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Tri P Capsulas de Placer Inesperado

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Tri P Capsulas de Placer Inesperado

Estaba en mi depa en Polanco, con el sol de la tarde colándose por las cortinas de lino blanco, cuando mi compa Lupe me mandó un mensajito: "Órale, Ana, toma esto pa tu noche con Marco. Tri P Capsulas, neta que te van a volar la cabeza, pero en el buen sentido, carnala". El paquete llegó rapidito, una cajita elegante de cartón negro con letras doradas que decían Tri P Capsulas. Pensé que eran de esas vitaminas chidas pa la energía, porque Lupe siempre anda recomendando suplementos naturales de herbolaria mexicana. Las cápsulas eran chiquitas, translúcidas, rellenas de un aceite color miel que olía a vainilla y jazmín, mezclado con algo picantito como canela de Oaxaca.

Marco llegó esa noche, fresco de la oficina en Reforma, con su camisa azul ajustada que marcaba sus pectorales y esa sonrisa pícara que me hace derretir. "Wey, qué chido verte", me dijo mientras me jalaba pa un beso en la boca, de esos que saben a tequila reposado y promesas calientes. Cenamos tacos de arrachera que pedí de un puesto en la esquina, con salsa verde que picaba rico y guacate cremoso. La plática fluía, hablando de la vida en la CDMX, de cómo el tráfico nos estresa pero el amor lo cura todo. Sentí un cosquilleo en el estómago, no solo por los tacos, sino por la anticipación. Saqué la caja de Tri P Capsulas de la mesa, juguetona.

¿Y si las probamos? Lupe dice que son pa relajar y encender los sentidos, como un masaje afrodisíaco natural.

Marco arqueó la ceja, curioso. "¿Qué pedo con eso, mi reina? ¿No serán de esas chingaderas que te ponen loca?" Le expliqué que eran aceites esenciales en cápsulas, de hierbas mexicanas como damiana y cacao puro, pa untar en la piel y despertar el cuerpo. Consintió con un guiño, siempre dispuesto a aventuras conmigo. Nos fuimos al cuarto, la luz tenue de las velas de cera de abeja que compré en el mercado de Coyoacán iluminando la cama king size con sábanas de algodón egipcio. El aire olía a incienso de copal, terroso y místico.

Empecé por desvestirlo despacio, mis dedos rozando su piel morena, cálida como arena de playa en Acapulco. Su pecho subía y bajaba con respiraciones profundas, y yo sentía mi pulso acelerarse, el calor subiendo por mis muslos. Abrí la primera Tri P Capsula con cuidado, el pop suave al romperse liberando ese aroma embriagador: vainilla dulce que se mezclaba con su sudor fresco, jazmín floral que me hacía cerrar los ojos. Vertí el aceite en mis palmas, lo froté hasta que se calentó, y lo unté en su cuello, bajando por los hombros. Su piel se erizó al instante, gemido bajo escapando de su garganta. "Chin... eso se siente cabrón, Ana", murmuró, voz ronca.

El tacto era sedoso, resbaloso, como miel tibia en verano. Mis manos exploraban, masajeando sus trapecios tensos del gym, bajando por la espalda hasta la curva de sus nalgas firmes. Él se volteó, ojos oscuros brillando de deseo, y tomó una cápsula. La abrió, olió profundo. "Huele a ti, a tu panocha cuando estás mojada", dijo juguetón, usando ese slang nuestro que nos prende. Me quitó la blusa de tirantes, exponiendo mis tetas al aire fresco, pezones endureciéndose como chiles piquines. El aceite en sus dedos grandes, callosos de tanto trabajo, rozó mis pechos, círculos lentos que mandaban chispas eléctricas directo a mi clítoris. Gemí, arqueándome, el sonido de mi voz rebotando en las paredes como un eco erótico.

La tensión crecía, gradual, como el hervor de un mole poblano. Cada cápsula que abríamos era un ritual: el crujido al partirla, el chorrito de aceite dorado cayendo en piel ansiosa, el olor intensificándose, mezclándose con nuestro aroma natural de excitación, ese almizcle salado que sabe a mar y sexo. Marco me recostó, sus labios besando mi ombligo mientras vertía aceite en mis muslos internos. El frescor inicial se volvía fuego, picor placentero que me hacía apretar las sábanas. "Estás chorreando, mi amor", susurró, dedo untado rozando mi entrada, resbaladizo, invitador. Asentí, jadeante, "Sí, wey, no pares".

En mi mente, un torbellino: Esto es lo que necesitaba, este fuego que las Tri P Capsulas avivan sin esfuerzo. No es química barata, es puro instinto mexicano, hierbas que nuestra abuela usaba pa el amor. Él lamió el aceite de mi piel, lengua áspera saboreando vainilla y mi sal, chupando suave hasta mi monte de Venus. El placer subía en olas, mi corazón latiendo como tambor de son jarocho, sudor perlando mi frente. Lo jalé hacia mí, besos hambrientos, lenguas danzando con sabor a canela y deseo. Su verga dura presionaba mi vientre, palpitante, venosa, lista.

Escalamos juntos, cuerpos enredados. Tomé otra Tri P Capsula, la reventé sobre su miembro erecto, el aceite chorreando por la base, brillando bajo la luz de vela. Mis manos lo masajearon, arriba-abajo, lento al principio, sintiendo cada vena hincharse, el calor irradiando. Él gruñó, "Me vas a matar, pendeja rica", riendo entre dientes, pero sus caderas se movían involuntarias. Lo monté, guiándolo dentro de mí con un suspiro largo. El aceite facilitaba todo, resbalón perfecto, llenándome completa. Empecé a moverme, vaivén hipnótico, mis tetas rebotando, su mirada clavada en ellas.

El ritmo aceleró, piel contra piel chapoteando con el lubricante natural, olores envolviéndonos: jazmín marchito por el calor, sudor ácido, sexo crudo. Mis uñas en su pecho, dejando marcas rojas como tatuajes temporales. Internamente luchaba: No quiero que acabe, pero lo necesito ya. Él me volteó, ahora él encima, embestidas profundas, su peso delicioso aplastándome al colchón. "Te amo, Ana, neta que sí", jadeó, y eso rompió algo en mí, la emoción mezclándose con lo físico.

El clímax llegó como tormenta en el desierto: mi cuerpo convulsionó, paredes internas apretándolo, grito ahogado escapando mientras olas de placer me barrieron, visión borrosa, gusto metálico en la boca. Él siguió, gruñendo salvaje, hasta derramarse dentro, caliente, pulsátil, llenándome de su esencia. Colapsamos, jadeos sincronizados, corazones galopando. El afterglow fue dulce: aceite secándose en pegotes pegajosos, pieles pegadas, besos perezosos. "Esas Tri P Capsulas son la neta, carnal", dijo Marco, riendo suave, acariciando mi cabello revuelto.

Nos quedamos así, envueltos en sábanas arrugadas, el aroma persistiendo como recuerdo. Pensé en Lupe, en cómo un regalito simple transformó nuestra noche en algo épico. Mañana probaríamos más, quizás con velas de parafina caliente. Pero esa noche, en el calor de Polanco, con el ruido lejano de la ciudad, supe que el verdadero poder estaba en nosotros, en ese amor consensuado, ardiente, mexicano hasta los huesos.

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