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Tratando de Cambiar a Mi Madre

5873 palabras

Tratando de Cambiar a Mi Madre

Todo empezó en nuestro departamento en Polanco, con esa vista chida al skyline de la Ciudad de México. Mi mamá, Sofía, de 48 años, viuda desde que mi jefazo se nos fue hace dos, andaba siempre con blusas holgadas y faldas hasta las rodillas, como si quisiera esconderse del mundo. Pero neta, yo la veía diferente. Sus caderas anchas que se mecían al caminar, la piel morena que olía a jabón de lavanda fresca cada mañana, esas tetas firmes que se marcaban apenas bajo la tela. Yo, Alejandro, de 28, soltero y con un buen puesto en una agencia de publicidad, me clavé con una idea loca: try to change mother mother. Era mi mantra secreto, una frase gringa que se me pegó de un video erótico que vi una noche de insomnio. Quería que volviera a sentirse mujer, deseada, viva. No sabía si era solo cariño filial o algo más cabrón, pero el deseo ardía en mi pecho como tequila puro.

—Mamá, ¿por qué no te pones algo más chido? —le dije una mañana en la cocina, mientras el aroma del café de olla llenaba el aire y el sol entraba por las cortinas blancas.

Ella se giró, con su taza en la mano, el vapor subiendo como un suspiro. Sus ojos cafés, profundos, me miraron con sorpresa.

—Ay, wey, ¿qué dices? Ya estoy vieja para esas tonterías.

Pero vi el brillo en su mirada, esa chispa que había estado apagada. Ahí empezó el plan. La convencí de ir de shopping al sábado siguiente. En el centro comercial de Antara, con el bullicio de la gente y el olor a panadería fresca, la llevé a una boutique fancy. Elegí un vestido rojo ajustado, de esos que abrazan las curvas como un amante.

—Pruébatelo, mamá. Neta, te va a quedar perrón.

En el vestidor, la oí jadear bajito. Cuando salió, ¡no mames! El vestido ceñía su cintura, subía sus tetas como ofrenda, y la falda rozaba sus muslos morenos. Su perfume se mezcló con el calor de su piel, un olor dulce y almizclado que me puso la verga dura al instante.

¿Qué tal? —preguntó, girando despacio, su voz temblorosa pero juguetona.

Me acerqué, el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta. Mi mano rozó su brazo, suave como terciopelo caliente.

—Estás chingona, mamá. Como diosa azteca.

Se sonrojó, pero sonrió. Compramos el vestido, y de regreso, en el coche, su mano descansó en mi pierna un segundo de más. El roce fue eléctrico, piel contra piel bajo el pantalón, enviando chispas por mi espina.

Try to change mother mother, pensé. Paso uno: logrado. Pero el fuego apenas empezaba.

Los días siguientes fueron de tensión deliciosa. La animaba a maquillarse, a usar tacones en casa. Una noche, después de cenar tacos al pastor que olían a carbón y cebolla caramelizada, la vi en el sofá con el vestido rojo, las piernas cruzadas, el brillo de sus labios rojos invitándome. Me senté a su lado, el calor de su cuerpo irradiando como fogata.

—Déjame darte un masaje, mamá. Te ves tensa.

—Bueno, mijo, pero no te pases de listo —rió, pero se recargó en mí.

Mis manos en sus hombros, firmes pero suaves, amasando la carne cálida. Bajé a su espalda, sintiendo los músculos ceder, su respiración acelerarse. El olor de su sudor ligero, salado, se mezcló con la lavanda. Deslicé los dedos por su espinazo, rozando la curva de sus nalgas bajo el vestido. Ella gimió bajito, un sonido gutural que me erizó la piel.

—Ay, Alejandro... eso se siente riquísimo.

Me atreví más. La giré, mis labios cerca de su cuello. Besé su piel, saboreando el salado dulce, mientras mi mano subía por su muslo. Ella no se apartó; al contrario, su mano apretó mi nuca, jalándome más cerca. Nuestros labios se encontraron en un beso torpe al principio, luego feroz, lenguas danzando como en una rumba prohibida. Su boca sabía a tequila y miel, cálida y húmeda.

—Esto está mal, mijo... pero no quiero parar —susurró contra mi boca, su aliento caliente en mi cara.

—Yo tampoco, mamá. Eres todo lo que quiero.

La cargué al sofá, el vestido subiéndose por sus caderas. Sus tetas libres ahora, pezones oscuros duros como piedras preciosas. Las chupé, lamiendo el sabor salobre, oyendo sus gemidos roncos que llenaban la sala. Mi verga palpitaba contra sus muslos, dura como fierro. Ella la tocó, apretándola con dedos temblorosos.

Qué grande, wey... dame.

Try to change mother mother, y lo estaba logrando. Ella ya no era la viuda gris; era fuego puro.

La penetré despacio, sintiendo su panocha caliente, mojada, envolviéndome como guante de terciopelo húmedo. El slap de carne contra carne, sus jugos chorreando, el olor almizclado de sexo llenando el aire. Empujaba profundo, sus uñas clavándose en mi espalda, dejando surcos ardientes. Sus caderas se movían al ritmo, cabalgándome como jinete en rodeo.

—¡Más fuerte, pendejito! ¡Dame todo! —gritaba, su voz quebrada de placer.

Sus tetas rebotaban, sudor perlando su piel morena, brillando bajo la luz tenue. Lamí su cuello, mordí suave, mientras el clímax subía como ola en Acapulco. Ella se vino primero, su coño contrayéndose, ordeñándome, un chorro caliente mojando mis bolas. Grité su nombre, explotando dentro, semen caliente llenándola, pulsos interminables.

Caímos jadeantes, cuerpos pegajosos, el corazón tronando al unísono. Su mano acariciaba mi pelo, olor a sexo y lavanda envolviéndonos como manta.

—Gracias, mijo. Me hiciste sentir viva de nuevo. Neta, eras tú quien necesitaba cambiarme.

Nos quedamos así, en el afterglow, con el skyline titilando afuera. Sabía que esto era nuestro secreto, un lazo más fuerte que la sangre. El plan había funcionado, pero ahora éramos amantes, listos para más noches de fuego mexicano.

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