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Palabras de Tra Tre Tri Tro Tru

6289 palabras

Palabras de Tra Tre Tri Tro Tru

Elena se recostó en la hamaca de la terraza, con el sol de Playa del Carmen besando su piel morena. El aire salado del mar Caribe se mezclaba con el aroma dulce de las bugambilias que trepaban por las paredes de la cabaña. Hacía meses que no veía a Diego, su amor de toda la vida, el wey que la hacía vibrar con solo una mirada. Él acababa de llegar de un viaje de trabajo en la Ciudad de México, y ahora estaban solos, con el rumor de las olas como banda sonora perfecta.

Órale, nena, murmuró Diego acercándose, su voz ronca como el tequila reposado que tanto le gustaba. Llevaba una camisa guayabera desabotonada, dejando ver el vello oscuro de su pecho. Elena sintió un cosquilleo en el vientre, esa tensión familiar que empezaba como un susurro y terminaba en fuego.

—Ven pa'cá, pendejo —le dijo ella juguetona, extendiendo la mano—. ¿Traes algo chido pa' mí?

Él se sentó a su lado, sus muslos fuertes rozando los de ella. Empezaron platicando de tonterías, de lo neta que extrañaba su olor a mar y sudor limpio. Pero pronto, como siempre, el juego escaló. Diego sacó una botella de mezcal artesanal y le dio un trago, pasándosela con los labios húmedos.

¿Por qué cada vez que lo veo siento que mi cuerpo despierta? Como si mis tetas se endurecieran solas y mi concha empezara a palpitar, lista pa' él.

—Juguemos a algo —propuso Diego, con ojos brillantes—. Di conmigo: palabras de tra tre tri tro tru. Es como ese trabalenguas de los tigres, pero lo vamos a hacer nuestro.

Elena rio, pero el sonido de esas sílabas en su boca grave la erizó. Tra... tre... tri... tro... tru. Sonaban hipnóticas, como un conjuro erótico.

Acto primero: la chispa. Sus dedos se entrelazaron, y él comenzó a susurrarlas contra su oreja, su aliento cálido oliendo a mezcal y menta. Tra... su mano bajó por su espalda, trazando la curva de su espina. Tre... lamió el lóbulo de su oreja, haciendo que ella jadeara. El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja y rosa, mientras el viento jugaba con su falda ligera, levantándola lo justo para mostrar sus muslos suaves.

Tri... —susurró más abajo, besando su cuello, donde latía su pulso acelerado—. ¿Te gusta, muñeca?

—Neta sí, chulo. Sigue —gimió ella, arqueando la espalda. Sus pezones se marcaban bajo la blusa delgada, duros como piedras preciosas.

La tensión crecía lenta, deliciosa. Diego la levantó en brazos como si no pesara nada y la llevó adentro, a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. La recostó con cuidado, pero sus ojos ardían de deseo puro, mutuo.

En el medio del acto, la escalada. Elena lo jaló hacia ella, desabotonando su camisa con dedos temblorosos. Su piel bronceada brillaba con una fina capa de sudor, y ella inhaló profundo su aroma masculino, mezcla de sal marina y feromonas que la volvían loca. Tro... murmuró él mientras deslizaba su mano bajo la falda, rozando el encaje de sus calzones. Sus dedos expertas encontraron su humedad, resbaladiza y caliente.

¡Ay, cabrón! Cada roce es como electricidad. Quiero que me coma entera, que me haga suya con esas palabras de tra tre tri tro tru que me derriten.

Tru... —gruñó Diego, quitándole la blusa. Sus tetas saltaron libres, redondas y firmes, con pezones oscuros pidiendo atención. Él los lamió despacio, succionando uno mientras pellizcaba el otro, haciendo que Elena arqueara las caderas contra su mano. El sonido de sus lenguas chupando, húmedo y obsceno, se mezclaba con sus gemidos ahogados y el lejano romper de las olas.

Ella no se quedó atrás. Desabrochó su pantalón, liberando su verga dura, gruesa y venosa, palpitando en su palma. La olió, ese olor almizclado que la excitaba tanto, y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de pre-semen. —¡Qué rica verga, papi! —dijo con voz ronca, metiéndosela hasta la garganta mientras él gemía palabras de tra tre tri tro tru entre dientes.

La intensidad subía. Diego la volteó boca abajo, besando su espalda mientras le bajaba los calzones. Su culo redondo y prieto lo volvió loco; lo separó con manos fuertes, lamiendo desde el ano hasta su clítoris hinchado. Elena se retorcía, el sabor de su propia excitación en el aire, sus jugos chorreando por los muslos. —¡Chíngame ya, wey! No aguanto —suplicó ella, empoderada en su deseo.

Él obedeció, colocándose detrás. La punta de su verga rozó su entrada, resbalando en su humedad. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos jadearon al unísono. El tacto era fuego: su concha apretada envolviéndolo, sus bolas golpeando su clítoris con cada embestida profunda.

Tra tre tri tro tru —repetía él al ritmo de sus caderas, acelerando. Elena se aferraba a las sábanas, oliendo el sexo crudo, sintiendo cada vena de su verga frotando sus paredes internas. Sus pechos rebotaban, sudor goteando, el slap-slap de carne contra carne resonando como tambores mayas.

Siento que voy a explotar. Cada palabra suya me aprieta más, me lleva al borde. Somos uno, neta, en este vaivén perfecto.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como reina. Sus caderas giraban, moliendo su clítoris contra su pubis, mientras él amasaba sus tetas. El orgasmo la golpeó primero, un tsunami de placer que la hizo gritar, contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Diego la siguió, gruñendo tru una y otra vez mientras se vaciaba dentro, chorros calientes llenándola.

En el final, el afterglow. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegada a piel. El aire olía a sexo satisfecho, mezcal y mar. Diego la besó suave, trazando círculos en su espalda.

—Esas palabras de tra tre tri tro tru son mágicas contigo, nena —dijo él, riendo bajito.

—Neta, chulo. Siempre que las digas, te chingo otra vez —respondió ella, acurrucándose en su pecho, escuchando su corazón latir calmado.

La noche los envolvió, con promesas de más juegos, más deseo. En ese paraíso mexicano, su amor era eterno, juguetón y ardiente como el trópico.

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