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Trío con Dos Maduras Insaciables

6464 palabras

Trío con Dos Maduras Insaciables

Estaba en una fiesta chida en Polanco, de esas que arman los cuates con buena chela y música norteña mezclada con reggaetón. Yo, un pendejo de veintiocho años trabajando en una agencia de publicidad, no esperaba nada más que coquetear un rato y tal vez ligarme a alguna morra. Pero la neta, la noche cambió cuando vi a esas dos maduras al fondo del jardín, riendo con copas de margarita en la mano. Una era morena, con curvas que gritaban experiencia, pelo negro largo y ojos que te desnudaban con una mirada. La otra, rubia teñida, más delgada pero con tetas firmes que se marcaban bajo un vestido rojo ajustado. Ambas rondaban los cuarenta y pico, pero pinches diosas, con esa seguridad que solo da el tiempo.

Me acerqué con una chela en la mano, fingiendo casualidad. ¿Qué onda, reinas? ¿Se la están pasando chido? Les dije, y ellas soltaron una carcajada que me erizó la piel. La morena, que se presentó como Laura, me tocó el brazo con uñas rojas. Órale, guapo, ven a platicar con nosotras. Soy Laura y esta es mi carnala en andanzas, Carla. No eran hermanas de sangre, pero se notaba que eran carnalas en todo lo demás. Charlamos de la fiesta, de la vida en la CDMX, y pronto el tema se puso picante. ¿Y tú, wey, qué buscas esta noche? Preguntó Carla, lamiéndose los labios mientras me veía de arriba abajo.

El aire olía a jazmines del jardín y a su perfume dulce, mezclado con el sudor ligero de la noche calurosa. Sentí un cosquilleo en el estómago, como si supiera que esto iba para largo.

Estas maduras no son de las que se andan con juegos, carnal. Van por lo que quieren.
Pensé, mientras Laura me susurraba al oído: ¿Sabes qué? Nos late un trío con dos maduras como nosotras. ¿Te animas, chulo? Mi verga dio un salto en los pantalones. Neta, ¿en serio? Asentí, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.

Salimos de la fiesta en el coche de Laura, un SUV negro reluciente que rugía por Insurgentes. Yo en el medio del asiento trasero, con una mano en cada muslo. La piel de Laura era suave como terciopelo, cálida bajo el vestido, y Carla me besaba el cuello, su aliento a tequila y menta invadiendo mis sentidos. Relájate, papi, murmuró Carla, mientras sus dedos rozaban mi paquete endurecido. Llegamos a un depa en Lomas, todo lujo: vistas al skyline, luces tenues y una cama king size que parecía hecha para pecados.

Acto uno cerrado, la tensión crecía como tormenta en el desierto. Nos quitamos la ropa despacio, como en ritual. Laura me empujó al colchón, sus tetas grandes balanceándose libres, pezones oscuros duros como piedras. Carla se arrodilló, desabrochándome el cinto con dientes. Mira qué rica verga traes, wey, dijo, y la sacó, palpitante, venosa. El cuarto olía a sexo inminente, a sus jugos mezclados con mi sudor. Yo las devoraba con los ojos: cuerpos maduros, con estrías sutiles que las hacían reales, tetas caídas pero pesadas, culos redondos que pedían nalgadas.

Empezaron besándose entre ellas, lenguas danzando, gemidos suaves que me ponían al borde. Ven, únete al trío con dos maduras, jadeó Laura, jalándome. Chupé sus tetas, saboreando la sal de su piel, mordisqueando mientras Carla me mamaba la verga, succionando profundo, saliva chorreando. El sonido era obsceno: slurp slurp, mis huevos chapoteando contra su barbilla. Mi mente era un torbellino:

Esto es un sueño, pendejo. Dos maduras expertas, y tú en el centro. No la cagues.

La escalada fue brutal. Laura se montó en mi cara, su coño peludo y mojado ahogándome en néctar dulce-amargo. Lamí su clítoris hinchado, chupando como si fuera mango maduro, mientras ella se mecía, gimiendo ¡Sí, cabrón, así! Carla cabalgaba mi verga, apretándome con paredes calientes, resbalosas. El colchón crujía, piel contra piel en palmadas rítmicas. Sudor nos unía, el olor almizclado de arousal llenando el aire. Cambiaron posiciones: yo de perrito con Carla, embistiéndola fuerte, sus nalgas rebotando, mientras Laura me metía dedos en el culo, masajeando mi próstata. ¡Qué chingón, wey! Sigue, gritaba Carla, su voz ronca de placer.

Internamente luchaba: el deseo me quemaba, pero quería durar. No te vengas ya, idiota, me regañaba, sintiendo el pulso en mi verga como martillo. Ellas reían, expertas, controlando el ritmo. Laura se acostó, abriendo piernas: Cógeme, macho. La penetré despacio, sintiendo cada pliegue, mientras Carla lamía mis huevos y su clítoris. Gemidos se volvían gritos: ¡Ay, Dios! ¡Más duro! El calor subía, cuerpos resbalosos, besos salados. Probé sus jugos mezclados en mi lengua, un cóctel de lujuria.

La intensidad psicológica me volvía loco. Estas maduras no eran solo cuerpos; contaban historias con cada caricia. Laura confesó entre jadeos: Llevamos años soñando con un trío con dos maduras y un joven como tú. Carla añadió: Nos empoderamos así, carnal. Tú eres nuestro trofeo. Sentí orgullo, empoderado yo también. Acaricié sus curvas, besé cicatrices invisibles, conectando más allá de lo físico.

El clímax llegó como avalancha. Puse a Carla en cuatro, Laura debajo lamiendo. Embestí salvaje, verga hinchada al límite, bolas apretadas. ¡Me vengo! Rugí, chorros calientes llenando a Carla, desbordando. Ella explotó, coño contrayéndose, chillando. Laura se masturbó viéndonos, viniéndose con dedos profundos, squirt salpicando sábanas. Colapsamos en enredo de miembros, pulsos sincronizados, respiraciones entrecortadas.

El afterglow fue dulce. Nos bañamos juntos, agua caliente lavando fluidos, risas y besos suaves. Qué noche, wey, dijo Laura, secándome con toalla mullida. Carla me abrazó: Vuelve cuando quieras para otro trío con dos maduras. En la cama, pieles frescas, hablamos de tonterías: tacos al pastor, Chivas vs América. Me sentía completo, marcado por su fuego.

Al amanecer, con sol filtrándose por cortinas, las besé despidiéndome. Bajé al coche, el cuerpo adolorido pero vivo.

Un trío con dos maduras que cambió todo. Ya no soy el mismo pendejo.
La ciudad despertaba, pero yo llevaba su esencia: olor a sexo, sabor a ellas, eco de gemidos. Neta, la vida es un desmadre chingón.

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