Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Trio Ardiente en el Restaurante Trio Ardiente en el Restaurante

Trio Ardiente en el Restaurante

6922 palabras

Trio Ardiente en el Restaurante

Entraste al restaurante Trio en el corazón de Polanco, con ese olor a tacos al pastor y tequila reposado flotando en el aire como una promesa pecaminosa. La luz tenue de las velas parpadeaba sobre las mesas de madera oscura, y el sonido de mariachis suaves al fondo te ponía la piel chinita. Habías quedado con Carla, tu morra de toda la vida, esa chula con curvas que te volvían loco, pero ella traía sorpresa: su carnala del alma, Lupita, sentada a su lado con una sonrisa pícara que gritaba travesuras.

¿Qué chingados pasa aquí? –pensaste, mientras tu verga ya empezaba a despertar bajo los jeans.

Carla te abrazó fuerte, su perfume a vainilla y jazmín invadiéndote las fosas nasales, mientras Lupita te daba un beso en la mejilla que duró un segundo de más, su aliento cálido rozando tu oreja. “Wey, siéntate, que hoy la neta va a estar buena”, dijo Carla con esa voz ronca que te ponía a mil. Pidieron unos tequilas con limón y sal, y el mesero, un tipo elegante, les sirvió con discreción. La plática fluyó como el licor: risas sobre anécdotas de la chamba, miradas que se clavaban en los labios del otro, y de pronto, las manos de ellas rozando tus muslos por debajo de la mesa.

El calor subía, el restaurante Trio parecía conspirar con su ambiente íntimo, rincones semiocultos donde las parejas –o tríos– se perdían en susurros. Lupita, con su falda corta que dejaba ver sus piernas morenas y suaves, se inclinó para contarte un chiste sucio sobre un pendejo que no sabía compartir. Su risa era contagiosa, vibrando en tu pecho, y Carla, celosa pero juguetona, te apretó la mano. “¿Y si pedimos algo más fuerte?”, sugirió ella, lamiendo el borde de su copa con deliberada lentitud. Sentiste el pulso acelerado, el sudor perlando tu nuca, el roce accidental de sus pies descalzos contra los tuyos.

La cena avanzaba: enchiladas suizas humeantes, el queso derretido goteando como promesas calientes, el picor del chile en tu lengua avivando el fuego interno. Cada bocado era una excusa para miradas prolongadas, para que Lupita te ofreciera un trozo de su taco con sus dedos, rozando tus labios. “Prueba, carnal, está riquísimo”, murmuró, y tú chupaste el jugo con gusto, imaginando otros sabores. Carla observaba, mordiéndose el labio, su mano subiendo por tu pierna hasta rozar el bulto creciente. No mames, esto va en serio, pensaste, el corazón latiéndote como tamborazo zacatecano.

El mesero se acercó con la cuenta, pero Carla lo detuvo. “Oye, ¿tienen el salón privado del fondo?” El tipo sonrió cómplice –este era el Trio, después de todo, famoso por sus noches locas– y les guiñó el ojo. “Sí, señores, pasen por aquí”. Te levantaron de la mesa, las tres manos entrelazadas, el tequila zumbando en tus venas como un afrodisíaco puro. El pasillo era estrecho, olor a incienso y algo más primal, y de pronto, la puerta se cerró tras ustedes en una habitación con sofá de terciopelo rojo, espejos en las paredes y música baja pulsando.

Esto es un sueño cabrón, ¿verdad? Dos reinas mexicanas listas para devorarme.

Carla te empujó contra el sofá, sus labios chocando con los tuyos en un beso salvaje, lengua danzando con sabor a tequila y chile. Lupita se unió por detrás, besando tu cuello, sus uñas arañando suavemente tu camisa. “Te queremos desde que entraste, wey”, jadeó Lupita, mientras desabotonaba tu playera, exponiendo tu pecho al aire fresco. El tacto de sus manos era eléctrico: Carla lamiendo tus pezones, endureciéndolos con su lengua húmeda, Lupita bajando la cremallera de tus jeans con urgencia. Tu verga saltó libre, dura como piedra, venosa y palpitante, y ellas ahogaron un gemido colectivo.

Te recostaron, las luces reflejándose en sus cuerpos. Carla se quitó la blusa, sus tetas grandes y firmes rebotando libres, pezones oscuros erectos invitándote. Lupita se desvistió más lento, revelando un tanga rojo que apenas cubría su concha depilada, ya húmeda y reluciente. “Míranos, papi”, dijo Carla, montándose en tu cara, su aroma almizclado a mujer excitada llenándote la nariz. Lamiste su clítoris hinchado, salado y dulce como mango maduro, mientras ella gemía ronca, “¡Sí, así, chingón!” Lupita se apoderó de tu verga, chupándola profunda, su boca caliente succionando con maestría, saliva goteando por tus bolas.

El ritmo escalaba: el sonido de lenguas lamiendo carne, jadeos entrecortados, piel chocando húmeda. Cambiaron posiciones, Lupita cabalgándote ahora, su concha apretada envolviéndote centímetro a centímetro, caliente y resbaladiza como miel de maguey. “¡Ay, cabrón, qué grande la traes!”, gritó, rebotando con fuerza, sus nalgas cacheteando tus muslos. Carla se sentó en tu rostro otra vez, frotándose contra tu lengua, sus jugos empapándote la barbilla. Sentías todo: el calor abrasador de Lupita ordeñándote, el pulso de su interior contrayéndose, el olor a sexo crudo mezclándose con el perfume de ellas.

Las voltearon, ahora de rodillas frente a ti, culos en pompa perfectos, redondos y firmes. Entraste en Carla primero, embistiéndola lento al inicio, sintiendo cada pliegue de su coño apretado, luego más rápido, el slap-slap de carne resonando. “¡Más duro, mi rey!”, suplicó ella, arqueando la espalda. Lupita se tocaba el clítoris, mirándote con ojos vidriosos, “Es mi turno, no seas egoísta”. Cambiaste, penetrándola con un thrust profundo, su gemido ahogado vibrando en la habitación. El sudor corría por vuestros cuerpos, salado en la piel, el aire espeso de feromonas.

La tensión crecía como volcán, tus bolas tensas listas para explotar. “Vengan, juntas”, ordenaste con voz grave, y ellas se tumbaron lado a lado, piernas abiertas. Las follaste alternando, dedos en clítoris, lenguas en pezones. Carla llegó primero, convulsionando, “¡Me vengo, pendejo, no pares!”, su concha chorreando. Lupita la siguió, gritando tu nombre inventado en el calor, uñas clavadas en tus brazos. Tú no aguantaste más: sacaste la verga, eyaculando chorros calientes sobre sus tetas y vientres, el placer cegador como rayo, pulsos interminables.

Colapsaron en un enredo de miembros sudorosos, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El sofá olía a sexo satisfecho, a victoria compartida. Carla te besó tierno, “Eres el mejor, mi amor”. Lupita acurrucada contra ti, “Esto hay que repetirlo en el Trio, ¿no?”. Reíste bajito, el cuerpo pesado de placer, el corazón lleno. Afuera, el restaurante seguía su ritmo, pero aquí, en este afterglow, todo era perfecto: pieles pegajosas, sonrisas cómplices, el sabor de ellas aún en tu boca.

Salieron tomados de la mano, el mesero guiñando de nuevo, como si supiera. La noche mexicana los envolvía, promesa de más tríos ardientes en el horizonte.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.