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El Pornhub Try que Nos Encendió

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El Pornhub Try que Nos Encendió

Era una noche calurosa en el depa de Polanco, de esas que te hacen sudar hasta con el aire acondicionado al máximo. Yo, Alex, acababa de llegar del gym, todo sudado y con las músculos hinchados, cuando mi morra, Luisa, me recibió con una chela helada en la mano y esa sonrisa pícara que me pone la verga dura al instante. Llevábamos seis meses juntos, y neta, la química entre nosotros era de esas que explotan como chile en nogada en la boca.

—Órale, wey, siéntate —me dijo ella, vestida nomás con una playera holgada que apenas tapaba sus nalgas redondas y firmes. Su piel morena brillaba bajo la luz tenue del salón, y olía a vainilla y a ese perfume que me vuelve loco, como si fuera un imán para mis manos.

Nos echamos en el sofá, yo con mi chela, ella recargada en mi pecho, sintiendo cómo su calor se colaba por mi playera. Empezamos a platicar pendejadas del día, pero pronto el tema viró a lo caliente. Luisa sacó su cel y abrió Pornhub, como siempre que queríamos ponernos juguetones.

—Mira esto, carnal —dijo, riendo mientras buscaba—. Hay un montón de pornhub try, videos donde la raza intenta copiar escenas porno locochonas. ¿Y si nosotros hacemos uno?

Mi pulso se aceleró. La idea de un pornhub try con ella sonaba chingona. Imaginé sus curvas moviéndose como en esos clips, pero en vivo, con su sudor mezclado al mío, sus gemidos reales en mi oído.

«Neta, ¿por qué no? Esto va a estar de poca madre»
, pensé, mientras mi verga empezaba a despertar contra mis shorts.

Escogimos un video: una pareja intentando la posición del "loto invertido", de esas que parecen imposibles pero prometen orgasmos brutales. Luisa lo puso en la tele grande, y nos quedamos viendo, ella sentada en mis piernas, frotándose despacito contra mí. El aire se llenó del sonido de jadeos falsos del video, pero mis sentidos ya estaban en ella: el roce suave de su piel contra la mía, el sabor salado de su cuello cuando lo besé, el olor almizclado que empezaba a salir de entre sus piernas.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Mis manos subieron por sus muslos, sintiendo la suavidad tibia, los músculos tensos de anticipación. Ella giró la cabeza, sus labios carnosos rozaron los míos, y me susurró:

—Vamos a intentarlo, mi amor. Pero despacito, que no quiero que nos lastimemos como pendejos.

Nos levantamos, riendo nerviosos, y fuimos al cuarto. La cama king size nos esperaba, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Apagué las luces, dejando solo la del baño para que su silueta se recortara como diosa azteca. Luisa se quitó la playera, revelando sus chichis perfectas, tetas medianas pero firmes, con pezones oscuros ya erectos como chocolate amargo.

Yo me desvestí rápido, mi verga saltando libre, dura como piedra, venosa y palpitante. Ella la miró con hambre, lamiéndose los labios. Chingado, cómo me excita esa mirada, pensé, mientras mi corazón latía como tambor en tianguis.

Empezamos el pornhub try. Siguiendo el video en mi cel, ella se sentó en la cama de espaldas a mí, piernas abiertas. Yo me acomodé detrás, mis rodillas entre las suyas, y la jalé hacia mí hasta que su espalda se pegó a mi pecho. Sentí su calor envolviéndome, su concha húmeda rozando la punta de mi verga. El olor a excitación era intenso, como tierra mojada después de lluvia, mezclado con su esencia dulce.

—Despacito, wey —gimió ella, mientras yo la penetraba centímetro a centímetro. Su interior era puro fuego líquido, apretándome como guante de terciopelo. El sonido de nuestra piel chocando empezó suave, plaf, plaf, como olas en Acapulco.

La tensión subía. Mis manos subieron a sus tetas, amasándolas, pellizcando pezones que se endurecían más. Ella arqueó la espalda, su cabello negro cayendo como cascada sobre mi hombro, oliendo a coco. Gemía bajito, palabras sueltas: «Sí, cabrón... así... más adentro». Yo respondía con besos en su nuca, mordisqueando esa piel sensible que la hacía temblar.

Pero el verdadero conflicto vino cuando intentamos el giro del loto. En el video parecía fácil, pero neta, era un desmadre. Nos reímos como niños, tropezando, mi verga saliendo y entrando accidentalmente, lo que solo nos ponía más cachondos.

«Esto es mejor que el video, mi rey. Siente cómo te aprieto»
, me dijo ella en la mente, o eso creí leer en sus ojos cuando volteó.

Logramos estabilizarnos. Yo sentado, ella a horcajadas invertida, sus nalgas contra mi pubis, mi verga enterrada hasta el fondo. Movíamos las caderas en círculos lentos, sintiendo cada roce interno, sus paredes contrayéndose rítmicamente. El sudor nos unía, resbaloso y caliente; el aire cargado de nuestros olores, jadeos sincronizados como mariachi afinado.

La intensidad escalaba. Luisa aceleró, rebotando con fuerza, sus nalgas golpeando mis muslos con ¡clap! ¡clap! fuertes. Yo la sujetaba por la cintura, dedos hundiéndose en su carne suave. Sentía su clítoris hinchado rozando mi base, y lo masajeaba con el pulgar, haciendo que gritara:

—¡Ay, wey! ¡Me vengo! ¡No pares, pendejo!

Mi propia liberación se acercaba, bolas tensas, verga hinchándose más. Pensamientos locos me invadían: Esta morra es mía, chingada madre, qué paraíso…. El olor a sexo era embriagador, como mezcal añejo.

Cambiando de posición para no fallar el try, la volteé frente a mí en el loto clásico. Sus piernas envolvieron mi cintura, brazos al cuello, y nos mecimos como uno solo. Nuestros pechos pegados, corazones galopando al unísono. La besé con furia, saboreando su lengua dulce, saliva mezclada. Sus uñas arañaron mi espalda, dejando surcos ardientes que dolían rico.

El clímax llegó como avalancha. Ella primero, convulsionando, su concha ordeñándome con espasmos potentes, gritando mi nombre: «¡Alex, cabrón! ¡Sííí!». Su jugo caliente chorreó por mis bolas, empapando las sábanas. Yo la seguí segundos después, explotando dentro de ella, chorros calientes llenándola hasta rebosar. El placer era cegador, pulsos interminables, visión borrosa, solo tacto y sonido: su cuerpo temblando contra el mío, gemidos ahogados.

Colapsamos juntos, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El cuarto olía a nosotros, a victoria compartida. Luisa se acurrucó en mi pecho, su piel pegajosa y tibia, besando mi clavícula.

—Mejor que cualquier pornhub try, ¿verdad, amor? —dijo, con voz ronca y satisfecha.

—Neta, Lu. Eres mi porno vivo —respondí, acariciando su cabello.

Nos quedamos así, en afterglow perfecto, riendo de nuestros tropiezos, planeando el próximo intento. Esa noche, el pornhub try no solo nos encendió; nos unió más, como tequila y limón, inseparables. El deseo latía aún, promesa de más noches locas, en este depa que era nuestro paraíso privado.

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