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Exitos del Tri Sinfonico en Nuestra Piel Ardiente

8166 palabras

Exitos del Tri Sinfonico en Nuestra Piel Ardiente

La noche en el Auditorio Nacional estaba cargada de ese aire chido que solo los conciertos en la CDMX saben tener. Luces girando como estrellas locas, el olor a chela fría mezclándose con el humo de los cigarros electrónicos y el sudor de la gente que ya brincaba al ritmo de la primera rola. Yo, Ana, había llegado con mis cuates para ver Éxitos del Trí Sinfónico, esa fusión brutal donde las guitarras rasposas de El Trí se fundían con cuerdas y metales que te erizaban la piel. Neta, era la neta del planeta.

Estaba en la zona media, moviéndome al son de Abuso de Autoridad, cuando lo vi. Alto, moreno, con esa playera negra ajustada que marcaba unos brazos fuertes y unos ojos que brillaban como focos en la penumbra. Él también bailaba solo, pero con esa onda rockera que te hace voltear dos veces. Nuestras miradas se cruzaron justo en el coro, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el bajo del sinfónico me vibrara directo en el pecho. Órale, güey, ¿quién es este pendejo tan chingón? pensé, mientras me acercaba bailando, fingiendo que era casual.

—¡Qué chido concierto, ¿verdad? —le grité por encima de la música.

Él sonrió, mostrando unos dientes perfectos, y se acercó más. Olía a colonia fresca con un toque de sudor, ese aroma que te despierta algo primal.

—Neta, los Éxitos del Trí Sinfónico suenan de poca madre así. Soy Marco —dijo, extendiendo la mano. Su palma era cálida, áspera, como si trabajara con las manos todo el día.

Empezamos a platicar entre rolas, brincando juntos al ritmo de Triste Canción de Amor. Sus caderas rozaban las mías accidentalmente al principio, pero pronto ya era intencional. Sentía el calor de su cuerpo filtrándose por mi blusa ligera, y el pulso de la batería retumbando en mis venas como un latido compartido. Cuando tocaron Niño Sin Amor, me jaló para bailar pegaditos, su aliento caliente en mi oreja.

—Tienes un cuerpo que mata, Ana —susurró, y yo reí, empoderada, sintiendo mi piel erizarse bajo su mirada hambrienta.

Esto va a pasar, lo sé. Y lo quiero tanto como él.

El concierto terminó en un clímax de aplausos y silbidos, pero nuestra noche apenas arrancaba. Salimos tomados de la mano, el aire fresco de la noche mexicana nos golpeó como una caricia. Caminamos hasta su coche, un Tsuru viejo pero chido, y en el estacionamiento nos besamos por primera vez. Sus labios eran suaves pero firmes, sabían a chela y a menta, y su lengua exploró la mía con una urgencia que me mojó al instante. Mis manos subieron por su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la tela, mientras él me apretaba la cintura, jalándome contra su dureza evidente.

—¿Vamos a mi depa? Vivo cerca —preguntó, con voz ronca, ojos brillantes de deseo.

—¡Claro, cabrón! Pero pon los Éxitos del Trí Sinfónico en el estéreo —le dije, riendo, subiéndome al asiento del piloto.

En el camino, su mano descansaba en mi muslo, subiendo despacio por mi falda corta. El roce de sus dedos callosos en mi piel suave me hacía jadear. La ciudad pasaba borrosa por las ventanas: luces de neón, puestos de tacos humeantes cuyo olor se colaba, pero nada importaba más que el calor entre mis piernas. Paró en un alto y me besó de nuevo, su mano llegando a mi panty, rozando apenas mi humedad.

—Estás chingada de mojada, preciosa —gruñó, y yo gemí, arqueándome contra él.

Llegamos a su depa en la Condesa, un lugar modesto pero con buen rollo: posters de rock, una cama king size y un equipo de sonido potente. Apenas cerramos la puerta, puso el disco de Éxitos del Trí Sinfónico a todo volumen. Las notas sinfónicas llenaron el aire, vibrando las paredes, mientras nos desnudábamos con urgencia. Su camisa voló primero, revelando un torso tatuado con águilas y guitarras, pectorales firmes que olían a hombre puro. Yo me quité la blusa, dejando mis tetas libres, pezones duros como piedras por la anticipación.

