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El Tri Triste Canción de Amor Sinfónico en Nuestra Noche de Fuego

7534 palabras

El Tri Triste Canción de Amor Sinfónico en Nuestra Noche de Fuego

La noche en el Foro Sol estaba cargada de ese calor pegajoso que solo el DF sabe regalar en verano. El aire olía a tacos de suadero asándose en los puestos de afuera, mezclado con el humo de los cigarros y el sudor de miles de almas apiñadas esperando a El Tri. Yo, Daniela, había llegado con mis compas del barrio, todas gritando como locas porque sabíamos que esa noche tocaban la versión sinfónica de su clásico, esa triste canción de amor sinfónico que siempre me ponía la piel chinita.

Estábamos en la zona media, cerquita del escenario, cuando empezó el show. Los vientos y cuerdas del mariachi sinfónico retumbaban como un corazón acelerado, y la voz rasposa de Alex Lora llenó el lugar. "¡Órale, pinches rockeros!", gritó él, y el público enloqueció. Yo me mecía al ritmo, sintiendo el bass vibrar en mi pecho, el suelo temblando bajo mis tenis. De repente, lo vi. Un güey alto, moreno, con playera negra de la banda y unos ojos que brillaban como luces de neón. Me sonrió, y joder, sentí un cosquilleo en el estómago que no era del mezcal que me había echado antes.

¿Quién es este carnal? Piensa, Dani, no seas pendeja, pero míralo, con esa barba recortada y esos brazos que parecen hechos para abrazar fuerte.

Él se acercó bailando, rozando mi hombro sin querer, o eso creí. "¡Qué chido concierto, ¿no?", me dijo al oído para que lo oyera sobre la música. Su aliento olía a chela fría y a menta, y su voz grave me erizó los vellos de la nuca. "¡Sí, carnal! Sobre todo la triste canción de amor sinfónico de El Tri, me vuela la cabeza", le contesté, girándome para verlo de frente. Se llamaba Luis, vecino de Iztapalapa, fan de hueso colorado. Charlamos entre rolas, riéndonos de las letras pendejas de la banda, pero sus ojos no se despegaban de mis labios, y yo sentía mi blusa pegándose a la piel por el sudor, mis pezones marcándose como traicioneros.

Cuando arrancó la triste canción de amor sinfónico, todo cambió. Las cuerdas lloraban con la guitarra, la letra hablando de amores rotos que duelen en el alma. Luis me tomó de la mano, bailando lento en medio del mosh. Su palma era cálida, áspera de trabajar en taller mecánico, y me jaló contra su pecho. Olía a jabón barato y a hombre, ese aroma que te hace cerrar los ojos. "Esta rola siempre me pone triste, pero contigo se siente diferente", murmuró, su boca rozando mi oreja. Mi corazón latía al ritmo del tambor, y bajito le dije: "Pues a mí me prende, güey".

El concierto terminó en euforia, pero nosotros no queríamos que la noche acabara. Salimos tomados de la mano, esquivando al gentío, riendo como niños. "Vamos por unas chelas a mi depa, está cerca", propuso él, y yo asentí sin pensarlo dos veces. En el Uber, su muslo presionaba el mío, y yo sentía el calor subiendo por mis piernas. Llegamos a su cuchitril en la colonia, un lugar chiquito pero limpio, con posters de El Tri en las paredes y una rola de fondo en la bocina.

Acto primero cerrado, pensé mientras él sacaba unas coronas del refri. Nos sentamos en el sillón viejo, bebiendo y platicando de la vida. Luis era divorciado, con una hija grande ya, y yo acababa de cortar con un pendejo que no valía la pena. "La vida es como las rolas de El Tri, a veces triste pero hay que rockearla", dijo él, y me reí, acercándome más. Sus dedos jugaban con un mechón de mi pelo, y yo tracé la línea de su mandíbula con la uña, sintiendo su piel rasposa bajo mi toque.

