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El Tri Todo Lo Que Hago Esta Mal Contigo

6113 palabras

El Tri Todo Lo Que Hago Esta Mal Contigo

La noche en el bar de la Condesa estaba cargada de ese humo dulce de cigarros y chelas frías. Yo, pendejo como siempre, sentado en la barra con una Pacífico en la mano, sintiendo que todo lo que hago está mal. La rola de El Tri retumbaba en los bocinas: "Todo lo que hago está mal", y neta, parecía mi himno personal. Acababa de pelear con mi jefa por una mamada de reporte, y antes, le había mandado un mensaje equivocado a mi ex. ¿Por qué chingados todo me salía al revés?

Entonces la vi. Sofia, con su falda negra ajustada que marcaba sus caderas como si fueran hechas para mis manos, y una blusa escotada que dejaba ver el borde de su sostén de encaje rojo. Pelo negro suelto, labios pintados de rojo fuego, y unos ojos cafés que me clavaron en el sitio. Se acercó a pedir un tequila, rozando mi brazo sin querer —o queriendo, quién sabe—. El olor de su perfume, vainilla y algo picante, me golpeó como un trago directo al pecho.

"¿Qué, wey? ¿Te quedaste mudo o qué?", dijo riendo, con esa voz ronca que hacía que mi verga se moviera sola en los jeans.

Le sonreí, torpe como siempre. "Neta, es que suena El Tri y todo lo que hago está mal. Pero verte a ti... eso sí está chido." Ella soltó una carcajada, y de pronto estábamos platicando. Hablamos de la rola, de cómo El Tri siempre dice las verdades que duelen, de la ciudad que nos comía vivos. Su risa era como música, cálida, vibrante, y cada vez que se inclinaba, veía el movimiento de sus tetas, suaves, invitadoras. Sentí el calor subiendo por mi cuello, el pulso acelerado en las sienes.

Acto uno: la chispa. Bailamos pegados cuando pusieron otra de rock mexicano. Sus nalgas contra mi entrepierna, frotándose al ritmo. Mi mano en su cintura, bajando despacio, sintiendo la tela suave y el calor de su piel debajo. Ella giró la cara, sus labios a centímetros: "No todo está mal, ¿sabes?". El beso llegó natural, sus labios carnosos saboreando a tequila y menta, lengua juguetona explorando mi boca. Mi corazón latía como tambores de mariachi, y supe que esa noche, algo cambiaría.

La llevé a mi depa en Polanco, no muy lejos. En el taxi, sus manos ya jugaban: dedos trazando mi muslo, subiendo hasta rozar mi paquete duro como piedra. "Estás listo, ¿verdad?", murmuró en mi oído, su aliento caliente haciendo que se me erizaran los vellos. Yo, con la cabeza hecha un desmadre, pensaba: ¿Y si la cago? Todo lo que hago está mal, como dice El Tri. Pero ella me calló con otro beso, profundo, chupando mi lengua como si fuera su dulce favorito.

Adentro, la puerta apenas cerró y ya estábamos arrancándonos la ropa. Su blusa voló, revelando esas tetas perfectas, pezones oscuros endurecidos. Las tomé en mis manos, pesadas, suaves como melocotones maduros, y chupé uno, saboreando su piel salada, oliendo su aroma almizclado de mujer excitada. Ella gemía bajito, "Sí, así, cabrón", arqueando la espalda. Mis dedos bajaron a su falda, quitándola con prisa, encontrando su calzón mojado, pegado a su concha hinchada.

Acto dos: la escalada. La tiré en la cama, mis jeans fuera, verga parada palpitando. Ella se arrodilló, ojos lujuriosos fijos en mí, y la tomó en su mano, suave pero firme, masturbándome despacio. El tacto de sus dedos, cálidos y resbalosos de saliva, me hizo gruñir. "Qué rica verga tienes", dijo, lamiendo la punta, saboreando el pre-semen salado. Su boca se la tragó entera, succionando con fuerza, lengua girando alrededor del glande. Escuchaba los sonidos húmedos, slurp slurp, sentía sus tetas rozando mis muslos, el calor de su aliento en mis bolas.

Pero no quería acabar así. La volteé, boca abajo, nalgas en pompa, perfectas, redondas. Besé su espalda, bajando por la columna, oliendo su sudor dulce mezclado con perfume. Separé sus cachetes, lengua en su ano primero, juguetona, luego a su concha empapada. Sabía a miel y sal, jugos calientes fluyendo en mi boca mientras la lamía, chupando el clítoris hinchado. Ella se retorcía, "¡Ay, wey, no pares! ¡Me vengo!", y su cuerpo tembló, concha contrayéndose, chorro caliente en mi cara.

Mi mente gritaba: El Tri tenía razón, todo lo que hago está mal... pero esto, esto está de poca madre. La puse a cuatro patas, verga en su entrada, resbaladiza. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes apretándome, calientes, húmedas. "¡Más duro!", pidió, y embestí, piel contra piel, plaf plaf, sus nalgas rebotando. Agarré sus caderas, sudor goteando, olor a sexo llenando el cuarto. Ella volteaba, besándome, uñas en mi pecho dejando marcas rojas.

Cambié posiciones: ella encima, cabalgándome como amazona. Sus tetas saltando, manos en mi pecho, concha devorando mi verga hasta el fondo. Veía su cara de placer, ojos entrecerrados, boca abierta gimiendo "¡Sí, pendejo, así!". El ritmo aceleraba, mis manos en su culo, dedos en su ano, sintiendo las contracciones. Sudor por todos lados, resbaloso, el colchón crujiendo, nuestros jadeos mezclados con la rola de El Tri que aún sonaba en mi cabeza.

La tensión crecía, mi verga hinchándose más, bolas apretadas. "Me vengo, Sofia", avisé. Ella aceleró, "¡Dame todo adentro!", y explotamos juntos. Su concha ordeñándome, chorros calientes de semen llenándola, su orgasmo apretándome como puño. Gritos ahogados, temblores, el mundo blanco por segundos.

Acto tres: el después. Caímos exhaustos, enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Besé su frente, oliendo su pelo. "Neta, wey", susurró, "no todo está mal. Contigo, está perfecto". Reí bajito, acariciando su espalda. El Tri seguía en loop mental, pero ahora lo oía diferente: todo lo que hago está mal... menos esto. La abracé fuerte, sintiendo su calor, su respiración suave. Afuera, la ciudad ronroneaba, pero adentro, paz. Por primera vez, sentí que algo salía bien. Y supe que querría más noches así, con ella, rompiendo la maldición de la rola.

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