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Mono Di Tri Tetra

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Mono Di Tri Tetra

La noche en Playa del Carmen olía a sal marina y coco tostado, con el rumor de las olas rompiendo suave contra la arena blanca del resort. Yo, Ana, acababa de llegar de la Ciudad de México, huyendo del pinche estrés del jale diario. Tenía veintiocho pirulos, un cuerpo curvilíneo que volvía locos a los weyes en el gym, y una calentura que no se me quitaba ni con duchas frías. Esa noche, sola en mi suite con vista al mar Caribe, decidí empezar mi vacaciones a lo grande. Mono, pensé, mientras me quitaba el bikini diminuto y me tendía en la cama king size.

La piel me ardía bajo las luces tenues. Mis dedos bajaron lentos por mi panza plana, rozando el ombligo, hasta llegar a esa humedad traicionera entre las piernas. Qué rico, susurré, abriendo las rodillas. El aire acondicionado me erizaba la piel, pero el calor de mi chochita lo contrarrestaba. Introduje un dedo, luego dos, moviéndolos en círculos lentos alrededor del clítoris hinchado. Gemí bajito, imaginando manos ajenas, bocas hambrientas. El olor a mi propia excitación llenaba la habitación, dulce y almizclado. Me arqueé, pellizcando un pezón oscuro y tieso. El orgasmo llegó rápido, como una ola chiquita, pero me dejó con más ganas.

Esto no es suficiente, neta. Quiero más. Di, tal vez.
Me levanté temblorosa, me puse un vestido playero escotado que apenas tapaba mis nalgas redondas, y salí al bar de la piscina.

El lugar estaba a reventar de turistas y locales guapos, música de reggaetón retumbando, luces neón parpadeando sobre cuerpos sudorosos bailando pegaditos. Pedí un paloma con tequila reposado, el limón fresco explotando en mi lengua, el chorrito de grapefruit picante despertando mis sentidos. Ahí lo vi: Javier, un morro alto, bronceado, con ojos verdes que gritaban pendejo cachondo pero del bueno. Me guiñó el ojo desde la barra, su sonrisa blanca contra la piel curtida por el sol. Órale, wey, pensé, sintiendo un cosquilleo en el bajo vientre.

¿Qué onda, güerita? ¿Primera vez aquí? —me dijo acercándose, su voz grave como ronca de tanto gritar en la playa.

Sí, pero ya me late el lugar. Tú pareces de los que saben dónde está la buena fiesta. —le contesté coqueta, rozando su brazo musculoso. Su piel estaba caliente, salada al tacto, y olía a protector solar y hombre.

Charlamos un rato, riendo de tonterías, sus manos ya posándose en mi cintura. El deseo crecía, palpable como la humedad entre mis muslos. Di, susurré en mi mente. Lo jalé hacia la playa oscura, donde las palmeras susurraban con la brisa. Nos besamos con furia, su lengua invadiendo mi boca, saboreando a tequila y menta. Me arrancó el vestido, sus manos grandes amasando mis tetas pesadas, pulgares frotando los pezones hasta que dolió de placer.

Estás cañón, Ana. Quiero comerte entera. —gruñó, arrodillándose en la arena tibia.

Su boca en mi chochita fue fuego puro. Lamía despacio, chupando el clítoris con labios carnosos, metiendo la lengua profundo mientras sus dedos me abrían como fruta madura. Gemí alto, el sonido perdido en las olas. ¡Ay, cabrón, qué rico! Mis caderas se movían solas, empujando contra su cara barbuda que raspaba delicioso. Él se levantó, sacando su verga gruesa, venosa, ya goteando precum. La probé, salada y caliente en mi boca, mamándola hasta la garganta mientras él jadeaba ¡órale, mami!.

Me penetró de pie, contra una palmera, sus embestidas fuertes haciendo crujir la madera. Sentía cada centímetro estirándome, el roce en mi punto G enviando chispas. Sudábamos juntos, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. El orgasmo nos partió a los dos al mismo tiempo, él llenándome con chorros calientes mientras yo gritaba su nombre al cielo estrellado. Caímos exhaustos en la arena, riendo, besándonos perezosos. Pero entonces, una voz suave rompió la noche.

¿Ya empezaron sin mí, amor?

Sofía, su novia, una morena de curvas imposibles, con labios rojos y un tanga que no tapaba nada. Javier sonrió pícaro.

Ven, corazón. Ana es increíble. ¿Te late unirte? Todo consensual, ¿va?

Yo asentí, el corazón latiéndome como tambor. Tri, pensé emocionada. Sofia se acercó, oliendo a vainilla y deseo. Nos besamos ella y yo primero, lenguas danzando suaves, sus tetas suaves contra las mías. Javier nos miraba, su verga endureciéndose de nuevo. Nos tendimos en una sábana que sacó de quién sabe dónde, el mar lamiendo nuestros pies.

Sofía se sentó en mi cara, su conchita depilada goteando jugos dulces en mi lengua. La lamí ansiosa, saboreando su sabor ácido y salado, mientras ella gemía ¡sí, así, rica!. Javier me follaba por detrás, lento al principio, dejando que sintiera cada vena. Luego aceleró, sus huevos golpeando mi clítoris. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, mamando a Javier mientras Sofia me metía dedos y lengua. El aire se llenaba de nuestros jadeos, olores mezclados de sudor, sexo y mar.

Esto es el paraíso, neta. Nunca había sentido tanto.

El clímax del tri fue explosivo: Sofia se corrió en mi boca, temblando; Javier en mi panza, chorros blancos calientes; yo convulsionando entre ellos, olas de placer interminable. Sudados, abrazados, reíamos bajito. Pero Javier miró hacia el bar.

Ahí viene Marco, mi carnal. ¿Les late el gran finale?

Marco era un chavo atlético, sonrisa traviesa, verga ya tiesa asomando en su short. Todos nos miramos, asintiendo con ojos brillantes. Tetra, el pensamiento me erizó la piel. Consentimiento total, puro fuego compartido.

Nos movimos como en coreografía instintiva. Marco besó mis labios hinchados, su lengua experta, mientras Javier lamía a Sofia. Luego, intercambios: yo montada en Marco, su verga más larga, tocando fondo delicioso. Subía y bajaba, tetas rebotando, sintiendo sus manos en mis nalgas separándolas. Sofia se unió, chupándome los pezones, su aliento caliente en mi cuello. Javier entraba en Sofia por detrás, sincronizados en ritmo.

El olor a sexo era intenso, almizcle pesado mezclado con arena y sal. Sonidos: pieles chocando, ¡ah! ¡sí! ¡más! en español y gruñidos guturales. Cambiamos otra vez: yo en cuatro, Marco en mi chochita, Javier en mi boca, Sofia debajo lamiéndome el clítoris y sus huevos. El placer era abrumador, nervios en llamas. ¡No pares, pendejos, me vengo! grité ahogada.

El tetra explotó en cadena. Marco se corrió primero, llenándome profundo, su semen caliente chorreando. Javier en mi garganta, tragándome todo salado. Sofia y yo nos frotamos mutuamente hasta corrernos juntas, cuerpos temblando en éxtasis compartido. Colapsamos en un enredo de miembros sudorosos, risas roncas, besos suaves.

La luna iluminaba nuestras pieles brillantes. Javier me acarició el pelo.

De mono a di, tri, tetra. La noche perfecta, ¿no?

Sonreí, exhausta y plena.

Neta, México sabe a placer infinito.
Dormimos ahí, abrazados, con el mar como arrullo. Al amanecer, promesas de más noches así, pero esa, la de mono di tri tetra, quedó grabada en mi alma ardiente.

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