Try On Dibujo Pasional
Entraste al taller de Diego en la Condesa, con el sol de la tarde colándose por las ventanas altas y pintando todo de dorado. El aire olía a óleo fresco, café de olla y un toque de su colonia varonil que siempre te ponía la piel chinita. Órale, pensaste, este vato sabe cómo armar el ambiente. Diego, con su cabello revuelto y esa sonrisa pícara que te derretía, te recibió con un abrazo que duró un poquito más de lo normal. Sus manos grandes se posaron en tu cintura, y sentiste el calor de su pecho contra el tuyo.
¿Qué traes hoy, mi amor? ¿Lista para el try on dibujo?
Sus palabras te hicieron reír, nerviosa pero excitada. "Try on dibujo", así le decía él a esa sesión especial donde probabas las prendas inspiradas en sus bocetos eróticos. Neta, era su invento chido: él diseñaba lencería en papel, tú la hacías realidad poniéndotela mientras él refinaba el dibujo con cada curva de tu cuerpo. Todo consensual, todo juguetón, entre adultos que se deseaban como locos.
"Claro que sí, pendejo", le contestaste, mordiéndote el labio. "Muéstrame qué traes". Te llevó a la mesa donde yacían las piezas: un conjunto negro de encaje, otro rojo fuego con ligueros, y uno blanco casi transparente. El taller era acogedor, con plantas colgantes, cojines en el piso y un colchón grande disfrazado de "escenario de modelaje". Afuera, el bullicio de la calle –cláxones, risas, mariachis lejanos– contrastaba con la intimidad que crecía ahí dentro.
Te quitaste la blusa despacio, dejando que tus senos rebotaran libres bajo el bra de encaje que ya traías. Diego se sentó en su taburete, lápiz en mano, ojos clavados en ti como si fueras su musa viva. El primer try on fue el negro: te lo pusiste en el vestidor improvisado, el encaje rozando tus pezones endurecidos, la tanga hundiéndose justo donde dolía de gusto. Saliste, giraste para él, y el sonido de tu taconeo en la madera resonó como un tambor.
"Qué chingona sales, Ana", murmuró, su voz ronca mientras trazaba líneas en el papel. Podías oler tu propia excitación mezclada con el perfume de vainilla que te echaste. Te paramos frente al espejo grande, posando: una mano en la cadera, la otra levantando el cabello. Él dibujaba furioso, pero sus ojos no dejaban tu concha apenas cubierta. La tensión era palpable, como electricidad estática en el aire. Cada vez que cambiabas de pose, sentías su mirada quemándote la piel, y tus chichis se ponían más duras, pidiendo atención.
El segundo try on escaló todo. El rojo, con ligueros que se engancharon en tus medias de seda. Mientras te los ajustabas, Diego se acercó. "Deja que te ayude, mi reina". Sus dedos ásperos por el carboncillo rozaron tus muslos, subiendo lento, deliberado. Tocaste su verga ya tiesa bajo los jeans, y él gruñó bajito. "Neta, este try on dibujo me está matando", confesó, besándote el cuello. Su aliento caliente te erizó la nuca, y el sabor salado de su piel cuando lamiste su oreja te volvió loca.
Si sigue así, no termino ni madres el dibujo antes de chingarla toda la tarde
Te recargaste en la mesa, abriendo las piernas un poquito. Él dejó el lápiz y se arrodilló, inhalando profundo. "Hueles a miel y pecado, chula". Su lengua trazó la línea del liguero hasta tu tanguita húmeda. Gemiste cuando la apartó, exponiendo tu clítoris hinchado. Lamidas lentas, círculos perfectos, succionando como si quisiera beberte entera. Tus manos enredadas en su pelo, empujándolo más adentro. El sonido chapoteante de su boca en tu coño llenaba el taller, mezclado con tus jadeos y el latido de tu corazón en los oídos.
Pero no querías acabar todavía. Lo jalaste arriba, desabrochándole el cinturón con dientes. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum que lamiste como helado derretido. Salado, amargo, adictivo. "Chúpamela, Ana, hazme sufrir". Te la metiste hasta la garganta, sintiendo cómo palpitaba contra tu lengua. Él gemía "¡cabrón, qué rica boca!", mientras sus caderas se movían instintivas. Pero paró, jadeante. "No aún. Quiero el try on completo".
El tercero, el blanco translúcido, fue el detonante. Apenas cubría nada: tus pezones oscuros se marcaban, tu monte de Venus relucía húmedo. Diego te dibujó así, de pie, luego sentada en la mesa con piernas abiertas. El lápiz rasgaba el papel frenético, pero pronto lo tiró. Se paró detrás de ti, sus manos amasando tus tetas, pellizcando duro. "Mírate en el espejo, preciosa. Eres mi obra maestra". Te volteó, te alzó contra la pared. Sentiste la punta de su pija rozando tu entrada, lubricada por tus jugos.
"Dame luz verde, mi amor", susurró. "¡Chíngame ya, pendejo!", exigiste. Entró de un solo empujón, llenándote hasta el fondo. El estirón delicioso te arrancó un grito. Embestidas profundas, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando tu culo. Olía a sexo crudo, sudor mezclado con encaje chamuscado por el roce. Cambiaron: tú encima en el colchón, cabalgándolo como amazona, tus chichis rebotando con cada bajada. Él te chupaba los pezones, mordiendo suave, mientras sus manos guiaban tus caderas.
Esto es mejor que cualquier dibujo, neta su verga me parte en dos de puro gusto
La intensidad subió: perrito, él jalándote el pelo, azotando tu cachete con palmadas que ardían rico. "¡Más fuerte, Diego! ¡Hazme tuya!". Su dedo en tu ano, presionando, prometiendo más. El clímax llegó como ola: tú primero, convulsionando, chorros calientes empapando sus muslos. Él rugió, sacándola para pintarte el vientre con chorros espesos, blancos, como tinta viva en su lienzo humano.
Caíste sobre él, exhausta, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. El taller olía a clímax compartido, a promesas cumplidas. Diego te besó la frente, suave ahora. "El try on dibujo perfecto, mi musa". Terminó el boceto con un trazo final, incorporando las gotas de su semen como sombras artísticas. Reíste, acurrucada en su pecho, oyendo su corazón calmarse al ritmo del tuyo.
Después, café tibio y plática pendeja sobre la siguiente sesión. Saliste al atardecer con las piernas flojas, pero el alma llena. Ese try on dibujo no era solo sexo; era arte vivo, conexión carnal que los unía más. Y sabías que volverías por más, siempre.