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El Trío del Muchacho Chicho

7230 palabras

El Trío del Muchacho Chicho

La noche en el bar de la colonia Roma estaba en su punto máximo, con el aire cargado de humo de cigarro y el olor a chela fría derramándose sobre mesas de madera astillada. Yo, Ana, estaba sentada con mi carnal, Javier, mi novio de años, cuando lo vimos entrar. Era el muchacho chicho, un wey bajito pero bien plantado, con una sonrisa pícara que iluminaba su cara morena y unos ojos negros que prometían travesuras. Vestía una playera gastada de El Tri, la banda que tanto nos gustaba a los tres, y se movía con esa confianza de quien sabe que volteas a verlo.

¿Y si lo invitamos? —me susurró Javier al oído, su aliento caliente rozando mi cuello, enviando un escalofrío directo a mi entrepierna.

Sentí mi piel erizarse, el corazón latiéndome fuerte contra las costillas. Neta, la idea de el trío con ese pendejo nos rondaba la cabeza desde hacía rato. Javier y yo siempre hablábamos de eso en la cama, fantaseando con un tercero que nos pusiera a volar. Y ahí estaba el muchacho chicho, bebiendo una cerveza solo en la barra, tarareando "Abuso" de El Tri bajito.

Me levanté, sintiendo el roce de mi falda corta contra mis muslos, y me acerqué. —Órale, wey, ¿fan de El Tri? —le dije, apoyándome en la barra con una cadera coqueta.

Él volteó, sus ojos bajando por mi escote un segundo antes de sonreír. —¡Neta! Triste canción, ¿no? Pero chida pa' la noche. ¿Y tú?

Charlamos un rato, el ruido de la banda sonando fuerte, risas mezcladas con el clink de botellas. Javier se unió, y pronto las chelas corrían, las miradas se cruzaban cargadas de promesas. Sentía el calor subiendo por mi cuerpo, el pulso acelerado cada vez que el muchacho chicho rozaba mi brazo "sin querer". Su piel era cálida, olía a jabón barato y sudor fresco, ese aroma macho que me ponía húmeda al instante.

Esto va pa'lante, pensé, mientras Javier le pasaba el brazo por los hombros al wey. —Ven pa' la casa, carnal. Ponemos El Tri a todo volumen y vemos qué pinta.

Él aceptó sin chistar, con esa mirada de "sé lo que quieren". Salimos al fresco de la noche capitalina, el viento lamiendo mis piernas, y subimos al taxi. En el asiento trasero, Javier y yo nos besábamos, y el muchacho chicho nos veía, su mano ya descansando en mi rodilla, subiendo despacito.

Llegamos a nuestro depa en la Condesa, un lugar chido con terraza y luces tenues. Puse "Piedras Rodantes" de El Tri en el estéreo, el bajo retumbando en mis entrañas como un latido extra. Nos sentamos en el sillón, chelas en mano, pero la tensión era palpable, el aire espeso con olor a anticipación.

—Neta, el muchacho chicho —dijo Javier riendo—, pareces sacado de una rola de El Tri, todo rebelde y listo pa'l desmadre.

Yo me reí, sentándome en su regazo. Sentí su verga ya dura presionando contra mis nalgas a través del pantalón. —¡Ay, wey! —exclamé juguetona, moviéndome despacio—. ¿Listo pa' el trío?

Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando mi blusa con dedos hábiles. Javier se acercó, besándome el cuello mientras el muchacho chicho chupaba mi teta derecha, su lengua áspera girando alrededor del pezón endurecido. Gemí bajito, el sonido ahogado por la guitarra eléctrica de la rola. Olía a su sudor mezclado con mi perfume, un olor almizclado que me hacía apretar los muslos.

Nos quitamos la ropa entre risas y besos torpes. Javier era alto y musculoso, su verga gruesa ya tiesa apuntando al techo; el muchacho chicho, bajito pero bien dotado, con una verga curva y venosa que me lamió los labios al verla. Me arrodillé, el piso fresco contra mis rodillas, y los tomé a los dos en las manos, sintiendo su calor pulsante, el sabor salado cuando lamí la punta de cada uno.

Mierda, esto es lo que soñábamos
, pensé, mientras Javier me jalaba el pelo suave y el muchacho chicho gemía "¡Qué chida mamacita!".

Me recostaron en la cama, las sábanas suaves contra mi espalda desnuda. Javier se hincó entre mis piernas, lamiendo mi concha empapada, su lengua hundiéndose en pliegues resbalosos, saboreando mi jugo dulce y salado. El muchacho chicho besaba mi boca, su barba raspando mis labios, mientras sus dedos pellizcaban mis tetas, enviando chispas de placer-dolor directo a mi clítoris.

El ritmo de El Tri seguía sonando, "Triste canción" ahora, irónica y perfecta. Sentía mi cuerpo ardiendo, el sudor perlando mi piel, gotas rodando entre mis pechos. Javier metió dos dedos dentro de mí, curvándolos contra ese punto que me hace gritar, mientras el muchacho chicho se frotaba contra mi mano.

—Cámbiense —jadeé, queriendo más.

El muchacho chicho se colocó entre mis muslos, su verga resbalando en mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con esa curva que tocaba justo donde dolía rico. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en su espalda morena, oliendo su axila salada cuando levantó mis piernas. Javier se arrodilló a mi lado, metiendo su verga en mi boca, el sabor de su precum amargo y adictivo llenándome la garganta.

Me follaban en sincronía, el muchacho chicho embistiendo profundo, sus bolas chocando contra mi culo con un slap húmedo, Javier cogiéndome la boca como si fuera mi concha. El cuarto olía a sexo puro: sudor, jugos, semen pre. Mis paredes internas se contraían, el orgasmo building como una ola, mis muslos temblando, el corazón retumbando en oídos.

—¡Ya casi, pinche puta rica! —gruñó el muchacho chicho, su voz ronca, acelerando, su vientre sudado frotando mi clítoris.

Javier salió de mi boca, jadeando. —Córrete conmigo, Ana.

Explote, el placer rompiéndome en mil pedazos, mi concha chorreando alrededor de su verga, gritos ahogados contra el hombro de Javier. El muchacho chicho se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes que sentía salpicar dentro, gimiendo mi nombre como una plegaria. Javier se pajeó rápido, su leche espesa cayendo en mis tetas, caliente y pegajosa.

Nos quedamos tendidos, el El Tri apagándose solo, el silencio roto solo por respiraciones pesadas. El muchacho chicho me besó la frente, su cuerpo pegado al mío, cálido y laxo. Javier me abrazó por atrás, su mano acariciando mi cadera.

—Qué chingón el trío, weyes —murmuré, saboreando el afterglow, el cuerpo pesado de placer, la piel sensible al roce más leve.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando el sudor y fluidos, risas compartidas bajo el vapor. Él se vistió, prometiendo volver. —Soy el muchacho chicho pa' ustedes cuando quieran —dijo guiñando.

Cuando se fue, Javier y yo nos miramos en la cama revuelta, oliendo todavía a nosotros tres.

Esto cambia todo, pero pa' bien
, pensé, acurrucándome en su pecho, el corazón lleno, el cuerpo satisfecho, sabiendo que la noche había sido el principio de algo adictivo.

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