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Aniversario Tri Inolvidable

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Aniversario Tri Inolvidable

El aroma a mole poblano flotaba en el aire de nuestra casita en la colonia Roma, mientras Marco y yo brindábamos con un tequila reposado. Habían pasado cinco años desde que nos casamos, y este aniversario tri lo íbamos a celebrar de una forma que nos tenía con el corazón latiendo a mil. "¿Estás segura, mi amor?", me preguntó Marco con esa sonrisa pícara que me derretía, sus ojos cafés brillando bajo la luz tenue de las velas. Yo asentí, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo hasta mis muslos. "Sí, carnal, hoy nos vamos a poner locos. Luis ya viene en camino".

Nos conocíamos desde la uni, Luis era el carnal de Marco, el compa de siempre, alto, moreno, con ese cuerpo de gym que lo hacía ver como un galán de telenovela. Siempre hubo química entre los tres, miraditas, coqueteos inocentes en las fiestas. Pero esta noche, en nuestro aniversario tri, íbamos a cruzar la línea. Me puse mi vestido negro ajustado, sin bra, solo tanguita roja que se notaba apenas. Marco me miró de arriba abajo: "Estás cañón, Ana, vas a volverlo loco". Me reí, nerviosa, mientras el pulso me aceleraba. ¿Y si me arrepiento? No, esto es lo que quiero, lo hemos platicado mil veces, pensé, tocándome el cuello donde el perfume de jazmín se mezclaba con mi sudor de anticipación.

La puerta sonó y ahí estaba Luis, con una botella de mezcal en la mano y una sonrisa que prometía travesuras. "¡Feliz aniversario, pareja! Traje lo necesario para armar desmadre". Nos abrazamos, su cuerpo duro contra el mío, y sentí su calor a través de la camisa. Cenamos, platicamos pendejadas, pero el aire estaba cargado, como antes de una tormenta. Cada roce accidental –su mano en mi rodilla al pasar el pan, la de Marco en mi espalda– hacía que mi piel se erizara. El tequila aflojaba las lenguas: "Órale, Ana, siempre he pensado que eres la más rica del barrio", soltó Luis, guiñándome el ojo. Marco rio: "Por eso la invité, güey, para que veas de qué se trata".

El deseo crecía como fuego lento. Terminamos la cena y nos fuimos al sillón, con música de Natalia Lafourcade de fondo, suave y sensual. Me senté entre ellos, mi vestido subiéndose un poco, exponiendo mis piernas bronceadas. Marco me besó el cuello, su aliento caliente oliendo a tequila: "Relájate, mi reina". Luis observaba, y yo lo invité con la mirada. Su mano grande se posó en mi muslo, subiendo despacio, mientras Marco me devoraba la boca. Santo cielo, dos hombres tocándome, esto es real. Gemí bajito cuando los dedos de Luis rozaron mi tanga húmeda. "Ya estás mojada, ¿eh?", murmuró él, voz ronca. "Es por ustedes, cabrones", respondí juguetona, mi voz temblando de excitación.

La tensión subía como el volumen de una rola de rock. Marco me quitó el vestido de un jalón, dejando mis tetas al aire, pezones duros como piedras. Luis jadeó: "¡Chin marín, qué mamadas!". Se lanzaron sobre mí, cuatro manos explorando cada curva. Sentía las bocas: Marco chupándome un pezón, succionando fuerte, Luis lamiendo el otro, su barba raspándome la piel deliciosamente. Olía a sus colonias mezcladas con sudor masculino, embriagador. Bajaron juntos, besos mojados por mi panza, hasta llegar a mi entrepierna. Marco apartó la tanga: "Mira cómo brilla, carnal". Luis metió la lengua primero, lamiendo mi clítoris con maestría, círculos lentos que me hacían arquear la espalda. "¡Ay, sí, así!", grité, agarrando su pelo. Marco se unió, su lengua en mi entrada, chupando mis jugos mientras Luis me comía el botón. El sonido de sus lengüetas chapoteando, mis gemidos roncos, el slap de sus labios... todo era un festival sensorial.

No puedo más, me voy a venir ya, pensé, pero quise alargar el juego. Los empujé: "Ahora a ustedes, pendejos". Me arrodillé en la alfombra, sus vergas duras frente a mí. La de Marco, gruesa y venosa, la conocía de memoria; la de Luis, más larga, curvada, palpitando. Las tomé, una en cada mano, piel caliente y suave sobre el acero. Lamí la punta de Marco, salado y pre-semen, luego la de Luis, más dulce. "¡Qué chido, Ana!", gruñó él. Las chupé alternando, metiéndomelas hasta la garganta, gargantas profundas que los hacían jadear. Marco me agarró el pelo: "Eres la mejor, mi amor". El olor a macho, el sabor almizclado, sus gemidos guturales... me tenía el coño chorreando.

La intensidad escalaba. Me recostaron en el sillón, Marco se puso un condón y me penetró de misionero, su verga llenándome hasta el fondo, golpes profundos que me hacían gritar. "¡Más fuerte, amor!". Luis se acercó a mi cara, y le mamé mientras Marco me cogía. El ritmo era hipnótico: embestidas húmedas, slap-slap contra mi culo, mi boca llena. Cambiamos: Luis me entró por atrás, doggy style, su longitud tocando spots que Marco no alcanzaba. "¡Estás apretada, pinche rica!", dijo, azotándome suave las nalgas. Marco debajo, chupándome las tetas. Sudor goteando, pieles chocando resbalosas, el aire cargado de olor a sexo puro. Esto es el paraíso, nuestro aniversario tri perfecto.

El clímax se acercaba como avalancha. Me subieron a horcajadas sobre Luis, su verga clavándose hondo mientras yo rebotaba, tetas saltando. Marco detrás, lubricando mi ano con saliva y mis jugos. "¿Listos para el gran final?", pregunté jadeante. "Sí, mi reina", respondió Marco. Entró despacio en mi culo, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Dolor-placer puro, llena por ambos lados. Empezaron a moverse, alternando, yo en el medio de un sándwich de éxtasis. Sus vergas rozándose a través de la delgada pared, fricción infernal. Gemidos triples, cuerpos temblando, pieles pegajosas de sudor. "¡Me vengo!", grité primero, orgasmo explotando en olas, coño contrayéndose, apretando a Luis. Él gruñó: "¡Ya, Ana!", llenando el condón. Marco último, embistiendo salvaje: "¡Te amo!", corriéndose con un rugido.

Colapsamos en un enredo de miembros, respiraciones agitadas, corazones tronando. El cuarto olía a sexo, semen y perfume mezclado. Luis besó mi frente: "Gracias por esto, carnales, fue épico". Marco me abrazó: "El mejor aniversario tri de nuestra vida". Me sentía empoderada, amada, saciada. No hay celos, solo conexión más fuerte. Nos duchamos juntos, risas y caricias suaves bajo el agua caliente, jabón resbalando por curvas. Después, en la cama king size, nos acurrucamos desnudos, pieles aún sensibles. "Te quiero, Marco. Y tú, Luis, eres bienvenido cuando quieras", susurré. Él sonrió: "Cuenta conmigo para el próximo".

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, reflexioné. Este aniversario tri no rompió nada; lo fortaleció todo. Despertamos con besos perezosos, café y planes para más aventuras. La vida es para vivirse a full, y nosotros lo sabíamos bien.

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