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Trio con la Flaquita

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Trio con la Flaquita

Estábamos en la playa de Puerto Vallarta, con el sol cayendo a plomo sobre la arena blanca que se pegaba a los pies como miel caliente. Yo, mi carnal Javier y su novia nueva, la flaquita esa que se llamaba Carla. Era menudita, con curvas justas donde importaban, piel morena que brillaba con el aceite de coco y unos ojos negros que te miraban como si ya supieran todos tus secretos. Javier me la había presentado esa mañana, güey, y desde el primer vistazo, supe que la noche iba a ser épica.

Nos echamos en las hamacas del chiringuito, con chelas frías sudando en las manos. El aire olía a sal, a mar revuelto y a esas flores tropicales que perfuman todo. Carla se recargaba en el hombro de Javier, riendo con esa voz chillona y juguetona que te eriza la piel. ¿Qué pedo con esta morra? pensé, mientras la veía mover las caderas al ritmo de la cumbia que tronaba en los parlantes. Javier, pendejo confiado, me guiñó el ojo: "Órale, carnal, ¿qué te parece mi reina? Es una chingona en la cama, te lo juro".

La tensión empezó con un juego tonto. "Verdad o reto", dijo ella, lamiéndose los labios pintados de rojo. Yo elegí reto, claro, y me mandó a untarle más aceite en las piernas flacas y lisas. Mis manos temblaban un poco al rozar su piel tibia, suave como seda bajo el sol. Olía a coco y a algo más, un aroma dulce y femenino que me ponía la verga dura al instante. Javier reía, pero sus ojos brillaban con picardía. "Sigue, wey, no te apendejes". Ella gemía bajito, fingiendo que era el aceite, pero su mirada me decía otra cosa.

Esta flaquita nos va a volver locos a los dos, me dije, mientras sentía su muslo apretarse contra mis dedos.

La tarde se estiró con más retos. Ella nos reto a los dos a meternos al mar en calzones, y ahí, entre las olas que chocaban con espuma salada, nos rozamos los tres. Sus tetas pequeñas se pegaban a mi pecho mojado, Javier la abrazaba por atrás, y el agua fría contrastaba con el calor que subía de nuestros cuerpos. Salimos empapados, riendo como pendejos, pero el aire entre nosotros ya estaba cargado, espeso como la humedad del trópico.

Regresamos al bungaló que rentamos, un lugar chido con vista al mar, ventiladores zumbando y la brisa trayendo olor a pescado asado de algún puesto lejano. Nos duchamos por turnos, pero Carla insistió en que nos juntáramos en la regadera grande. "Vamos a ahorrar agua, mis amores", dijo con esa sonrisa pícara. El vapor llenaba el baño, agua caliente cayendo como lluvia sobre su cuerpo delgado. Javier y yo nos miramos, y sin palabras, supimos que el trio flaquita que tanto platicábamos en confidencias estaba a punto de armarse.

Empezó lento, con besos. Ella se paró en puntas, besándome primero, su lengua juguetona sabiendo a tequila y menta. Javier se pegó por detrás, manos en sus caderas estrechas, mordisqueándole el cuello. Su piel sabe a sal y deseo, pensé, mientras bajaba la boca a sus pezones duros, chiquitos y rosados. Ella jadeaba, "Ay, sí, cabrones, así", voz ronca que retumbaba en las baldosas húmedas. El vapor nos envolvía, olor a jabón y a excitación creciente, ese musc dulce que sale cuando el cuerpo se prende.

Salimos al cuarto, toallas tiradas al piso de madera que crujía bajo nuestros pies. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas oliendo a lavanda fresca. Carla se tiró de espaldas, piernas abiertas invitando, su conchita rosada ya brillando de jugos. "Vengan, mis machos", murmuró, tocándose despacito. Javier se arrodilló entre sus muslos, lamiéndola con hambre, lengua chasqueando contra su clítoris. Yo me puse al lado, verga tiesa palpitando, y ella la tomó en la mano flaca, masturbándome lento, uñas raspando la piel sensible.

El sonido era hipnótico: suspiros ahogados, lamidas húmedas, mi respiración agitada. Sentía su pulso acelerado en la palma, el calor de su boca cuando se la metió, chupando con ganas, saliva escurriendo por los huevos. Javier gruñía contra su coño, "Estás rica, flaquita, tan mojada pa' nosotros". Ella se retorcía, caderitas subiendo, piel erizada de goosebumps bajo mis caricias. No aguanto más, esta morra es fuego puro.

Cambiamos posiciones como en un baile instintivo. Yo me acosté, ella se montó encima, su culito flaco rebotando mientras me cabalgaba. La sentía apretada, caliente, envolviéndome como guante de terciopelo húmedo. Javier se paró frente a su cara, y ella lo mamó profundo, garganta trabajando, ojos lagrimeando de placer. El cuarto olía a sexo crudo, sudor salado mezclándose con su perfume floral. Tocábamos todo: mis manos en sus tetas, Javier jalándole el pelo suave, ella arañándonos la espalda con uñas que dejaban surcos rojos.

Esto es el paraíso, trio perfecto con esta flaquita insaciable, rugí en mi mente mientras empujaba más hondo.

La intensidad subió. La volteamos, Javier la penetró por atrás, doggy style, nalgas prietas temblando con cada embestida. Yo debajo, lamiéndole el clítoris expuesto, saboreando la mezcla de sus jugos y el pre-semen de mi carnal. Ella gritaba, "¡Chínguenme más, pinches cabrones, no paren!", voz quebrada por los gemidos. El sudor nos chorreaba, pieles chocando con palmadas húmedas, el ventilador zumbando como banda sonora. Sentía su coño contraerse alrededor de mi lengua, palpitando cerca del orgasmo.

El clímax nos pegó como ola gigante. Ella se vino primero, cuerpo flaco convulsionando, chorro caliente salpicándome la cara, gritando nuestro nombres. Javier la llenó con un rugido gutural, semen escurriendo por sus muslos. Yo no pude más, me paré y eyaculé en su boca abierta, ella tragando ansiosa, lengua lamiendo cada gota. Caímos los tres en un enredo de piernas y brazos, pulsos latiendo al unísono, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco.

El afterglow fue dulce. Acariciábamos su piel aún sensible, besos suaves en la frente, mejillas. El mar rugía afuera, testigo silencioso. Carla se acurrucó entre nosotros, flaquita exhausta pero sonriente. "Eso fue chingón, mis reyes", susurró, voz ronca de tanto gemir. Javier me chocó el puño, "El mejor trio flaquita de mi vida, carnal". Yo asentí, oliendo su aroma mezclado con el nuestro, sintiendo el peso tibio de sus cuerpos.

Nos quedamos así hasta que la luna iluminó la habitación, reflexionando en silencio. Esto no fue solo sexo, fue conexión pura, deseo compartido sin pendejadas. Mañana seguiría la playa, las chelas, pero esta noche nos cambió. La flaquita nos había unido más, un lazo de placer y confianza que olía a eternidad tropical.

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