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El Precio Caliente de Bedoyecta Tri

7278 palabras

El Precio Caliente de Bedoyecta Tri

Entré a la farmacia con el cuerpo hecho pedazos, neta que el pinche trabajo me tenía jodida. Las piernas me temblaban como gelatina y un sueño cabrón que no me dejaba ni pensar en straight. Órale, carnal, necesito energía pa'l desmadre, me dije mientras veía los anaqueles llenos de cajitas coloridas. Ahí estaba, Bedoyecta Tri, la neta de las vitaminas que todos juran que te levantan como por arte de magia. Me acerqué al mostrador, donde un vato bien puesto, de esos que parecen salidos de un anuncio de colonia, me miró con ojos que brillaban más que el neón de la tienda.

—Oye, güey, ¿cuál es el precio de Bedoyecta tri? —le pregunté, apoyándome en el mostrador pa' no caerme. Mi voz salió ronca, como si ya traía fiebre.

Él sonrió, de esa forma que te hace sentir que te está desnudando con la mirada. Se llamaba Marco, lo vi en su gafete. Alto, moreno, con brazos que se marcaban bajo la bata blanca y un olor a jabón fresco que me llegó directo al estómago.

—Trescientos pesos la caja, morra. Pero si quieres la inyección, te la pongo aquí mismo. Te va a hacer sentir como nueva, con toda la B12 y el triángulo de vitaminas que revienta el cansancio.

Su voz era grave, como un ronroneo, y sentí un cosquilleo en la nuca.

¿Y si le digo que sí? Neta que este wey me prende
, pensé, mientras mi mente volaba a lugares que no le pegan a una farmacia. Le di el dinero, el precio de Bedoyecta tri que valía cada peso si me ponía a volar.

Me llevó a un cuartito atrás, chiquito pero limpio, con olor a alcohol y desinfectante que se mezclaba con su colonia. Me dijo que me sentara en la camilla y subiera la manga. Su mano rozó mi brazo, tibia, firme, y mi piel se erizó como si me hubiera echado chile.

—Relájate, preciosa. Esto pica un poquito, pero después te sientes chingona.

La aguja entró rápida, un piquetazo que dolió rico, y de repente, el calor se extendió por mis venas como fuego líquido. Mi corazón latió más fuerte, el pulso retumbando en mis oídos, y una ola de energía me subió desde el estómago hasta las puntas de los dedos. Lo miré, y sus ojos estaban fijos en mí, con esa sonrisa pícara que dice yo sé lo que te está pasando.

—Gracias, Marco. Neta que ya me siento... diferente. Como si pudiera comerme el mundo.

Él se acercó más de lo necesario, su aliento cálido en mi oreja.

—El precio de Bedoyecta tri es chido, ¿verdad? Pero si quieres más rush, te invito un café después del turno. Vivo cerca.

Sentí el calor subiendo por mis muslos, mi cuerpo respondiendo sin permiso. ¿Por qué no? Soy adulta, él también, y esta energía me pide acción. Asentí, mordiéndome el labio.

Acto primero cerrado. Salí de la farmacia flotando, el sol de la tarde en CDMX calentándome la piel, el tráfico zumbando como fondo. Caminé hasta la esquina donde él me esperó en su vochito viejo pero chulo, con reggaetón bajito sonando. Subí, y su mano rozó mi rodilla al cambiar la velocidad. El roce fue eléctrico, piel contra piel, y olí su sudor limpio mezclado con el mío, que ya empezaba a oler a deseo.

Llegamos a su depa en la Roma, un lugar modesto pero con buen rollo: posters de lucha libre, una tele grande y una cama king size que vi de reojo. Me sirvió un chelita fría, el vidrio empañado goteando en mis dedos.

—Salud por la Bedoyecta, morra. ¿Ya sientes el power?

Me reí, sintiendo la risa vibrar en mi pecho. —Neta, wey, me tienes que revisar el pulso, porque late como tamborazo.

Nos sentamos en el sofá, cerca, tan cerca que sus muslos rozaban los míos. Hablamos pendejadas: del tráfico infernal, de lo cara que está la vida, de cómo la Bedoyecta nos salvaba el culo. Pero sus ojos no mentían, bajaban a mi escote, y yo sentía mis pezones endureciéndose bajo la blusa.

Este vato me va a volver loca. Su boca se ve tan suave, y ese olor... ay, cabrón
.

El segundo acto empezó cuando su mano subió por mi pierna, lento, preguntando permiso con la mirada. Yo la cubrí con la mía, guiándola más arriba, el calor de su palma quemándome a través del jeans.

—¿Quieres? —murmuró, su voz ronca.

—Sí, pendejo. Pero hazlo bien.

Me besó entonces, labios carnosos aplastándose contra los míos, lengua invadiendo con sabor a menta y chela. Gemí en su boca, el sonido ahogado por el suyo. Sus manos me quitaron la blusa, dedos ásperos rozando mi espalda, bajando el bra hasta que mis tetas quedaron libres, pezones duros como piedras rozando su pecho peludo.

El aire olía a nosotros, a sudor salado y excitación almizclada. Lo empujé al sofá, montándome encima, sintiendo su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de la tela. Reí bajito, chingón, mientras frotaba lento, el roce enviando chispas por mi espina.

—Eres fuego, morra —jadeó él, manos amasando mis nalgas, apretando fuerte hasta que dolía rico.

Le bajé el pantalón, su pito saltando libre, grueso, venoso, con una gota perlada en la punta que lamí despacio, sabor salado y masculino explotando en mi lengua. Él gruñó, dedos enredados en mi pelo, guiándome sin forzar, solo pidiendo más. Chupé hondo, garganta relajada por la energía de la jeringa, saliva goteando por su longitud mientras mis labios lo tragaban entero.

Pero quería más. Me puse de pie, me quité el resto, mi coño mojado brillando bajo la luz tenue. Él me miró como si fuera un taco al pastor recién salido del trompo.

—Ven pa'cá —le dije, tirándolo a la cama.

Acto tres: la tensión explotó. Me abrió las piernas, lengua hundiéndose en mí, lamiendo clítoris con vueltas expertas, succionando hasta que vi estrellas. Grité, ¡ay, wey, no pares!, caderas moviéndose solas contra su cara barbuda, raspando delicioso. Olía a mi propia excitación, dulce y agria, mezclada con su saliva.

Entró en mí de un empujón suave, llenándome hasta el fondo, su grosor estirándome perfecto. Embestidas lentas al principio, piel chocando con palmadas húmedas, sudores mezclándose en resbalones calientes. Aceleró, gruñendo mi nombre —no sé ni cómo se lo dije—, mis uñas clavándose en su espalda, dejando marcas rojas.

El ritmo fue brutal, cama crujiendo, cabezas golpeando la pared. Sentí el orgasmo subiendo, como la Bedoyecta pero mil veces más intenso: músculos apretándose, pulso rugiendo, visión nublada.

¡Chíngame, Marco, más fuerte!
Exploté gritando, coño contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando por sus bolas.

Él se vino segundos después, caliente dentro de mí, pulsos interminables llenándome hasta rebosar. Colapsamos, jadeando, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono. Su olor me envolvió, pecho subiendo y bajando contra el mío.

Después, en la calma, fumamos un cigarro en la ventana, ciudad rugiendo abajo. —El precio de Bedoyecta tri valió cada peso, ¿no? —dijo riendo.

—Neta, carnal. Y este desmadre, ni se compara.

Me fui al amanecer, piernas firmes ahora, energía eterna. Sabía que volvería, no por la jeringa, sino por él. El verdadero rush estaba en nosotros.

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