La tensión crecía como el volumen de un solo de guitarra. Puse la triste canción de amor sinfónico en su cel, bajito, para que nos envolviera. "Baila conmigo", le pedí, poniéndome de pie. Él me siguió, sus manos en mi cintura, bajando despacio hasta mis caderas. Bailamos pegados, mi culo rozando su entrepierna, sintiendo cómo se ponía duro contra mí. El aroma de su sudor fresco me mareaba, y yo giré, besándolo por fin. Sus labios eran suaves pero urgentes, lengua explorando mi boca con sabor a cerveza y deseo puro. Órale, este güey sabe besar, pensé mientras gemía bajito.

Las manos de Luis subieron por mi espalda, desabrochando mi bra, y yo le quité la playera, revelando un torso marcado por el gym y el trabajo. Olía a sal y a piel caliente. Lo empujé al sillón, montándome a horcajadas, frotándome contra su verga que ya asomaba tiesa por el pantalón. "Te quiero, Dani, desde que te vi en el foro", gruñó él, manos amasando mis tetas, pulgares en los pezones duros como piedras. Yo jadeaba, el calor entre mis piernas convirtiéndose en humedad que empapaba mi calzón. Le bajé el zip, sacando su verga gruesa, venosa, palpitante. La apreté, sintiendo su pulso, y él gimió: "Chin, qué rica mano tienes".

Esto es lo que necesitaba, un hombre que me haga sentir viva, no como el idiota anterior que ni me tocaba bien.

Me puse de rodillas, el piso duro contra mis rodillas, pero no importaba. Lamí la punta de su verga, salada y caliente, bajando la lengua por el tronco hasta los huevos. Él enredó los dedos en mi pelo, guiándome suave mientras yo la chupaba hondo, garganta relajada, saliva goteando. "¡Pinche delicia, mámala rica!", exclamó, caderas moviéndose. El sonido de succión y gemidos llenaba la habitación, mezclado con la rola de fondo que ahora parecía hecha para nosotros.

Me levantó, quitándome la falda y calzón de un jalón. Sus dedos encontraron mi panocha mojada, resbalosa, metiendo dos adentro mientras su pulgar frotaba el clítoris. "Estás chorreando, mi amor", dijo, y yo arqueé la espalda, gimiendo fuerte. Olía a sexo, a mi excitación almizclada. Lo empujé a la cama, montándolo despacio. Su verga entró gruesa, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, cabrón!", grité, empezando a cabalgar, tetas rebotando, sudor chorreando por mi espalda.

Él me agarró las nalgas, clavándome las uñas, embistiéndome desde abajo con fuerza. Cada choque de piel contra piel era un plaf húmedo, mis jugos lubricando todo. Sentía su verga golpear mi punto G, oleadas de placer subiendo por mi espina. "Más duro, Luis, cógeme como hombre", le rogué, y él obedeció, volteándome a perrito. Entró de nuevo, profundo, una mano en mi clítoris, la otra jalándome el pelo. Gemía su nombre, el cuarto oliendo a sudor, sexo y la vela de vainilla que había encendido. La triste canción de amor sinfónico seguía sonando en loop, su melancolía contrastando con nuestro fuego.

El clímax llegó como un solo explosivo. Sentí el orgasmo construyéndose, mis paredes apretando su verga, y exploté gritando, temblores sacudiéndome entera, jugos salpicando. Él gruñó, hinchándose dentro, corriéndose caliente, llenándome con chorros que sentía palpitar. Colapsamos jadeando, su peso sobre mí reconfortante, pieles pegajosas unidas.

Después, en la afterglow, nos quedamos abrazados, fumando un cigarro compartido, el humo danzando en el aire quieto. "Esa rola de El Tri nunca sonó tan bien", dijo él, besándome la frente. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho. "Fue triste al principio, pero ahora es puro amor sinfónico, carnal". La noche se cerraba con promesas de más conciertos, más noches así, un amor rockero que no se apaga fácil. Y mientras el sueño nos vencía, supe que esto era el comienzo de algo chingón.

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