiendo su nombre. El sonido de su chupeteo húmedo llenaba el cuartito, mis jugos resbalando por sus labios. Metió dos dedos gruesos, curvándolos justo ahí, masajeando mi punto G mientras lamía sin parar.
—Sabes a gloria, Valeria. Dulce como mango maduro —jadeó, mirándome con ojos de depredador.
No aguanté más. El orgasmo me azotó como tormenta, piernas temblando, gritando bajito para no alertar a nadie afuera. Olas de placer recorriendo mi cuerpo, piel erizada, pulso retumbando en oídos.
Lo jalé arriba, desesperada por más. Le arranqué la bata y pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándolo lento mientras él gemía ronco. Mamón, qué rica, dijo entre dientes.
Me levantó contra la mesa de trabajo, cajas crujiendo bajo mi peso. Entró de un embestida suave, llenándome hasta el fondo. Ambos jadeamos, piel contra piel sudada, el slap slap de caderas chocando rítmico. Sus manos en mis caderas, clavándome, yo arañando su espalda, dejando marcas rojas.
Siento cada vena de su verga frotando mis paredes, estirándome perfecto. Es mío, todo mío en este momento.
Cambiamos ritmo, él lento y profundo, yo cabalgándolo después cuando me sentó en una silla. Mis tetas rebotando con cada salto, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. Sudor goteando entre nosotros, olor a sexo crudo, gemidos mezclados con respiraciones agitadas. La tensión crecía, cojones apretados contra mí anunciando su clímax.
—Me vengo, nena... juntos —gruñó.
Explosión. Su leche caliente llenándome, mi segundo orgasmo apretándolo como puño, contracciones ordeñándolo. Gritamos ahogados, cuerpos temblando pegados, el mundo reduciéndose a ese placer cegador.
Después, nos quedamos abrazados en el suelo fresco, respiraciones calmándose. Su cabeza en mi pecho, dedos trazando círculos en mi piel. Olía a nosotros, satisfechos, con un toque de Almetec Tri olvidado en el mostrador.
—Eso fue épico, Valeria. ¿Vienes por más Almetec Tri... o por mí? —rió bajito.
—Por ti, pendejo. Pero no le digas a nadie de nuestro secretito en Farmacia Guadalajara.
Quién iba a pensar que una receta me traería el mejor polvo de mi vida. Guadalajara siempre sorprende.
Salí de ahí con piernas flojas, sonrisa tonta y el frasco en la bolsa. El deseo saciado, pero sabiendo que volvería. Por el medicamento, claro... y por Javier.