Pasiones Prohibidas en Tri de Latinoamerica SA de CV
Trabajaba en Tri de Latinoamerica SA de CV hace tres años ya, en la torre de oficinas del centro de la Ciudad de México. La empresa de logística era un hervidero de camiones rugiendo en el patio trasero y ejecutivos corriendo con laptops bajo el brazo. Yo, Alejandro, era el jefe de operaciones, un tipo de treinta y cinco, con las manos callosas de tanto revisar cargas y el cuerpo marcado por el gimnasio para no quedarme atrás. Ese lunes, cuando vi entrar a Valeria a la sala de juntas, supe que algo iba a cambiar.
Valeria era la nueva gerente de ventas, transferida de la filial en Guadalajara. Alta, con curvas que el traje sastre negro no podía esconder del todo, piel morena como el chocolate mexicano y ojos negros que brillaban como obsidiana. Su perfume, un aroma a jazmín y vainilla, flotaba en el aire cargado de café y fotocopias. Órale, carnal, esta mujer es puro fuego, pensé mientras ella se presentaba, su voz ronca acentuando cada erre.
—Mucho gusto, equipo. Vamos a romperla en Tri de Latinoamerica SA de CV —dijo, sonriendo con labios carnosos pintados de rojo.
El meeting fue eterno, pero mis ojos no se despegaban de sus manos manicureadas moviéndose sobre los gráficos. Sentí un cosquilleo en la nuca, el corazón latiéndome como tambor de mariachi. Al final, cuando todos salían, ella se acercó a mi escritorio.
—Alejandro, ¿me das un tour por las bodegas? Quiero ver cómo opera el corazón de la bestia.
No mames, güey, esta es tu chance. Asentí, tragando saliva.
La llevé por los pasillos iluminados con fluorescentes zumbando, el eco de nuestros pasos en el concreto. Afuera, el sol pegaba fuerte, olor a asfalto caliente y diesel de los tráilers. En la bodega principal, el ruido de montacargas y gritos de los choferes llenaba el aire. Valeria se paró junto a un pallet alto, su blusa blanca pegándose un poco por el calor, marcando el encaje de su brasier.
—Impresionante —murmuró, girándose hacia mí—. Tú manejas todo esto, ¿verdad? Eres el rey aquí.
Su aliento cálido rozó mi oreja. Mi verga dio un salto en los pantalones. Controla, pendejo.
—Algo así. ¿Quieres ver el control de cargas?
Subimos al segundo piso, a mi oficina con vista al patio. Cerré la puerta, el clic del seguro sonando como promesa. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando el bochorno de abajo.
—Hace calor aquí adentro —dijo ella, desabotonando el primer botón de su blusa. Un vistazo a su escote, sudor perlando su clavícula.
No aguanté más. Me acerqué, mi mano rozando su brazo. Piel suave como seda, tibia como tequila recién servido.
—¿Estás coqueteando conmigo, Valeria?
Ella rio bajito, un sonido gutural que me erizó los vellos.
—Y tú, ¿qué? ¿Vas a dejarme sola en esta jungla de Tri de Latinoamerica SA de CV?
El beso fue inevitable. Sus labios sabían a menta y deseo, su lengua danzando con la mía en un tango húmedo. La empujé contra el escritorio, papeles volando al suelo con rasguños. Sus manos en mi nuca, uñas clavándose justo lo suficiente para doler rico. Olía a ella, a mujer en celo, mezclado con mi sudor masculino.
—Qué chingón eres, Alejandro —susurró, mordiendo mi labio inferior.
Le arranqué la blusa, botones rebotando. Sus tetas perfectas, grandes y firmes, saltaron libres del brasier negro. Pezones oscuros endurecidos, pidiendo mi boca. Los chupé con hambre, lengua girando, succionando hasta que gimió alto, eco en la oficina vacía.
—Más... no pares, cabrón.
Mis manos bajaron a su falda, subiéndola por muslos gruesos. Calzones de encaje mojados, calor emanando. La toqué por encima, dedos hundiendo en su humedad. Ella jadeaba, caderas moviéndose contra mi palma, el sonido chapoteante de su excitación volviéndome loco.
Pero no era solo físico. En mi cabeza, un torbellino:
Esto es riesgoso, güey. Somos colegas en Tri de Latinoamerica SA de CV. Pero joder, su piel, su olor... no puedo parar. Es como si el destino nos hubiera cruzado en este pinche edificio.
La giré, apoyándola en el escritorio. Bajé sus calzones, exponiendo su culo redondo, panocha hinchada brillando. Me arrodillé, olfateando su aroma almizclado, salado. Lengua adentro, lamiendo pliegues, clitóris palpitante. Ella gritaba, ¡Sí, así, pinche rey!, piernas temblando.
Me puse de pie, desabrochando el cinto. Mi verga dura como fierro saltó libre, venosa y gruesa. Ella se giró, ojos lujuriosos.
—Dámela, quiero saborearte.
Se arrodilló, boca caliente envolviéndome. Lengua experta lamiendo el glande, succionando hasta la garganta. El sonido obsceno, glug glug, y su saliva chorreando. Agarré su cabello, follando su boca suave pero firme. Puta madre, esta mujer es diosa.
No duré mucho ahí. La levanté, sentándola en el escritorio. Piernas abiertas, invitándome. Empujé lento, centímetro a centímetro, su coño apretado tragándome. Calor envolvente, paredes pulsando. Gemimos juntos, sincronizados.
—¡Fóllame duro, Alejandro! Hazme tuya.
Aceleré, embestidas profundas, escritorio crujiendo. Sus tetas rebotando, sudor volando. El aire cargado de sexo, gemidos, piel chocando. Toqué su clítoris, círculos rápidos. Ella se arqueó, uñas en mi espalda rasguñando fuego.
—Me vengo... ¡ahhh!
Su orgasmo me apretó, leche caliente bañándome. No resistí, eyaculé dentro, chorros potentes, gruñendo como animal.
Caímos jadeantes, cuerpos pegajosos. La besé suave, saboreando el afterglow. Su cabeza en mi pecho, latidos calmándose.
—Eso fue... qué padre, carnal —dijo riendo bajito—. En Tri de Latinoamerica SA de CV, quién lo diría.
Nos vestimos lento, manos todavía explorando. Esto no termina aquí, pensé. Salimos por separado, pero esa noche, en mi depa, revivimos todo. Valeria se mudó a mi vida como un camión de carga pesada, pero placentera.
Semanas después, en otra junta, nos miramos con complicidad. El deseo latiendo bajo la superficie, listo para explotar de nuevo. Tri de Latinoamerica SA de CV ya no era solo trabajo; era nuestro playground secreto, lleno de pasiones que ardían más que el sol mexicano.
Fin.