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Tri Luma Farmacia San Pablo La Piel que Despierta Deseos

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Tri Luma Farmacia San Pablo La Piel que Despierta Deseos

Entré a la Farmacia San Pablo con el sol de la tarde pegándome en la nuca como un beso ardiente. El aire acondicionado me recibió con un soplo fresco que erizó mi piel morena, esa piel que últimamente me tenía obsesionada. Tenía una manchita en la mejilla, nada grave, pero suficiente para hacerme sentir no tan chida frente al espejo. "Tri Luma", me había dicho mi carnala, "eso te va a dejar la cara de diosa". Así que ahí estaba, zigzagueando entre los anaqueles llenos de frascos y cajas, oliendo a ese aroma limpio y químico de las farmacias que siempre me pone nostálgica.

La fila en la caja era eterna, gente con bolsas de algodón y termómetros. Me paré detrás de un güey alto, de hombros anchos, con una playera ajustada que marcaba sus músculos. Olía a jabón fresco y un toque de colonia masculina, de esas que te hacen voltear dos veces. Se giró un poco, como si sintiera mi mirada, y me clavó esos ojos cafés intensos. "¿Buscas algo en especial, preciosa?" dijo con voz grave, sonriendo de lado.

Me quedé muda un segundo, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

¿Qué pedo, Ana? ¿Ya te estás echando ojo al primer pendejo guapo?
Pero le seguí la corriente. "Sí, ando tras el Tri Luma. Dicen que es la neta para las manchas". Él se rio bajito, un sonido que vibró en mi pecho. "Yo te ayudo, justo lo vi por allá. Soy Marco, por cierto". Me tendió la mano, grande y cálida, y cuando la apreté, sentí una corriente que me subió por el brazo directo al entrepierna.

Me llevó al pasillo de cremas, su cuerpo rozándome accidentalmente –o no tanto– mientras señalaba el estante. "Aquí está, Tri Luma de Farmacia San Pablo, el original". Sus dedos rozaron los míos al pasarme la caja, y juro que el papel se sentía eléctrico. Hablamos de tonterías: el tráfico de la San Pablo, el calor que nos tenía sudando, cómo el verano en la ciudad te pone la piel pegajosa. Pero debajo de las palabras, había algo más, un calor que crecía lento, como el sol filtrándose por las ventanas.

En la caja, pagué mi Tri Luma y él la suya –decía que era para su jefa–, pero antes de salir, me soltó: "Oye, si quieres probarlo y contarme cómo te va, dame tu número". Le di mi cel sin pensarlo dos veces. Salí de la farmacia con el corazón latiéndome fuerte, la bolsita en la mano y un fuego nuevo entre las piernas. Esa noche me unté la crema, suave y fresca sobre la piel, imaginando sus manos en lugar de las mías.

Al día siguiente, el mensaje llegó temprano: "Ey, diosa de la piel perfecta. ¿Ya te pusiste el Tri Luma? ¿Lista para café?". Sonreí como idiota frente al espejo, mi cara ya un poquito más luminosa. Quedamos en un cafecito cerca de la farmacia, uno de esos con mesitas afuera y olor a café de olla. Llegó puntual, con jeans que le quedaban pintados y una sonrisa que me derritió. Nos sentamos cerca, nuestras rodillas tocándose bajo la mesa. Hablaba con las manos, gesticulando, y cada roce accidental me hacía apretar los muslos.

"¿Sabes? Me gustó cómo olías ayer en la Farmacia San Pablo", confesó mientras me pasaba el azúcar. Su aliento olía a menta, cálido contra mi oreja.

Chin güey, este tipo me va a volver loca
. Le conté de mi obsesión con la piel suave, cómo me hacía sentir sexy, poderosa. Él asintió, mirándome fijo. "Tú ya eres fuego, Ana. Esa crema solo va a hacer que todos te miren". El café se enfrió mientras charlábamos, pero el ambiente entre nosotros hervía. Sus dedos jugaban con los míos sobre la mesa, trazando círculos lentos que me ponían la piel de gallina.

