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Prueba Photoshop En Mi Cuerpo

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Prueba Photoshop En Mi Cuerpo

Imagina esto: eres un diseñador gráfico freelance, de esos que la arman en su depa moderno en la Condesa, con vista al Parque México y el olor a café de olla flotando en el aire. Esa tarde de sábado, el sol se cuela por las cortinas blancas, calentando tu piel mientras tecleas en la laptop. Recibes un mensaje de Ana, esa morra que conociste en una expo de arte la semana pasada. Neta, qué chida onda con ella, piensas, recordando su sonrisa pícara y esas curvas que se adivinaban bajo el vestido ajustado.

"Oye, carnal, ¿me ayudas con unas fotos? Quiero probar algo nuevo, pero soy un desastre con eso", escribe ella. Le respondes al tiro: "Claro, güey, pásamelas. ¿Qué traes en mente?". Adjunta unas selfies suyas en lencería negra, posando frente al espejo de su baño. El corazón te late más rápido; su piel morena brilla bajo la luz suave, los pezones se marcan apenas, y esa mirada desafiante te eriza la piel.

¿Será que quiere que le haga unas edits calientes?
Le contestas: "Vamos a try Photoshop con estas, verás cómo quedan de fuego".

Ana responde con un emoji de fuego y su dirección: un edificio fancy en Polanco. Media hora después, tocas el interfón. Ella abre la puerta en shortcito de gym y crop top que deja ver su ombligo piercingado. Huele a vainilla y a ella, ese aroma dulce que te hace tragar saliva. "¡Pasa, pendejo! No mames, qué emoción", dice riendo, su voz ronca como miel caliente. El depa es un sueño: muebles de diseño, plantas colgantes y una terraza con jacuzzi. Te sientas en el sofá de piel suave, que cruje bajo tu peso, y abres la laptop sobre la mesa de vidrio.

Acto uno: la chispa inicial. Ana se acomoda a tu lado, tan cerca que sientes el calor de su muslo contra el tuyo. Su pelo negro cae en ondas sobre los hombros desnudos, y cada vez que se mueve, su perfume te invade las fosas nasales. "Mira, quiero que queden más... sensuales, ¿sabes? Como si fueran para una revista de esas", susurra, inclinándose para ver la pantalla. Sus tetas rozan tu brazo accidentalmente –o no–, y un escalofrío te recorre la espalda. Abres Photoshop, la trial que descargaste hace rato, y empiezas a jugar con las curvas de la imagen. Ajustas el brillo, haces que su piel luzca aceitada, agrandas sutilmente sus labios carnosos. "¡Órale, qué chingón! Try Photoshop así, hazme ver más rica", pide ella, su aliento cálido en tu oreja.

Tus dedos vuelan sobre el trackpad, pero su presencia te distrae. Cada clic parece eco en el silencio cargado, y el roce de su mano en tu rodilla te pone la verga dura como piedra. Piensas: No mames, esta morra me está calando cañón. Ella suelta una risita nerviosa. "Sabes, siempre quise fotos así para sentirme poderosa, como diosa azteca moderna". Le muestras la versión editada: ahora parece una pin-up mexicana, con sombras que acentúan sus caderas anchas y un glow que invita a morder. "¡Es perfecto! Eres un genio", exclama, y te planta un beso en la mejilla, sus labios suaves y húmedos dejando un rastro ardiente.

La tensión sube como el calor de un comal. Pasan los minutos, pero ya no editan tanto; sus manos se demoran en tu brazo, trazando venas con las uñas pintadas de rojo. "Muéstrame cómo lo haces tú", dices, cediéndole el mouse. Ella intenta, torpe pero juguetona, y su cuerpo se pega más al tuyo. Sientes su corazón latiendo contra tu pecho, rápido como tambor de mariachi. El aire se espesa con el olor a su excitación sutil, ese almizcle femenino que te nubla la mente. "No sé, se me hace difícil concentrarme contigo aquí", confiesa, mordiéndose el labio inferior, hinchado y tentador.

