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El Primer Trío de Mi Esposa (3)

6613 palabras

El Primer Trío de Mi Esposa

La noche caía suave sobre nuestra casa en Polanco, con el aroma de las jacarandas filtrándose por las ventanas abiertas. Ana y yo llevábamos años casados, pero la chispa nunca se apagaba. Ella, con su culazo prieto y esas tetas que se marcaban bajo cualquier blusa, siempre me volvía loco. Yo, Marco, un wey de treinta y tantos que trabajaba en publicidad, soñaba con verla en acción con otro carnal. Hablábamos de eso en la cama, susurrando fantasías mientras mis dedos jugaban en su panocha húmeda.

¿Y si lo hacemos de verdad, amor? me dijo una noche, con los ojos brillando de curiosidad. Quiero sentir mi primer trío de esposa, neta, me emociona pensarlo.

Ahí empezó todo. Elegimos a Luis, un cuate de la uni, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que derretía morras. Lo invitamos a cenar un viernes, con tacos de arrachera y chelas frías. La mesa estaba puesta con velas, el reggaetón sonando bajito de fondo, y Ana luciendo un vestido negro ceñido que dejaba poco a la imaginación.

Luis llegó puntual, oliendo a colonia cara y con una botella de tequila en la mano. ¡Qué chido lugar, carnales! Ana, estás riquísima esta noche, soltó con esa labia suya. Ella se sonrojó, pero le guiñó el ojo. Cenamos riendo, contando pendejadas de juventud, y las chelas fluían. Sentí el primer cosquilleo en el estómago cuando Ana rozó la pierna de Luis bajo la mesa. Yo la miré, y ella me sonrió cómplice: Esto va a pasar.

Después de la comida, nos fuimos al sofá con el tequila. El aire se cargaba de electricidad, como antes de una tormenta. Ana se sentó entre nosotros, su piel tibia contra mi muslo. Cuéntenme, ¿han hecho tríos antes? preguntó Luis, directo al grano. Yo negué, pero Ana confesó:

Neta, este sería mi primer trío de esposa. Pero con ustedes dos, confío ciegamente.

Su voz temblaba de excitación. Luis la miró con hambre, y yo sentí mi verga endurecerse al instante. El olor de su perfume mezclado con el tequila me mareaba.

La cosa escaló despacio. Luis le acarició el brazo, y Ana no se apartó. Yo me incliné y la besé en el cuello, saboreando su sal marina. Ella gimió bajito, un sonido que me erizó la piel. ¿Estás segura, nena? le pregunté, mi mano en su muslo subiendo el vestido. Sí, amor, los quiero a los dos, respondió, volteando a besar a Luis.

Sus labios se unieron con un chasquido húmedo, y yo observé hipnotizado cómo sus lenguas danzaban. Mi corazón latía como tambor, el pulso retumbando en mis oídos. Ana jadeaba, su mano buscando mi paquete mientras Luis le amasaba una teta por encima del vestido. El roce de la tela contra su piel endurecida era audible, un shhh suave que avivaba el fuego.

Nos quitamos la ropa con urgencia contenida. Ana quedó en tanga negra, sus pezones rosados erguidos como balas. Luis y yo nos desvestimos, nuestras vergas saltando libres, gruesas y venosas. Ella nos miró con ojos vidriosos: ¡Qué chingonas están! Ven, pruebenme.

La recostamos en el sofá mullido, el cuero crujiendo bajo su peso. Yo me arrodillé entre sus piernas, inhalando el aroma almizclado de su excitación, esa esencia dulce y salada que me volvía loco. Lamí su panocha despacio, saboreando sus labios hinchados, el clítoris palpitante bajo mi lengua. Ana arqueó la espalda, gimiendo: ¡Ay, Marco, qué rico! Luis, chúpame las tetas.

Luis obedeció, succionando un pezón con ruidos obscenos, su saliva brillando en la luz tenue. Sentí sus dedos en mi pelo, guiándome más profundo. El sabor de ella era adictivo, jugos calientes inundando mi boca. Mi verga goteaba pre-semen, rozando el suelo fresco.

Esto es real, mi esposa en su primer trío, y es jodidamente perfecto, pensé mientras la penetraba con la lengua. Ana temblaba, sus muslos apretándome las mejillas. Luis se movió, ofreciéndole su pinga dura. Ella la tomó con avidez, mamándola con labios estirados, el sonido de succión resonando como música prohibida. Mmm, qué sabrosa, carnal, murmuró ella entre chupadas.

Cambié posiciones, el sudor comenzando a perlar nuestras pieles. El olor a sexo llenaba la sala, mezclado con el humo leve de un incienso olvidado. Luis se colocó detrás de Ana, que ahora estaba a cuatro patas, su culo redondo alzado como ofrenda. Yo debajo, follándole la boca mientras él frotaba su verga contra su entrada húmeda.

Entra despacio, wey, hazla disfrutar, le dije, mi voz ronca. Luis empujó, y Ana gritó de placer alrededor de mi verga, vibraciones que me subieron por la columna. ¡Sí, métemela toda! ¡Qué llena me siento! exclamó ella, empujando hacia atrás.

El ritmo se aceleró. Luis embestía con fuerza controlada, sus bolas chocando contra su clítoris en palmadas húmedas. Yo la cogía la garganta, sintiendo su saliva escurrir por mi eje. Sus ojos se clavaban en los míos, llenos de lujuria y amor: Te amo, esto es nuestro. El sofá gemía con nosotros, crujidos rítmicos marcando el compás.

Sentí la tensión crecer en mis huevos, el calor subiendo. Ana convulsionaba primero, su orgasmo explotando en un alarido: ¡Me vengo, cabrones! ¡No paren! Su panocha se contrajo alrededor de la verga de Luis, jugos salpicando mis muslos. Él gruñó, acelerando, y yo no aguanté más. Me corro, nena, avisé, eyaculando chorros calientes en su boca. Ella tragó ávida, lamiendo cada gota.

Luis fue el último, sacando su verga para pintarle el culo de leche espesa, que chorreó lenta por sus nalgas. Colapsamos en un enredo sudoroso, respiraciones agitadas llenando el silencio. El aire olía a semen, sudor y satisfacción profunda.

Ana se acurrucó entre nosotros, su piel pegajosa contra la mía. ¿Vieron? Mi primer trío de esposa fue épico, susurró riendo bajito. Luis nos besó la frente y se vistió, despidiéndose con un Gracias, carnales, esto queda entre nosotros. Se fue, dejando el eco de la puerta.

Nos duchamos juntos después, el agua caliente lavando los restos, pero no la memoria. En la cama, Ana me abrazó fuerte. Gracias por hacerme sentir tan viva, amor. Fue consensuado, caliente y nuestro. Yo la besé, saboreando el afterglow.

Desde esa noche, nuestra intimidad se volvió más salvaje, más conectada. El primer trío de esposa no rompió nada; lo fortaleció todo. Y en las noches quietas, revivimos cada gemido, cada roce, sabiendo que hay más aventuras por venir.

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