Me empujó suavemente contra la pared, besándome el cuello, lamiendo el sudor salado de mi clavícula. Sus manos amasaban mis nalgas, apretando con fuerza justa, mientras yo bajaba la cremallera de sus jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando caliente en mi palma. La apreté, sintiendo su pulso acelerado, y él gimió contra mi piel.

—Te quiero dentro, Marco. Ya —le rogué, mi voz temblorosa de necesidad.

Pero él era paciente, un cabrón experto. Me llevó a la cama, tendiéndome sobre las sábanas frescas que contrastaban con mi piel ardiente. La música seguía: ahora Piel de Barro, con esas cuerdas que parecían acariciar el alma. Se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando despacio. Su aliento caliente en mi monte de Venus me hizo temblar. Lamía mis labios mayores con lentitud tortuosa, saboreando mi néctar dulce y salado, mientras sus dedos abrían mi entrada resbaladiza.

Sus ojos clavados en los míos, como diciendo 'esto es nuestro, consiente y delicioso'.

Metió la lengua profundo, chupando mi clítoris hinchado, y yo grité, arqueando la espalda. El placer era eléctrico, oleadas subiendo desde mi coño hasta mi cerebro, amplificadas por el rugido sinfónico de fondo. Mis uñas se clavaron en su cabello, jalándolo más cerca, mientras mis caderas se mecían al ritmo de su boca. Olía a sexo, a mi excitación mezclada con su sudor, y el sabor en sus labios cuando me besó después era adictivo.

—Ahora tú —dijo, recostándose. Me subí encima, besando su pecho, lamiendo sus pezones oscuros hasta hacerlo jadear. Bajé por su abdomen definido, inhalando su aroma almizclado, y tomé su verga en la boca. La chupé despacio al principio, saboreando la piel salada, la gota precúm dulce en la punta. Él gemía, manos en mi pelo, guiándome sin forzar. La mamé hondo, garganta relajada, sintiendo cómo palpitaba contra mi lengua.

La tensión crecía como un solo de guitarra interminable. Me monté en él, frotando mi coño mojado contra su longitud dura. Nuestros ojos se encontraron, un consentimiento mudo y ardiente. Despacio, me hundí en él, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme por completo. Estiré deliciosamente, paredes internas apretándolo como guante. Empecé a cabalgar, lento primero, sintiendo cada roce, cada vena contra mi sensibilidad.

El ritmo de Éxitos del Trí Sinfónico nos guiaba: subíamos con las cuerdas altas, bajábamos con el bajo grave. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, enviaban chispas directo a mi clítoris. Sudábamos juntos, piel resbaladiza chocando, el sonido húmedo de nuestros cuerpos uniéndose al estruendo musical. Aceleré, rebotando fuerte, mis gemidos convirtiéndose en gritos: ¡Chíngame más, pendejo! ¡Así!

Él se incorporó, abrazándome, besándome mientras embestía desde abajo. Nuestros corazones latían al unísono, aliento entrecortado mezclándose. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola imparable en mi vientre.

—Me vengo, Ana... contigo —gruñó, y eso me lanzó al abismo.

Exploté alrededor de él, coño convulsionando, jugos chorreando por su verga. Él rugió, llenándome con chorros calientes, profundo. Colapsamos juntos, temblando, piel pegajosa de sudor y fluidos. La música seguía suave ahora, un eco perfecto para nuestro afterglow.

Nos quedamos abrazados, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Olía a nosotros, a sexo satisfecho, y el aire estaba cargado de paz.

—Eso fue de la verga, Marco. Gracias por la noche sinfónica —le dije, besando su frente.

—Cuando quieras repetimos los Éxitos del Trí Sinfónico, mi reina —respondió, sonriendo.

Me dormí en sus brazos, sabiendo que esa noche había sido más que rolas: había sido conexión pura, consensual, ardiente como el rock mexicano en su mejor versión.

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