Acto dos: la escalada. De pronto, cierra la laptop con un clic seco. "Ya estuvo, probemos algo real. Prueba Photoshop en mi cuerpo de verdad". Sus ojos brillan con deseo puro, pupilas dilatadas como noches de luna llena en Xochimilco. Te empuja suave contra el sofá, montándose a horcajadas. Su peso es delicioso, las nalgas firmes presionando tu erección a través de los jeans. "Dime qué editarías aquí", murmura, guiando tu mano a su teta izquierda. La aprietas, sintiendo el pezón endurecerse bajo la tela delgada, como una cereza madura. Gime bajito, un sonido gutural que vibra en tu pecho: "Ahh, sí, justo ahí".

La besas con hambre, lenguas enredándose en un baile húmedo y salado, sabor a chicle de tamarindo y lujuria. Le quitas el crop top; sus tetas saltan libres, pesadas y perfectas, con areolas oscuras como chocolate. Las chupas, lamiendo el sudor salado de su piel, mientras ella arquea la espalda y clava las uñas en tus hombros. Pinche cielo, su piel sabe a gloria, piensas, el pulso retumbando en tus oídos como tráfico en Insurgentes. Baja las manos a tu bragueta, libera tu verga tiesa, palpitante, y la acaricia con dedos expertos. "Qué verga tan chula, güey. Quiero sentirla editándome por dentro".

La volteas, poniéndola de rodillas en la alfombra mullida. Le bajas el short, revelando su panocha depilada, labios hinchados brillando de jugos. El olor te golpea: almizcle dulce, como frutas tropicales maduras. Le metes dos dedos, resbalosos y calientes, curvándolos contra su punto G. Ella jadea, "¡Cógeme ya, no mames!", caderas moviéndose al ritmo de tus embestidas. El sonido es obsceno: chapoteos húmedos, gemidos roncos, piel chocando. La tensión crece, sus paredes internas apretándote como Photoshop ajustando capas, capa tras capa de placer acumulándose.

La pones boca arriba en el sofá, piernas abiertas como invitación. Te hundes en ella de un golpe, su calor envolviéndote entero, apretado y resbaloso. "¡Sí, edítame así, más profundo!", grita, uñas arañando tu espalda, dejando surcos ardientes. Empujas fuerte, el sudor perlando vuestros cuerpos, goteando entre tetas y abdomen. Sientes cada vena de tu verga rozando sus pliegues, pulsos sincronizados latiendo al unísono. Ella se retuerce, clítoris frotándose contra tu pubis, gemidos convirtiéndose en gritos: "¡Me vengo, pendejo, no pares!". Su orgasmo la sacude como terremoto en la Ciudad, paredes convulsionando, jugos empapando tus bolas.

Acto tres: la liberación. No aguantas más; bombeas unas veces más, el placer subiendo como volcán en Popo. "Me vengo dentro", gruñes, y explotas, chorros calientes llenándola hasta rebosar. Ella aprieta las piernas alrededor de tu cintura, ordeñándote hasta la última gota. Colapsan juntos, jadeando, piel pegajosa de sudor y semen. El aire huele a sexo crudo, a victoria compartida. Te besa lento, lenguas perezosas ahora, sabor a sal y éxtasis.

Después, envueltos en una cobija suave, con el jacuzzi burbujeando afuera. "Neta, eso fue mejor que cualquier filtro de Photoshop", dice ella, acurrucada en tu pecho, dedo trazando círculos en tu piel. Tú ríes, besando su frente húmeda.

Try Photoshop fue solo el pretexto; esto es lo real, carnal
. El sol se pone, tiñendo la habitación de naranja, y sabes que esto apenas empieza. Su mano baja de nuevo, juguetona, prometiendo rondas extras. El pulso se acelera otra vez, pero ahora con calma, saboreando el afterglow como un buen mezcal.

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