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Mi Trio Amater Casero Inolvidable

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Mi Trio Amater Casero Inolvidable

Era una noche calurosa en nuestro depa de la Condesa, con el ventilador zumbando como loco y el olor a tacos de la esquina colándose por la ventana. Yo, Ana, estaba recostada en el sofá con Marco, mi carnal desde hace dos años, viendo una película cualquiera en Netflix. Neta, no le poníamos mucha atención, porque sus manos ya andaban paseándose por mis muslos, subiendo poquito a poco bajo mi falda corta. Sentía su aliento caliente en mi cuello, ese que siempre me pone la piel chinita.

—Órale, mi amor, ¿qué traes hoy tan juguetona? me dijo con esa voz ronca que me derrite, mientras me mordisqueaba la oreja. Yo reí bajito, girándome para besarlo, saboreando el toque salado de su lengua contra la mía. Ahí fue cuando sonó el intercomunicador. Era Sofía, la amiga de Marco del gym, la que siempre nos coqueteaba con sus curvas de infarto y esa sonrisa pícara que prometía problemas.

La dejamos pasar, y cuando abrió la puerta, traía un vestido ajustado que marcaba todo: pechos firmes, caderas anchas, piernas interminables. Chin, pensé, esta morra es puro fuego. Nos saludamos con abrazos que duraron un poquito de más, sus tetas rozando mi pecho y el perfume dulce de vainilla invadiendo mis sentidos. Nos sentamos los tres en el sofá, con chelas frías en la mano, charlando de pendejadas. Pero el aire ya estaba cargado, como antes de una tormenta.

Esto podría ser el inicio de un trio amater casero, se me cruzó por la mente, recordando esas fantasías que Marco y yo platicábamos en la cama. ¿Y si lo hacemos real?

Marco, el muy chíngón, sacó el tema como si nada. —Oigan, ¿han pensado en un trío? Así, bien casero, sin complicaciones. Sofía se sonrojó un segundo, pero luego soltó una carcajada. —Neta, wey, siempre he querido probar con una pareja como ustedes. Si Ana está en onda... Me miró fijo, con ojos que brillaban de deseo. Mi corazón latió fuerte, un cosquilleo subiendo por mi espinazo. —Simón, ¿por qué no? Entre adultos, todo chido y con respeto.

Ahí empezó todo. Nos besamos primero Marco y yo, para romper el hielo, mi lengua danzando con la suya mientras Sofía nos veía, mordiéndose el labio. Sentí sus dedos en mi espalda, bajando el zipper de mi blusa. La tela se deslizó, dejando mis pezones duros al aire fresco. Sofía se acercó, su boca cálida envolviendo uno, chupando suave al principio, luego con más hambre. ¡Ay, cabrón! gemí, el placer como electricidad recorriendo mi cuerpo. Marco observaba, su verga ya dura presionando contra sus jeans.

Nos movimos al cuarto, la cama king size esperándonos con sábanas frescas que olían a lavanda. Me quitaron la falda entre risas y besos, sus manos explorando cada centímetro de mi piel morena. Toqué los senos de Sofía, pesados y suaves, pellizcando sus pezones rosados hasta que jadeó. Marco se desnudó, su verga gruesa saltando libre, venosa y lista. La olí, ese aroma masculino mezclado con sudor que me vuelve loca.

Me puse de rodillas, lamiendo la punta, saboreando el pre-semen salado mientras Sofía me besaba el cuello, sus dedos hurgando mi concha ya empapada. —Estás chorreando, mamacita, murmuró, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo en mi punto G. Grité bajito, el sonido ahogado por la polla de Marco que se hundía en mi boca. El ritmo era perfecto: succionar, lamer, tragar; mientras sus caderas empujaban suave, respetando mi control.

Esto es mejor que cualquier porno, un trio amater casero de verdad, con gemidos reales y piel que quema.

La tensión crecía como una ola. Marco me levantó, recostándome en la cama. Sofía se subió a mi cara, su concha depilada rozando mis labios. La probé, jugosa y dulce, como mango maduro. Lamí su clítoris hinchado, succionando mientras ella se mecía, sus muslos apretando mi cabeza. Marco entró en mí despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el fondo. ¡Puta madre, qué rico!

El cuarto se llenó de sonidos: piel chocando contra piel, plaf plaf húmedo; gemidos entrecortados, el mío grave y animal, el de Sofía agudo como un chillido placentero. Sudábamos a chorros, el olor a sexo impregnando el aire, mezclado con nuestro perfume. Marco aceleró, sus bolas golpeando mi culo, mientras yo devoraba a Sofía, metiendo la lengua profundo, sintiendo sus paredes contraerse.

Cambiaron posiciones, el instinto guiándonos. Sofía se acostó, yo encima en 69, comiéndonos mutuamente. Su lengua era experta, lamiendo mi ano y bajando a mi coño, chupando mis labios hinchados. Marco se colocó atrás de mí, embistiéndome fuerte ahora, sus manos en mis caderas marcando moretones de pasión. —¡Más duro, cabrón! ¡Dame todo! le rogué, perdida en el éxtasis. Sofía gritó primero, su orgasmo explotando en mi boca, jugos calientes inundándome la cara.

Yo vine después, un tsunami arrasándome: piernas temblando, concha apretando la verga de Marco como un puño, visión borrosa de placer. Él resistió, volteándome para follar a Sofía misionero mientras yo besaba sus tetas, mordiendo suave. —Córrete adentro, amor, le dije, y lo hizo, gruñendo como bestia, su leche caliente llenándola mientras yo frotaba su clítoris para prolongar su gozo.

Caímos exhaustos, un enredo de cuerpos sudorosos y sonrientes. El silencio roto solo por respiraciones agitadas y risas cansadas. Marco me besó la frente, Sofía acurrucada en mi pecho, su piel pegajosa contra la mía. Olía a nosotros, a sexo compartido, a intimidad cruda.

Nuestro trio amater casero había sido perfecto, sin cámaras ni poses, solo deseo puro y conexión.

Nos duchamos juntos después, jabón resbaloso en curvas ajenas, besos tiernos bajo el agua caliente. Secándonos, platicamos de lo chingón que fue, prometiendo repetirlo sin presiones. Sofía se fue con un abrazo largo, dejándonos a Marco y a mí en la cama, satisfechos y más unidos. Esa noche soñé con más, con exploraciones que fortalecen lo nuestro. Neta, el mejor recuerdo de mi vida.

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