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Ardiente Terminal del Ado Tri

6880 palabras

Ardiente Terminal del Ado Tri

La noche cae pesada sobre la Terminal del Ado Tri, ese hervidero de luces neón y olores a taquitos al pastor que te recibe como un abrazo sudoroso cada vez que pasas por aquí. El zumbido de los altavoces anuncia llegadas y salidas, mientras el aroma del cilantro fresco y la cebolla asada se mezcla con el perfume dulzón de las mujeres que corren con maletas en mano. Tú llegas empapado por la llovizna, tu chamarra de mezclilla pegada a la piel, el corazón latiéndote con ese ritmo ansioso de quien huye de la rutina citadina. Buscas tu boleto para Veracruz, pero el próximo camión sale en dos horas. Órale, piensas, tiempo de sobra para un café bien cargado.

Te sientas en una banca metálica fría, el eco de risas y reggaetón lejano rebotando en las paredes de azulejo. Ahí la ves: una morra de unos veintitantos, piernas cruzadas, con una falda jeans corta que deja ver muslos morenos y firmes. Su blusa escotada deja entrever el encaje negro de su sostén, y su cabello negro suelto cae como cascada sobre hombros perfumados a vainilla. Te mira de reojo, labios carnosos pintados de rojo fuego, y sientes un cosquilleo en la nuca. Neta, está cañona, te dices, el pulso acelerándose como motor de vocho viejo.

¿Y si le echo plática? ¿Qué pierdo, wey? Esta noche huele a aventura.

Te levantas, caminas con esa chingonería fingida, y te plantas frente a ella. "Qué onda, ¿esperando el de Orizaba? Yo voy pa'l puerto, pero este pinche retraso nos jode a todos". Ella ríe, voz ronca como miel quemada, ojos café brillando bajo las luces fluorescentes. "Simón, carnal. Soy Ana, de aquí de la Merca, pero mi jefa me mandó a Xalapa. Tú eres...?" "Luis, pa' servirte. ¿Quieres un elote? Hay un puesto chido allá". La llevas, hombros rozándose accidentalmente, piel cálida contra la tuya helada por la lluvia. El vapor del elote asado sube, mayonesa cremosa goteando, y cuando le das el suyo, vuestros dedos se tocan. Electricidad pura, wey. Ella lame la salsa de sus labios despacio, mirándote fijo. Tu verga ya da señales de vida bajo los jeans.

Regresan a la banca, platicando de todo: el tráfico culero de la CDMX, las fiestas en la playa, cómo el calor de Veracruz te pone de malas pero también te enciende. Sus rodillas se pegan, muslo contra muslo, y sientes el calor irradiando de su piel. "Sabes, Luis, esta terminal del ado tri siempre me pone nerviosa. Tanto desconocido, pero a veces pasa lo chido", dice ella, mano posándose en tu antebrazo. Su tacto es suave, uñas pintadas rozando tus vellos. El deseo crece como bola de nieve, tu respiración pesada, olor a su perfume invadiendo tus fosas nasales. Quieres besarla ya, pero aguantas, dejando que la tensión fermente.

Los minutos estiran como chicle. Ella se inclina, aliento cálido en tu oreja: "Oye, ¿y si nos salimos de aquí? Hay un hotelito a dos cuadras, limpio y discreto. No quiero subir al camión con esta calentura". Tu corazón truena. "¿Estás segura, Ana? Neta que sí quiero, pero..." Ella te calla con un dedo en los labios, sabor salado. "Consiente, wey. Los dos adultos, los dos cachondos. Vámonos". Salen tomados de la mano, lluvia fina besando sus caras, risas ahogadas entre el ruido de los motores diesel arrancando.

El hotel es modesto pero acogedor, lobby con olor a cloro y café de olla. Suben al cuarto, puerta cierra con clic definitivo. La luces tenues pintan su piel dorada. Ana te empuja contra la pared, labios chocando en beso hambriento. Sabe a elote y menta, lengua danzando con la tuya, manos enredándose en tu pelo. "Te deseo desde que te vi, pendejito", murmura, mordiendo tu labio inferior. Tus manos bajan por su espalda, sintiendo la curva de su culo firme bajo la falda. La desabrochas lento, torturándote con el roce de sus chichis contra tu pecho. El aire se carga de gemidos suaves, pieles sudando ya.

La tumba en la cama king size, sábanas frescas oliendo a detergente floral. Le quitas la blusa, sostén negro cayendo, pezones oscuros endurecidos como balas. Los chupas, lengua girando, ella arqueándose con "¡Ay, cabrón, qué rico!". Manos tuyas en su falda, bajándola con bragas de encaje húmedas. Su concha depilada brilla, aroma almizclado a excitación pura invadiendo la habitación. Dedos exploran, resbalosos por sus jugos, clítoris hinchado palpitando. "Estás empapada, Ana. Me traes loco". Ella gime, caderas moviéndose al ritmo de tus caricias, uñas clavándose en tus hombros.

Su calor te quema las yemas, cada roce un incendio. Quieres enterrarte en ella ya, pero saboreas el momento, wey. Esto es puro fuego mexicano.

Se voltea encima tuyo, dominante, desabrochándote el cinto con dientes. Tu verga salta libre, venosa y tiesa, pre-semen perlado en la punta. "Qué pingota, Luis. La quiero en mi boca". Baja, labios envolviéndote, lengua lamiendo de huevos a glande, succionando con maestría. El sonido chapoteante llena el cuarto, tus manos en su melena guiándola, caderas empujando suave. "¡Chíngame la verga, así!", gruñes, placer subiendo por la espina como tequila puro. Ella acelera, garganta profunda, ojos lagrimeando pero fijos en ti, conexión brutal.

No aguantas más. La volteas boca abajo, almohada bajo caderas, nalgas redondas invitando. Condón puesto rápido –seguridad primero, carnal–, y entras despacio. Su concha aprieta como guante caliente, jugos chorreando por tus bolas. "¡Más adentro, pendejo! ¡Chíngame duro!". Empujas, ritmo creciente, piel chocando con palmadas húmedas. Sudor gotea, olores mezclados: sexo crudo, perfume, lluvia exterior golpeteando la ventana. Ella gira cabeza, besos torpes, gemidos en tu boca. Cambian a vaquera, ella cabalgando salvaje, chichis rebotando, uñas en tu pecho marcando territorio. Tus manos en su clítoris, frotando círculos, llevándola al borde.

La tensión explota. "¡Me vengo, Luis! ¡No pares!". Su concha contrae, ordeñándote, grito ronco rasgando el aire. Tú la sigues, eyaculando fuerte dentro del látex, olas de placer cegándote, visión borrosa de estrellas. Colapsan juntos, respiraciones jadeantes, cuerpos pegajosos enredados. Besos suaves ahora, lenguas perezosas, risas compartidas.

Después, tumbados bajo sábanas revueltas, ella traza círculos en tu pecho. "Neta estuvo chingón, wey. La terminal del ado tri nos regaló esto". Tú asientes, oliendo su pelo, sintiendo paz profunda. "Volveremos a vernos, Ana. Esto no acaba aquí". El amanecer pinta la ventana rosado, camiones rugiendo abajo. Se visten lento, promesas susurradas, un último beso ardiente antes de salir. La terminal bulle de nuevo, pero tú caminas ligero, el recuerdo de su tacto grabado en la piel, deseo satisfecho pero con brasas listas para reavivarse.

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