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El Abigail Mac Trio Inolvidable

7172 palabras

El Abigail Mac Trio Inolvidable

La noche en Polanco bullía con esa energía electrizante que solo México City sabe dar un viernes. Las luces de neón parpadeaban sobre las banquetas, el olor a tacos al pastor se mezclaba con perfumes caros y el eco de risas coquetas flotaba en el aire. Yo, Ana, acababa de entrar al club más exclusivo, con el corazón latiéndome como tambor de mariachi. Llevaba un vestido negro ceñido que abrazaba mis curvas como un amante posesivo, y mis tacones resonaban contra el piso de mármol pulido.

Estaba aquí por Abigail Mac, la diosa del cine para adultos que había visto en tantos videos, esa morena de ojos felinos y labios carnosos que me hacía mojarme solo de pensarla. Neta, ¿quién no? Pero lo que no esperaba era toparme con ella en carne y hueso, rodeada de admiradores en la barra. Su risa era como miel caliente, grave y seductora, y cuando sus ojos se clavaron en los míos, sentí un cosquilleo que me subió por las piernas hasta el pecho.

—Órale, guapa, ¿vienes sola? —me dijo con esa voz ronca que reconocí al instante, extendiendo una mano manicureada.

Le sonreí, el pulso acelerado. ¿Esto está pasando de veras? Tomé su mano, suave como seda, y el calor de su piel me erizó la nuca. A su lado estaba Carla, su amiga de toda la vida, una culona mexicana con cabello negro azabache y tetas que desafiaban la gravedad bajo un top escotado. Las dos eran puro fuego, y yo me sentía como una yesca lista para encenderse.

Charlamos un rato, coqueteando con shots de tequila que quemaban la garganta y avivaban el deseo. Abigail me rozó el brazo, su uña trazando un camino ardiente. —¿Has soñado con un Abigail Mac trio? —susurró al oído, su aliento oliendo a limón y lujuria. Carla rio bajito, su mano posándose en mi muslo. El deseo inicial era como una corriente eléctrica: sutil, pero imposible de ignorar.

Salimos del club juntas, el aire nocturno fresco contrastando con el calor que nos abrasaba por dentro. Subimos a un taxi hacia el hotel de Abigail, un penthouse con vistas al skyline. En el elevador, las paredes espejadas reflejaban nuestras siluetas entrelazadas: Abigail presionada contra mí, sus labios rozando mi cuello, Carla besándome la mano mientras sus dedos jugaban con el dobladillo de mi vestido.

Esto es real, Ana. No sueñes, vive, me dije, el corazón martilleando.

La puerta se abrió a una suite lujosa, con velas aromáticas a vainilla y sábanas de satén negro. El aroma embriagador me envolvió, mezclado con el perfume almizclado de sus cuerpos. Abigail me empujó suavemente contra la cama king size, sus ojos brillando con hambre juguetona.

—Desnúdate, rica. Queremos verte toda —ordenó Carla, quitándose el top con un movimiento fluido. Sus pezones oscuros se endurecieron al aire, y yo tragué saliva, el sabor salado del tequila aún en la lengua.

Me quité el vestido despacio, sintiendo sus miradas como caricias. Mi piel se erizó bajo la luz tenue, el sonido de sus respiraciones agitadas llenando la habitación. Abigail se arrodilló frente a mí, sus manos expertas deslizándose por mis caderas, bajando mis panties con delicadeza. Su toque es eléctrico, como si conociera cada secreto de mi cuerpo.

Carla se unió, besándome con labios suaves y húmedos, su lengua danzando con la mía en un ritmo lento y tortuoso. Probé su sabor dulce, como mango maduro, mientras Abigail lamía el interior de mis muslos, su aliento caliente ascendiendo hasta mi centro palpitante. Gemí bajito, el sonido reverberando en mi pecho, mis manos enredándose en su cabello oscuro.

La tensión crecía como una tormenta: besos que se volvían urgentes, roces que encendían fuegos. Abigail se incorporó, desnuda ahora, su cuerpo atlético y tatuado brillando con sudor fino. Sus tetas firmes rozaron las mías mientras me recostaba, y Carla se posicionó a mi lado, chupando mi cuello con succiones que dejaban marcas rojas.

—Ponte cómoda, pendejita —rió Abigail, guiando mi mano a su coño húmedo y depilado. Lo toqué, resbaladizo y caliente, mis dedos hundiéndose en ella mientras ella jadeaba. Neta, esto es el paraíso. Carla montó mi rostro, su culo redondo presionando contra mi boca. La lamí con avidez, saboreando su néctar salado y almizclado, su clítoris hinchado pulsando bajo mi lengua.

El cuarto se llenó de gemidos entrecortados, el slap de piel contra piel, el olor a sexo crudo y sudor mezclado con vainilla. Abigail se frotó contra mi pierna, su humedad untándome la piel, mientras sus dedos expertas encontraban mi punto G, masajeándolo con precisión quirúrgica. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola que me tensaba los músculos, el corazón latiendo en mis oídos como un tamborazo.

Pero no era solo físico; había una conexión profunda. Abigail susurraba palabras sucias en inglés mezclado con español: —Come her pussy, baby, hazla gritar. Carla respondía en mexicano puro: —¡Ay, sí, mámame más, culera deliciosa! Mis pensamientos eran un torbellino:

Estas mujeres me empoderan, me hacen sentir diosa invencible. No hay vergüenza, solo placer puro.

La escalada fue gradual, deliciosa. Cambiamos posiciones como en una coreografía erótica: yo de rodillas lamiendo a Abigail mientras Carla me penetraba con un strap-on de silicona suave, sus embestidas rítmicas enviando ondas de placer por mi espina. El sonido de su pelvis chocando contra mi culo era hipnótico, wet y obsceno. Abigail arqueó la espalda, sus uñas clavándose en mis hombros, gritando mi nombre mientras se corría, su coño contrayéndose alrededor de mis dedos.

El clímax llegó en oleadas. Primero Carla, temblando sobre mí, su jugo chorreando por mi barbilla. Luego yo, explotando en un grito ahogado, el mundo disolviéndose en blanco puro mientras contracciones me sacudían de pies a cabeza. Abigail nos besó a ambas, su lengua compartiendo sabores, prolongando el éxtasis.

Nos derrumbamos en un enredo de extremidades sudorosas, el aire pesado con el aroma de nuestros orgasmos. Las sábanas se pegaban a nuestra piel húmeda, el latido de nuestros corazones sincronizándose en un ritmo pausado. Abigail me acurrucó contra su pecho, su piel cálida y salada contra mi mejilla. Carla trazaba círculos perezosos en mi vientre, su risa suave rompiendo el silencio.

—Fue el mejor Abigail Mac trio de mi vida —confesó ella, besándome la frente.

Yo sonreí, exhausta y satisfecha, el cuerpo zumbando con afterglow. Esto no fue solo sexo; fue liberación, conexión en una ciudad que nunca duerme. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas caídas, pero aquí dentro, habíamos creado nuestro propio universo de placer.

Nos quedamos así hasta el amanecer, susurrando promesas de más noches así, empoderadas y unidas en esa intimidad mexicana tan pasional. El sol se coló por las cortinas, tiñendo todo de oro, y supe que este recuerdo me acompañaría siempre, un fuego eterno en mi alma.

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