Y Lo Intentaremos de Nuevo
La luz del atardecer se colaba por las cortinas de encaje en el departamento de Ana y Carlos, en la colonia Roma de la Ciudad de México. El aroma a café de olla recién hecho flotaba en el aire, mezclado con el dulzor de las gardenias que adornaban la mesa del comedor. Ana, con su piel morena brillando bajo los rayos anaranjados, ajustaba el escote de su blusa de algodón blanco, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Habían pasado dos días desde esa noche torpe, cuando el cansancio del trabajo los había dejado insatisfechos, cuerpos chocando sin ritmo, promesas rotas en la oscuridad.
¿Por qué no fluyó como antes? se preguntaba Ana en silencio, mientras Carlos entraba a la sala con una sonrisa pícara, sus ojos cafés devorándola desde la puerta. Él era alto, fornido por las tardes en el gym de la esquina, con esa barba recortada que le raspaba deliciosamente la piel. Llevaba una playera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que abrazaban sus muslos fuertes.
—Mamacita, ¿ya estás lista para la cena? —dijo él con voz ronca, acercándose despacio, el sonido de sus pasos sobre el piso de madera resonando como un tambor en el pecho de Ana.
Ella se giró, su cabello negro cayendo en ondas sobre los hombros, y lo miró con ojos que ardían de deseo contenido. —Sí, pero primero... —susurró, extendiendo la mano para tocar su pecho, sintiendo el calor que emanaba de su piel a través de la tela.
La tensión del día se evaporaba con cada roce. Carlos la atrajo hacia sí, sus labios encontrándose en un beso suave al principio, exploratorio, el sabor salado de su sudor del día mezclándose con el dulzor de su aliento mentolado. Ana gimió bajito, un sonido gutural que vibró en la garganta de él, despertando esa hambre que habían dejado dormida la noche anterior.
Se movieron hacia el sofá de piel suave, el crujido del cuero bajo sus cuerpos como una invitación pecaminosa. Carlos deslizó las manos por la espalda de Ana, desabrochando el brasier con maestría, liberando sus senos plenos que se presionaron contra él. El aire fresco de la habitación erizó sus pezones, duros como piedritas, y ella arqueó la espalda, jadeando cuando su boca descendió para lamerlos, succionando con avidez. El sonido húmedo de su lengua contra la piel la hizo temblar, un río de calor bajando desde su vientre hasta su chochita, que ya palpitaba húmeda.
Esto es lo que necesitaba, pensó Ana, las uñas clavándose en los hombros de Carlos mientras él mordisqueaba juguetón, enviando descargas eléctricas por su espina dorsal.
La cena quedó olvidada. Carlos la recostó en el sofá, sus manos expertas bajando por su vientre plano, desabotonando los shorts vaqueros que caían con un susurro al piso. El olor almizclado de su excitación llenó el espacio entre ellos, embriagador, como el tequila reposado que compartían en noches locas. Él se arrodilló, besando el interior de sus muslos, la piel sensible erizándose bajo su aliento caliente.
—Neta, Ana, hueles a puro vicio —murmuró él, su voz grave como un ronroneo, antes de separar sus labios con los dedos, exponiendo su clítoris hinchado. La lengua de Carlos danzó allí, lamiendo con lentitud tortuosa, saboreando su jugo salado y dulce a la vez. Ana se arqueó, las caderas moviéndose solas, el sonido de sus gemidos rebotando en las paredes, mezclándose con el tráfico lejano de Insurgentes.
Pero no era suficiente. Ana lo jaló del cabello, atrayéndolo hacia arriba. —Chingame ya, wey, no me hagas esperar —exigió, su voz ronca de necesidad, los ojos vidriosos de lujuria.
Carlos se quitó la ropa con prisa, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando con el pulso acelerado. La rozó contra la entrada húmeda de Ana, lubricándola, provocándola, hasta que ella gruñó de frustración. Entonces, con un empujón firme pero gentil, se hundió en ella, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso haciendo que ambos jadearan. El calor de su interior lo envolvió como terciopelo mojado, apretándolo, succionándolo más profundo.
Se movieron en un ritmo primitivo al principio, salvaje, cuerpos chocando con palmadas húmedas, sudor perlando sus pieles. Ana clavó las uñas en su espalda, dejando surcos rojos que él adoraba, mientras él embestía con fuerza, rozando ese punto dentro de ella que la hacía ver estrellas. El olor a sexo crudo impregnaba el aire, mezclado con su colonia cítrica y el perfume floral de ella.
Esta vez sí, carajo, pensó Carlos, sintiendo el orgasmo construyéndose en sus bolas tensas, pero queriendo prolongarlo. Frenó el paso, girándola sobre el sofá para tomarla por detrás, sus nalgas redondas rebotando contra su pubis con cada estocada. Ana gritó de placer, el ángulo perfecto golpeando su G-spot, oleadas de éxtasis recorriéndola como fuego líquido.
Pero algo faltaba aún. Recordaron esa noche fallida, cuando el alcohol los había dejado torpes. Carlos la volteó de nuevo, mirándola a los ojos, sus frentes perladas de sudor tocándose. —Y lo intentaremos de nuevo, susurró él contra sus labios, las palabras como una promesa erótica, selladas con un beso profundo mientras aceleraba el ritmo.
Ana asintió, perdida en el vaivén, sus paredes internas contrayéndose alrededor de él. —Sí, mi amor, y lo intentaremos de nuevo hasta que explotes dentro de mí, respondió ella, la voz entrecortada por los gemidos.
La intensidad creció como una tormenta. Carlos la levantó, llevándola en brazos al cuarto, sin salir de ella, las piernas de Ana envolviéndolo como tenazas. La cama king size los recibió con un rebote suave, sábanas de algodón egipcio arrugándose bajo sus cuerpos enredados. Él la penetró más profundo, el sonido de piel contra piel como un latido acelerado, sus respiraciones jadeantes sincronizándose.
Ana sintió el clímax acercarse, un nudo apretándose en su bajo vientre, propagándose como ondas en un estanque. —¡Más duro, pendejo delicioso! —gritó, arañando su pecho, el dolor placentero espoleándolo. Carlos obedeció, embistiendo como un toro, su verga hinchándose dentro de ella.
El mundo se redujo a sensaciones: el roce áspero de su barba en su cuello, el sabor salado de su sudor lamiendo su piel, el gemido gutural de él en su oído, el aroma embriagador de sus sexos unidos. Ana explotó primero, su orgasmo desgarrándola en espasmos violentos, jugos calientes empapando las sábanas, un alarido escapando de su garganta que hizo temblar las ventanas.
Carlos la siguió segundos después, gruñendo como animal, su semen caliente inundándola en chorros potentes, marcándola desde adentro. Colapsaron juntos, cuerpos temblorosos entrelazados, el corazón de él martilleando contra el de ella, el silencio roto solo por sus respiraciones entrecortadas.
En el afterglow, Ana trazó círculos perezosos en su pecho con la yema del dedo, el tacto suave contrastando con la aspereza de su vello. El cuarto olía a ellos, a victoria compartida, la luz de la luna ahora filtrándose plateada por la ventana.
—Esta vez fue chingón, murmuró Carlos, besando su sien, el sabor de su piel aún en sus labios.
—Sí, pero y lo intentaremos de nuevo mañana —rió ella bajito, acurrucándose contra él, el calor de sus cuerpos fundiéndose en una promesa de noches infinitas.
Durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, el eco de sus susurros lingering en el aire como un juramento sensual, listos para más.