La tensión crecía con cada mirada, cada risa compartida. Me invitó a su depa, "solo a platicar", dijo guiñando. Caminamos por la calle, el sol poniéndose naranja, su mano en mi cintura guiándome. Entramos a un lugar chido, minimalista, con olor a madera y velas. Me sirvió un vino tinto, fresco y afrutado en la lengua. Nos sentamos en el sofá, tan cerca que sentía el calor de su cuerpo. "Muéstrame cómo te quedó la piel con el Tri Luma", murmuró, su voz ronca.

Me quité el maquillaje despacio, girando la cara hacia él. Sus ojos se oscurecieron. "Estás preciosa", dijo, y su mano subió a mi mejilla, el pulgar rozando suave donde la crema había obrado su magia. Ese toque fue el detonante. Me incliné y lo besé, labios hambrientos chocando. Sabía a vino y deseo, su lengua explorando mi boca con urgencia controlada. Sus manos bajaron a mi cuello, masajeando, bajando por los hombros hasta desabrochar mi blusa.

Caímos al sofá, mi cuerpo sobre el suyo, sintiendo su dureza presionando contra mí. "¿Estás segura, nena?" jadeó, deteniéndose para mirarme. "Más que nunca, pendejo", respondí riendo, tirando de su playera. Nos desnudamos mutuamente, piel contra piel, el aire fresco contrastando con nuestro calor. Su boca en mi cuello, lamiendo, mordisqueando suave, bajando a mis pechos. Gemí cuando chupó un pezón, la lengua girando, enviando chispas directo a mi centro.

El olor de su sudor mezclado con mi aroma de excitación llenaba la habitación, embriagador. Mis manos bajaron a su pantalón, liberando su verga dura, palpitante. La apreté, sintiendo las venas, el calor. "Qué chingona", murmuré, acariciándola lento. Él gruñó, metiendo la mano entre mis piernas, dedos resbalando en mi humedad. "Estás chorreando, Ana". Introdujo uno, luego dos, curvándolos justo ahí, el punto que me hacía arquear la espalda.

La tensión era insoportable, un nudo apretándose en mi vientre. Lo empujé al sofá, montándome encima. Frotes lentos primero, su punta rozando mi entrada, lubricándonos. "Entra ya, cabrón", supliqué, bajando despacio. Lo sentí estirándome, llenándome por completo, un placer que me arrancó un grito. Empecé a moverme, caderas girando, sus manos en mis nalgas guiándome. El sonido de piel chocando, jadeos, el crujir del sofá. Sudábamos, resbalosos, mis uñas en su pecho dejando marcas rojas.

Me volteó, poniéndome de rodillas, entrando por atrás con fuerza controlada. Cada embestida profunda, tocando lo más hondo, sus bolas golpeando mi clítoris. "Más fuerte", pedí, y él obedeció, una mano en mi pelo tirando suave, la otra frotando mi botón. El orgasmo vino como ola, convulsionando, apretándolo dentro de mí, gritando su nombre. Él siguió, gruñendo, hasta que se tensó y se corrió, caliente dentro, llenándome.

Colapsamos, respirando agitados, su cuerpo pesado y perfecto sobre el mío. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Eres increíble", susurró, acariciando mi piel aún sensible. Me quedé ahí, envuelta en su calor, sintiendo el afterglow como un baño tibio. La crema Tri Luma de Farmacia San Pablo había sido solo el principio; ahora mi piel –y mi alma– brillaban de verdad.

Nos duchamos juntos después, agua caliente cayendo, jabón resbalando por curvas y músculos. Sus manos en mi espalda, masajeando, prometiendo más. Salí de ahí con piernas flojas, pero el corazón lleno.

Quién iba a decir que una visita a la farmacia me daría la noche de mi vida
. Caminé a casa bajo las luces de la ciudad, sonriendo, lista para untarme más crema y soñar con la próxima.

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