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El Tri Cuando Tú No Estás

7011 palabras

El Tri Cuando Tú No Estás

El bullicio del bar te golpea como una ola caliente apenas cruzas la puerta. Es noche de partido, El Tri cuando tú no estás, y el lugar está a reventar de carnales gritando, levantando las chelas al cielo mientras México patea contra el gringo en la tele gigante. Tu novio anda de viaje en Monterrey por pinche trabajo, y tú, harta de quedarte en casa viendo sola, decides lanzarte al ruedo. El aire huele a cerveza derramada, tacos de suadero chamuscados y ese sudor macho que prende cualquier chispa. Te sientas en la barra, pediste un michelada bien fría, el limón chorreando en el vaso, y sientes el hielo resbalando por tu garganta como un beso prometedor.

Los gritos estallan cuando Chicharito mete un golazo, el bar tiembla, cuerpos chocan en abrazos ebrios. Tú ríes, el corazón latiéndote fuerte, las luces neón parpadeando en tu piel morena. Llevas una blusa escotada roja como la camiseta del Tri, falda corta que sube con cada movimiento, y unos tacones que hacen que tus piernas se vean interminables.

Qué chido estar aquí sin él, libre, sintiendo esta energía que me recorre las venas como fuego.
Un vato alto, de unos treinta, ojos negros intensos y playera del Tri ajustada que marca sus pectorales, se acerca con dos chelas en la mano.

—Órale, güey, ¿no te molesta si me siento? —te dice con esa sonrisa pícara, voz grave que vibra en tu pecho.

—Si traes chela, carnal, siéntate —le contestas, guiñando el ojo, el hielo de tu vaso sudando en tus dedos.

Se llama Marco, fanático hasta la médula, trabaja en una constructora y huele a colonia barata mezclada con el humo del asador. Charlan del partido, de cómo El Tri cuando tú no estás cobra vida propia, salvaje, sin frenos. Sus rodillas se rozan bajo la barra, accidental al principio, luego no tanto. Sientes el calor de su muslo contra el tuyo, la tela áspera de sus jeans raspando tu piel desnuda. El bar ruge con otro ataque, pero tú solo oyes su risa ronca, ves cómo sus labios se humedecen con la espuma de la cerveza.

La tensión sube como el marcador. Marco te cuenta de su wey que lo dejó por un pendejo, y tú sueltas lo de tu novio ausente, pero no hay drama, solo esa chispa que salta entre desconocidos en noches como esta. Su mano roza tu brazo al gesticular, dedos callosos de tanto trabajar, y un escalofrío te recorre la espina, bajando hasta tu entrepierna. El olor de su piel, salado y masculino, se cuela por tu nariz, mezclándose con el picante de los cacahuates.

Pinche Marco, con esa mirada que me desnuda, ¿qué hago? Esto está prendiendo demasiado.

Al medio tiempo, el Tri va ganando, el bar es un manicomio. Marco te invita un trago de tequila reposado, el líquido quema tu lengua, despierta sabores dormidos. Sus ojos bajan a tu escote, y tú no apartas la mirada, arqueas la espalda un poquito. —Estás bien buena, ¿eh? —murmura, voz baja para que solo tú oigas por encima del escándalo.

—Tú tampoco estás tan pendejo —le respondes, mordiéndote el labio, el pulso acelerado como si el Tri estuviera en penales.

El segundo tiempo arranca, pero ya no ven mucho la tele. Sus dedos trazan círculos en tu rodilla, subiendo despacio por tu muslo, el roce eléctrico haciendo que tu panocha se humedezca. Tú deslizas la mano por su pecho, sientes los músculos tensos bajo la playera, el latido fuerte de su corazón. El bar apesta a deseo contenido, cuerpos sudados pegándose en la pista improvisada. Un gol más, explosión de gritos, y Marco te jala hacia él, sus labios chocan con los tuyos en un beso hambriento. Sabe a tequila y menta, lengua invadiendo tu boca, manos apretando tu cintura. Gimes bajito, el mundo se reduce a su calor, al roce de su verga endureciéndose contra tu vientre.

—Vamos de aquí —te susurra al oído, aliento caliente erizando tu cuello.

—Sí, chíngame ya —le contestas, voz ronca, empapada de pura necesidad.

Salen tambaleándose, el partido aún rugiendo de fondo, manos entrelazadas. Caminan dos cuadras hasta un motel discreto, de esos con neones parpadeantes y habitaciones por hora. El recepcionista ni los mira, pagan y suben. La puerta se cierra con un clic, y Marco te empuja contra la pared, besándote como si el mundo se acabara. Sus manos arrancan tu blusa, exponiendo tus tetas al aire fresco del cuarto ventilado, pezones duros como piedras. Los chupa, muerde suave, lengua girando, y tú arqueas la espalda, uñas clavándose en su nuca.

Qué rico, su boca en mí, olvidando todo, solo esto, puro fuego mexicano.

El cuarto huele a desinfectante viejo y asexo reciente, la cama cruje bajo su peso cuando te tumba. Te quita la falda de un jalón, braga empapada cayendo al piso. Sus dedos exploran tu coñito mojado, resbalando fácil, metiéndose hondo mientras tú jadeas, caderas moviéndose al ritmo. —Estás chingón de húmeda, mamacita —gruñe, ojos brillantes de lujuria.

Le bajas el zipper, liberas su verga gruesa, venosa, palpitante. La agarras, piel suave sobre acero, y la mamas con ganas, lengua lamiendo la punta salada de precum, garganta abriéndose para tragarla entera. Él gime, manos en tu pelo, follando tu boca despacio. El sonido húmedo llena el cuarto, mezclado con sus maldiciones bajas: —Puta madre, qué buena mamada das.

No aguantan más. Te pone a cuatro patas en la cama, el colchón hundiéndose, y entra de un empujón, llenándote hasta el fondo. Gritas de placer, él embiste fuerte, cachetadas en tu culo resonando, piel contra piel chapoteando. Sientes cada vena rozando tus paredes, el glande golpeando tu punto G, jugos chorreando por tus muslos. El sudor nos cubre, olores almizclados de arousal puro, tetas rebotando con cada estocada. Cambian: tú encima, cabalgándolo salvaje, uñas arañando su pecho, caderas girando como en un carnaval. Él aprieta tus nalgas, guiándote, —Muévete así, rica, rómpeme.

El clímax se acerca como un penal decisivo. El Tri mete el gol del triunfo en la tele del cuarto —la dejaron prendida—, y el rugido lejano del bar se filtra por la ventana abierta. Tú explotas primero, coño contrayéndose en espasmos, chorros calientes mojando su verga, grito ahogado en su boca. Él te sigue, corriéndose adentro con un bramido, semen caliente inundándote, cuerpos temblando pegados.

Caen exhaustos, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas. Marco te acaricia el pelo, beso suave en la frente.

Esto fue perfecto, sin promesas, solo placer puro en esta noche de El Tri cuando tú no estás. Mañana, cada quien su camino, pero qué chido recordar.
Te vistes despacio, piernas flojas, sabor a él en tus labios. Salen riendo, el estadio imaginario aún vibrando en sus venas. La noche mexicana las guarda como un secreto ardiente.

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