Tratando de Ver Sus Curvas Ocultas
La noche en la playa de Puerto Vallarta estaba caliente como el infierno, con esa brisa salada que te pega en la cara y te hace sudar más. Yo, un wey de treinta tacos que andaba de vacaciones con unos carnales, no podía quitarle los ojos de encima a esa chava que bailaba junto a la fogata. Se llamaba Karla, me enteré después, con su piel morena brillando bajo la luz del fuego, el vestido ligero ondeando con el viento del mar. Cada vez que giraba, la tela se levantaba un poquito, y yo tratando de ver esas curvas que se adivinaban perfectas, pero la oscuridad y el movimiento me lo impedían. Neta, mi verga ya se estaba poniendo dura solo de imaginarla.
¿Qué chingados le pasa a este pendejo? —pensé que diría ella si me cachaba— Pero no, en cambio me sonrió, como si supiera exactamente lo que andaba haciendo.
Me acerqué con una chela en la mano, fingiendo casualidad. "Órale, qué buena onda el baile, ¿no?", le solté, y ella rio con esa carcajada ronca que te eriza la piel. "Simón, wey, pero tú nomás estás tratando de ver algo más, ¿verdad?". Su voz era juguetona, con ese acento tapatío que me volvía loco. Nos pusimos a platicar, ella contándome de su chamba en un hotel chido de la zona, yo inventando que era fotógrafo pa' sonar interesante. La química saltaba chispas; olía a coco y sal, su perfume mezclado con el sudor que le perlaba el cuello.
La tensión crecía con cada mirada. Ella se paraba de puntitas, estirándose como gata en celo, y el vestido se pegaba a sus chichis firmes. Yo tratando de ver los pezones duros marcándose, pero la luz de la fogata jugaba en contra. "Ven, vamos a caminar por la orilla", me dijo de repente, tomándome la mano. Su palma estaba tibia, suave, y sentí un cosquilleo que me bajó directo al pito. Caminamos descalzos en la arena fresca, las olas lamiendo nuestros pies con un sonido rítmico que parecía latido de corazón acelerado.
En la penumbra, lejos del ruido de la fiesta, se detuvo y se recargó en mí. "Te vi desde rato, tratando de ver debajo de mi falda", murmuró contra mi oído, su aliento caliente oliendo a tequila y menta. "Y qué, ¿te gustó lo que viste?". Mi pulso se disparó, el corazón retumbando como tamborazo zacatecano. La besé sin pensarlo, sus labios carnosos sabiendo a sal y deseo, la lengua danzando con la mía en un duelo húmedo y ansioso. Sus manos bajaron por mi pecho, arañando suave, hasta llegar a mi entrepierna. "Uy, ya estás listo, cabrón", rio bajito.
La llevé a una cabaña abandonada que vimos a unos metros, medio escondida entre palmeras. Adentro olía a madera húmeda y mar, la luna filtrándose por las rendijas. Nos besamos de pie, yo levantándole el vestido poco a poco, tratando de ver su concha depilada que ya brillaba de jugos. Ella gemía suave, "Despacio, wey, déjame jugar". Se apartó un segundo, quitándose el vestido con movimientos lentos, provocadores. Quedó en tanguita negra y sostén push-up, las curvas de sus caderas anchas invitándome. El aire estaba cargado de su aroma almizclado, ese olor a mujer caliente que te nubla la mente.
Mierda, qué chula es. No puedo esperar más, pero tengo que saborearla primero.
La tumbé en un colchón viejo que había ahí, besándole el cuello, lamiendo el sudor salado que le corría por las tetas. Le quité el sostén, y ahí estaban, redondas y pesadas, pezones chocolate duros como piedras. Los chupé con hambre, mordisqueando suave mientras ella arqueaba la espalda, gimiendo "¡Ay, sí, así, pendejo!". Su piel sabía a crema solar y piel tostada, tibia bajo mi lengua. Bajé más, besando su vientre plano, oliendo su excitación que me volvía loco. La tanguita estaba empapada; la arranqué con los dientes, y por fin la vi: su panocha hinchada, labios rosados reluciendo, clítoris asomando como perlita.
Ella me jaló el pelo, guiándome. "Lámeme, carnal, hazme volar". Metí la cara entre sus muslos, el olor intenso a sexo fresco invadiéndome. Lamí despacio al principio, saboreando sus jugos dulces y salados, la lengua trazando círculos en su clítoris. Karla se retorcía, las caderas moviéndose al ritmo de las olas afuera, jadeando "¡Neta, qué rico, no pares!". Sentí su pulso acelerado en mis labios, el calor de su coño palpitando contra mi boca. Introduje dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hace gritar, y ella explotó en un orgasmo que la dejó temblando, gritando mi nombre al viento.
Pero no paré ahí. La tensión seguía subiendo; yo ardía en calentura, mi verga latiendo dura como fierro dentro del short. Ella se incorporó, jadeante, ojos brillando en la penumbra. "Ahora te toca a ti, guapo". Me quitó la ropa con urgencia, su mano envolviendo mi pito grueso, masturbándome lento mientras me besaba. "Qué verga tan chingona, wey. Quiero sentirla adentro". Se puso a cuatro patas, el culo redondo alzado, invitándome. Yo tratando de ver cada detalle en la escasa luz: sus nalgas separadas, la entrada húmeda guiñándome.
Me coloqué atrás, frotando la cabeza de mi verga en sus labios resbalosos. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su concha me apretaba como guante caliente y mojado. "¡Ay, cabrón, me estiras rica!", gruñó ella, empujando contra mí. Empecé a bombear, lento al principio, el sonido de carne chocando carne mezclándose con nuestros gemidos y el romper de las olas. El sudor nos unía, piel contra piel resbalosa, su espalda arqueada contra mi pecho cuando la abracé por delante. Aceleré, mis bolas golpeando su clítoris, ella masturbándose mientras yo la cogía fuerte.
La volteé boca arriba para verla mejor, tratando de ver su cara de placer: ojos entrecerrados, boca abierta en éxtasis, tetas rebotando con cada embestida. "¡Más duro, fóllame como hombre!", exigía, uñas clavadas en mi espalda. El cuarto se llenó de nuestros olores: sudor, semen preeyaculatorio, su esencia femenina. Mi orgasmo se acercaba como ola gigante; la besé feroz, mordiendo su labio mientras la penetraba profundo. "Me vengo, Karla, ¡me vengo!", rugí, y ella apretó las piernas alrededor de mi cintura, corriéndose conmigo en un estallido compartido. Sentí su coño convulsionar ordeñándome, chorros calientes saliendo mientras yo la llenaba de leche espesa.
Nos quedamos tirados, jadeando, el cuerpo pegajoso y satisfecho. Ella se acurrucó en mi pecho, trazando círculos en mi piel con el dedo. "Neta, wey, fue chido. Hacía rato que no me cogían así". Yo la besé en la frente, oliendo su pelo revuelto. Afuera, la playa susurraba paz, las estrellas testigos mudos. En ese momento, no importaba nada más: solo el calor residual entre nosotros, el pulso calmándose, la promesa de más noches como esa.
Al amanecer, nos vestimos entre risas, sabiendo que esto no acababa ahí. Ella me dio su número con un guiño. "Vuelve cuando quieras ver más". Y yo, sonriendo, supe que lo haría.