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Del Tri al Quad en Éxtasis

6896 palabras

Del Tri al Quad en Éxtasis

La brisa salada de la Riviera Maya me acariciaba la piel mientras el sol se ponía en el horizonte, tiñendo el cielo de naranjas y rosas intensos. Estábamos en la villa de Marco, mi novio de dos años, un lugar chido con piscina infinita que daba directo a la playa. El aire olía a mar y a coco de las velas aromáticas que acababa yo de encender. Marco, con su torso bronceado y tatuajes que se movían con cada músculo, me abrazaba por la cintura mientras bebíamos margaritas heladas.

Qué chingón es esto, pensé, sintiendo su verga semi-dura presionando contra mi culo a través del bikini diminuto. Habíamos hablado de fantasías antes, de abrirnos un poco, de probar algo más allá de lo de siempre. "Neta, Ana, ¿qué tal si invitamos a Carla?", me había propuesto él esa mañana, con esa sonrisa pícara que me moja al instante. Carla, nuestra amiga de la uni, la morra tetona y culona que siempre coqueteaba con nosotros en las fiestas. Dije que sí, con el corazón latiéndome fuerte, imaginando sus labios carnosos en mi piel.

Carla llegó al atardecer, envuelta en un pareo transparente que dejaba ver sus curvas perfectas. "¡Weyes, qué pedo tan padre!", gritó abrazándonos, su perfume floral mezclándose con el salitre. Nos sentamos en la terraza, riendo y platicando pendejadas, pero el ambiente se cargaba de electricidad. Sentía sus ojos recorriéndome las tetas, y Marco no disimulaba mirándole el escote. El alcohol nos soltaba la lengua, y pronto las confesiones salieron: ella soltera, cachonda, abierta a todo.

¿Y si esto pasa de verdad? Mi concha palpita solo de pensarlo. Marco me mira como si ya supiera que estoy lista.

La primera caricia fue inocente: Marco le rozó la mano al pasarle la chela. Luego, yo me acerqué a ella en la piscina, nuestras piernas rozándose bajo el agua tibia. "Estás rica, Carla", le susurré al oído, oliendo su cuello dulce. Ella se giró, sus labios rozaron los míos, y el beso fue como fuego líquido. Marco nos vio desde el borde, su verga ya dura marcando el short. Se metió al agua, y sus manos grandes nos tomaron a las dos, apretando nalgas y tetas con hambre.

Subimos a la recámara principal, la king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Nos quitamos la ropa despacio, saboreando cada revelación: mis pezones duros como piedras, las tetas enormes de Carla rebotando libres, la verga de Marco gruesa y venosa, lista para nosotras. Empezamos suave, besos y lamidas. Yo chupé los pezones de Carla mientras Marco le metía los dedos en la panocha empapada. Qué sonido tan rico, ese chapoteo húmedo, mezclado con sus gemidos agudos: "¡Ay, wey, no pares!".

El tri se armó natural. Marco se recostó, y Carla y yo nos turnamos para mamarle la verga, nuestras lenguas chocando en la punta, saboreando el precum salado. Sabe a mar y a hombre, pensé, mientras ella me lamía la concha desde abajo, su lengua plana y caliente abriendo mis labios hinchados. El olor a sexo nos envolvía, almizcle y sudor fresco. Marco gruñía, agarrándome el pelo: "Mis nenas putas, qué chido". Yo monté su cara, restregando mi clítoris en su barba rasposa, mientras Carla cabalgaba su polla, sus nalgas cacheteando contra sus muslos.

La tensión subía como marea alta. Cambiamos posiciones: yo de perrito, Marco embistiéndome profundo, su verga estirándome delicioso, mientras lamía la panocha de Carla. Sentía cada vena pulsando dentro, el slap-slap de piel contra piel, el sudor chorreando por mi espalda. "¡Más duro, pendejo!", le pedí, y él obedeció, mis tetas balanceándose, el placer acumulándose en mi vientre como tormenta.

Entonces sonó el timbre. ¿Qué pedo? Marco se detuvo, jadeante. "Es Diego, le dije que viniera por unas chelas". Diego, su carnal del gym, el morro alto y musculoso con sonrisa de galán. Carla y yo nos miramos, ojos brillantes de lujuria. "Déjalo entrar, wey", dijo ella con voz ronca. "Vamos del tri al quad", solté yo, riendo nerviosa, el corazón tronándome en el pecho.

Marco bajó en bóxer, y minutos después Diego subía, boquiabierto al vernos desnudas y brillantes de sudor. "¡No mames, qué onda!", exclamó, pero sus ojos decían que sí quería. Explicamos rápido, todo consensual, y él se quitó la ropa sin chistar, revelando una verga aún más grande, curvada y lista. El aire se espesó con su olor masculino, mezclado al nuestro.

El quad explotó en intensidad. Diego se acercó a Carla, besándola con furia mientras yo volvía a montarme en Marco. Pero pronto nos mezclamos: yo chupé la verga de Diego, enorme en mi boca, saboreando su piel suave y venas saltadas, mientras Marco follaba a Carla por detrás. Los gemidos llenaban la habitación, ecos contra las paredes blancas: "¡Qué rico, cabrón!", "¡Métemela toda!". Cambiamos, rotando como en un baile erótico. Diego me penetró de misionero, sus caderas anchas aplastándome, su pecho duro contra mis tetas, mientras lamía los pezones de Carla y Marco se la metía por el culo a ella, lubricada con saliva.

Siento sus pollas por todos lados, mi cuerpo es un volcán. El olor a sexo es adictivo, sudor, corrida y conchas calientes. Cada embestida me acerca al borde.

La escalada fue brutal. Me pusieron en el centro: Marco en mi concha, Diego en mi culo, doble penetración que me abrió como nunca. ¡Dolor y placer puro! Gritaba, arañándoles la espalda, el estiramiento ardiente convirtiéndose en éxtasis. Carla se masturbaba viéndonos, metiéndonos dedos en la boca. Los sonidos eran sinfonía: carne chocando, fluidos chapoteando, respiraciones entrecortadas. Olía a todo: sal del mar entrando por la ventana, nuestro sudor salado, el almizcle de las panochas y vergas frotándose.

Sentí el orgasmo venir como ola gigante. "¡Me vengo, weyes!", aullé, mi concha contrayéndose alrededor de Marco, chorros calientes salpicando. Ellos no pararon, follándome hasta que Diego gruñó y llenó mi culo de leche tibia, goteando por mis muslos. Marco se sacó y nos pintó las tetas a Carla y a mí, su corrida espesa y blanca chorreando. Carla se vino frotándose el clítoris, temblando entre nosotros.

Colapsamos en la cama, cuerpos enredados, pieles pegajosas y calientes. El afterglow era puro: risas suaves, besos tiernos, el sonido de las olas rompiendo afuera calmándonos. Marco me acariciaba el pelo, Diego traía agua fría, Carla se acurrucaba en mi pecho. "Del tri al quad, qué chingonería", murmuró Marco, y todos reímos.

Esto nos cambió, pensé, sintiendo sus pulsos calmándose contra mí. No era solo sexo; era conexión, confianza, un lazo más fuerte. La noche terminó con estrellas brillando por la ventana, nuestros cuerpos exhaustos pero satisfechos, listos para más aventuras en esta vida tan rica.

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