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La Triada Ecológica de la Tuberculosis en Pasión Ardiente

6862 palabras

La Triada Ecológica de la Tuberculosis en Pasión Ardiente

Estaba sentada en el auditorio de la UNAM, sintiendo el aire acondicionado fresco rozando mi piel morena mientras el profesor Carlos explicaba con esa voz grave que me ponía la piel chinita. La triada ecológica de la tuberculosis, decía, apuntando al pizarrón con el marcador que chirriaba como un susurro prohibido. Agente, hospedador, ambiente. El bacilo de Koch acechando en el aire húmedo de la Ciudad de México, buscando cuerpos cálidos para invadirlos. Yo, Daniela, de veinticuatro años, con mi falda corta plisada y blusa escotada que dejaba ver el encaje negro de mi brasier, no podía dejar de mirarlo. Sus ojos cafés profundos se clavaban en mí cada rato, y a mi lado, Marco, el güey alto y musculoso de la carrera de salud pública, me rozaba la pierna con la suya como por accidente.

Neta, este calor que siento no es del proyector, pensé, cruzando las piernas para calmar el cosquilleo entre mis muslos. Carlos era cuarentón, pero atlético, con barba recortada y camisas que se le ajustaban al pecho ancho. Marco, con su sonrisa pícara y tatuajes asomando por las mangas, era el tipo de carnal que te hace mojar con solo un guiño. Después de clase, nos invitó a los dos a un viaje de campo ecológico, a estudiar la triada en un bosque preservado cerca de Valle de Bravo.

Órale, Daniela, ¿te late ir? Va a estar chido, aire puro, naturaleza salvaje
, me dijo Marco, su aliento mentolado rozándome la oreja.

El viaje empezó con el sol besando las montañas, el olor a pino fresco invadiendo la camioneta rentada. Carlos manejaba, yo en medio, Marco atrás lanzando chistes. La triada ecológica de la tuberculosis se colaba en la plática: cómo el ambiente húmedo del bosque favorecía al agente, cómo nuestros cuerpos eran hospedadores perfectos si no nos cuidábamos. Reíamos, pero yo sentía la tensión crecer como una tormenta. Cada bache hacía que mi muslo chocara contra el de Carlos, su mano grande posándose un segundo de más en mi rodilla para estabilizarme. El sudor perlaba mi cuello, y el aroma de su colonia amaderada me mareaba.

Al llegar al campamento, armamos la tienda bajo los pinos altos, el viento susurrando promesas. Cenamos tacos de barbacoa que compramos en el camino, el jugo picante quemándome la lengua, mientras el fuego crepitaba y las estrellas salpicaban el cielo negro. Estos dos me ven como si fuera el hospedador perfecto para su deseo, reflexioné, lamiendo salsa de mis labios. Marco sacó una guitarra, tocando corridos rancheros con voz ronca, y Carlos me miró fijo:

Daniela, tú eres el ambiente perfecto para esta triada, cálida y húmeda
. Sufrí un escalofrío delicioso, mis pezones endureciéndose bajo la blusa.

La noche avanzaba, el alcohol de las chelas mexicanas soltándonos la lengua. Hablamos de frustraciones: yo de mi ex pendejo que no sabía tocar, Marco de su última novia fría como hielo, Carlos de su divorcio que lo dejó sediento. La fogata lamía la madera con lenguas naranjas, igual que yo imaginaba sus lenguas en mi piel. Marco se acercó primero, su mano grande en mi nuca, jalándome para un beso que sabía a cerveza y humo. Carlos observó, su respiración pesada, antes de unirse, su boca experta devorando mi cuello. ¡Ay, cabrones, esto es la triada perfecta: agente de placer, yo el hospedador ansioso, este bosque el ambiente salvaje!

Nos metimos a la tienda, el suelo mullido de sleeping bags oliendo a tela nueva y tierra húmeda. Me desabroché la blusa despacio, dejando que vieran mis tetas firmes saltar libres, pezones cafés duros como piedras. Marco gimió ¡qué chingonas!, chupándolas con hambre, su lengua áspera girando, enviando descargas hasta mi clítoris palpitante. Carlos me quitó la falda, sus dedos callosos rozando mis bragas empapadas.

Estás chorreando, nena, como el ambiente perfecto para la infección del deseo
, murmuró, mientras yo le bajaba el zipper, liberando su verga gruesa, venosa, latiendo caliente en mi mano.

La tensión explotaba. Me puse de rodillas, el olor almizclado de sus pollas invadiéndome las fosas nasales. Alterné mamadas, la de Marco salada y larga deslizándose hasta mi garganta, la de Carlos más gorda estirándome los labios. Ellos gemían, órale, qué rico chupas, Daniela, sus manos enredadas en mi pelo negro largo. Me recosté, abriendo las piernas, mi panocha depilada brillando de jugos. Marco se hundió primero, su verga abriéndome como un río crecido, follándome lento al principio, el slap slap de piel contra piel mezclándose con el ulular de búhos. Carlos me besaba, su barba raspando mi barbilla, dedos pellizcando mis tetas.

Cambiaron posiciones, el sudor nos unía como pegamento caliente, el aire denso de gemidos y jadeos. Carlos me penetró desde atrás, su panza contra mi culo redondo, embistiéndome profundo, tocando mi punto G con cada estocada. ¡Chíngame más duro, profe, infecta mi alma! grité en mi mente, mordiendo la almohada para no despertar al bosque entero. Marco se metió en mi boca, follándome la cara, sus bolas peludas golpeando mi mentón. La triada ecológica de la tuberculosis se transformaba en nuestra triada de placer: sus vergas los agentes, mi coño el hospedador voraz, la tienda el ambiente febril.

El clímax subió como fiebre. Me subieron encima de Carlos, su verga clavada en mi culo virgen pero ansioso, lubricado con mi propia saliva. Dolía rico, estirándome hasta el límite, mientras Marco me llenaba la panocha, doble penetración que me hacía ver estrellas. Sus ritmos sincronizados, uno entrando cuando el otro salía, me volvían loca. Oía sus gruñidos guturales, sentía pulsos acelerados contra mi piel, olía el sexo crudo, probaba el sudor salado en sus pechos.

¡Me vengo, cabrones, lléname!
chillé, mi orgasmo explotando en olas, contrayéndome alrededor de ellos, ordeñándolos.

Se corrieron casi juntos, chorros calientes inundándome, goteando por mis muslos temblorosos. Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, el pecho de Carlos subiendo y bajando bajo mi cabeza, Marco acurrucado atrás, su mano posesiva en mi cadera. El bosque susurraba aprobación, el aire fresco secando nuestro sudor. Esta triada no es de enfermedad, es de vida pura, de deseo ecológico y eterno, pensé, sonriendo en la penumbra.

Al amanecer, con el sol filtrándose dorado, nos vestimos entre besos perezosos y promesas de más campo trips. No hubo arrepentimientos, solo empoderamiento: yo, la reina de esta triada, había tomado lo que quería, mutuamente, en perfecta armonía. Bajamos la montaña con el eco de la noche en la piel, listos para infectar el mundo con nuestra pasión desatada.

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