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El Triste Soñador de El Tri

6884 palabras

El Triste Soñador de El Tri

En el corazón de la Ciudad de México, donde las luces de neón parpadean como promesas rotas, vivía Juan, un tipo común y corriente que se sentía como el protagonista de esa rola de El Tri, triste soñador. Todas las noches, en su departamentito de la colonia Roma, ponía la canción a todo volumen: "Triste soñador, que sueñas despierto...". La guitarra rasposa de Álex Lora le calaba hondo, reflejando su pinche vida solitaria. No era feo, neta, alto y moreno con ojos que decían "ven y sálvame", pero las chavas lo veían como un buen amigo, nada más. Esa noche, harto de tanto soñar despierto, decidió salir a un bar en la Zona Rosa, con su chamarra de cuero gastada y el alma hecha trizas.

El lugar estaba a reventar, humo de cigarros flotando como niebla, olor a tequila y sudor mezclado con perfumes caros. La banda tocaba cumbia rebajada, y Juan se sentó en la barra, pidiendo un chela fría. De repente, la vio: Sofía, una morra de curvas que quitaban el hipo, cabello negro largo hasta la cintura, labios rojos como chile piquín y una sonrisa que iluminaba el antro. Vestía un vestido negro ajustado que marcaba sus chichis firmes y su culo redondo, caminando con ese meneo que hace que cualquier pendejo se le ponga dura al instante.

Órale, carnal, ¿qué onda? —le dijo ella, sentándose a su lado sin pedir permiso, su muslo rozando el suyo accidentalmente. El calor de su piel traspasó la tela de sus jeans, y Juan sintió un cosquilleo que le subió por la verga.

—Nada, güey, aquí batallando con la vida —respondió él, tratando de sonar cool, pero su voz salió ronca. Ella se rio, un sonido como cascabeles en la noche, y pidió dos tequilas reposados.

Hablaron de música, de El Tri, de cómo "Triste Soñador" les pegaba en el alma. Sofía era de Guadalajara, pero vivía en la capi por trabajo, una diseñadora gráfica con fuego en los ojos.

Esta chava es neta, no como las otras que nomás buscan un rato y se van
, pensó Juan, mientras el tequila le calentaba el pecho y su mirada se perdía en el escote de ella, oliendo a vainilla y algo más, un aroma femenino que lo ponía cachondo.

La tensión creció cuando la banda cambió a rock norteño. Sofía lo jaló a la pista, pegándose a él en el baile. Sus caderas se rozaban al ritmo, el sudor de sus cuerpos mezclándose, el aliento de ella en su cuello sabiendo a tequila dulce. Juan puso las manos en su cintura, sintiendo la suavidad de su piel bajo el vestido, y ella no se apartó; al contrario, se apretó más, su concha rozando su paquete endurecido.

Me late cómo bailas, pinche soñador —susurró ella al oído, mordiéndole el lóbulo suave. Juan casi se viene ahí mismo, el pulso latiéndole en las sienes, el corazón tronándole como batería de El Tri.

Salieron del bar tambaleándose de risa y deseo, caminando por las calles empedradas de la Roma. El aire fresco de la noche contrastaba con el calor que les ardía adentro. Llegaron al depa de él, un lugar chiquito pero chido, con posters de rock y una cama king size que gritaba "fóllame". Apenas cerraron la puerta, Sofía lo empujó contra la pared, besándolo con hambre. Sus labios eran suaves y calientes, lengua juguetona saboreando la suya, manos explorando su pecho peludo bajo la camisa.

Esto no es un sueño, ¿verdad? Neta que sí está pasando
—se dijo Juan, mientras le quitaba el vestido, revelando lencería roja de encaje que enmarcaba sus tetas perfectas, pezones duros como caramelos. El olor de su excitación llenó la habitación, almizclado y dulce, haciendo que su verga palpitara dolorosamente contra los boxers.

La llevó a la cama, besando cada centímetro de su piel morena: el cuello salado de sudor, los hombros tersos, bajando a sus chichis que chupó con ganas, succionando los pezones hasta que ella gemía "¡Ay, cabrón, qué rico!". Sus manos bajaron a su culo, amasándolo firme, mientras ella le desabrochaba el cinto, liberando su verga gruesa y venosa, ya goteando pre-semen.

Estás bien puesto, güey. Mírala, qué chingona —dijo Sofía, acariciándola con manos expertas, el toque suave y firme enviando ondas de placer por su espina. Juan jadeaba, oliendo su cabello, escuchando su respiración agitada. Ella se puso de rodillas, mirándolo con ojos lujuriosos, y se la metió a la boca. La calidez húmeda lo envolvió, su lengua girando alrededor del glande, chupando con succiones que lo hacían arquear la espalda. Slurp, slurp, los sonidos obscenos mezclados con sus gemidos lo volvían loco.

Pero él quería más, quería devorarla. La tumbó boca arriba, abriéndole las piernas para ver su concha depilada, labios hinchados y mojados brillando bajo la luz tenue. El olor era embriagador, puro sexo. La lamió despacio, saboreando su jugo salado y dulce, lengua hundiéndose en los pliegues, chupando el clítoris hasta que ella se retorcía, uñas clavadas en su cabeza.

¡No mames, síguele! ¡Me vengo! —gritó Sofía, su cuerpo convulsionando, chorro caliente salpicando su cara. Juan lamió todo, bebiendo su placer como tequila premium.

La tensión era insoportable ahora. Ella lo jaló arriba, guiando su verga a su entrada resbalosa. Entró de un empujón suave, ambos gimiendo al unísono. Estaba apretada, caliente, envolviéndolo como guante de terciopelo. Empezaron lento, mirándose a los ojos, sintiendo cada embestida: el slap-slap de piel contra piel, el sudor chorreando, sus alientos mezclados. Juan aceleró, follando más duro, sus bolas golpeando su culo, mientras ella clavaba las uñas en su espalda, gritando "¡Dame verga, pinche soñador! ¡Fóllame como hombre!".

El cuarto olía a sexo puro, gemidos rebotando en las paredes como eco de concierto. Juan sentía su orgasmo construyéndose, bolas tensas, verga hinchándose dentro de ella. Sofía se corrió primero otra vez, concha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Eso lo mandó al borde.

¡Me vengo, chava! —gruñó, saliendo a chorro en sus tetas, semen caliente pintando su piel en ropes blancos y espesos. Ella lo untó, lamiendo un dedo con sonrisa pícara.

Se derrumbaron jadeando, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El silencio post-sexo era bendito, roto solo por sus respiraciones calmándose. Juan la abrazó, oliendo su cabello, sintiendo su corazón latiendo contra el suyo.

Ya no soy tan triste soñador. El Tri tenía razón, pero ahora despierto a algo chingón
, pensó, mientras Sofía murmuraba:

Esto apenas empieza, carnal. Mañana repetimos.

La noche se cerró con promesas, el eco de la rola en su mente transformado en himno de pasión. Juan sonrió en la oscuridad, sabiendo que los sueños ya no eran tristes.

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