Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Deseos Prohibidos en la Hochschule Trier University of Applied Sciences Deseos Prohibidos en la Hochschule Trier University of Applied Sciences

Deseos Prohibidos en la Hochschule Trier University of Applied Sciences

7112 palabras

Deseos Prohibidos en la Hochschule Trier University of Applied Sciences

Yo llegué a la Hochschule Trier University of Applied Sciences con el corazón latiéndome a mil por hora, como si estuviera a punto de saltar de un avión sin paracaídas. Era mi primer semestre de intercambio desde México, y Trier, esa ciudad alemana tan chida con sus viñedos y su aire fresco, me tenía bien clavada. El campus era un paraíso de edificios modernos mezclados con historia antigua, y yo, Ana, una morra de veintitrés años de la CDMX, con mi piel morena y curvas que no pasan desapercibidas, me sentía como una reina en territorio desconocido.

El primer día de clases en la facultad de diseño, vi a él. Se llamaba Lukas, un profesor asistente de unos treinta años, alto, con ojos azules que te desnudaban con solo una mirada y una barba recortada que me daban ganas de pasar los dedos. Llevaba una camisa ajustada que marcaba sus pectorales, y su acento alemán ronco al hablar de conceptos creativos me erizaba la piel. Órale, Ana, contrólate, es tu profe, me dije mientras tomaba notas, pero mi mente ya volaba imaginando sus manos grandes explorando mi cuerpo.

Después de clase, me quedé recogiendo mis cosas, y él se acercó.

"¿Todo bien con el material, Ana? Si necesitas ayuda, mi oficina está abierta."
Su aliento olía a café fresco y menta, y el roce accidental de su brazo contra el mío fue como una descarga eléctrica. Neta, wey, este güey me va a volver loca. Le sonreí coqueta: Simón, profesor, me late mucho su clase. Él rio bajito, y supe que había química desde ese instante.

Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. En la Hochschule Trier University of Applied Sciences, las aulas olían a madera pulida y papel nuevo, y el viento del río Mosela entraba por las ventanas, trayendo aromas de uvas maduras. Yo me sentaba al frente, cruzando las piernas para que mi falda corta subiera un poquito, y él no podía evitar mirarme. Una tarde, después de una sesión de taller grupal, me invitó a su oficina para revisar mi proyecto. Esto es puro pretexto, pero qué chido.

Entré y cerré la puerta. El espacio era chiquito, con estanterías llenas de libros y un escritorio desordenado. Se sentó cerca, demasiado cerca, y mientras corregía mi boceto, su rodilla rozó la mía. Sentí el calor de su piel a través de la tela, y mi pulso se aceleró como tambor en fiesta.

"Tienes talento natural, Ana. Como tu cuerpo... digo, tu estilo."
Se sonrojó un poco, pero sus ojos decían todo. Me incliné, dejando que mi escote se asomara, y susurré: Gracias, Lukas. Tú también me inspiras mucho.

La tensión crecía como tormenta. Esa noche, en mi residencia estudiantil, me masturbé pensando en él. Mis dedos resbalaban por mi piel sudada, imaginando su boca en mis pezones duros, su lengua trazando caminos húmedos hasta mi entrepierna. Olía a mi propio arousal, dulce y salado, y gemí su nombre contra la almohada. Ya valió, tengo que tenerlo.

Al día siguiente, lo invité a un café en el campus. Caminamos por los jardines de la Hochschule Trier University of Applied Sciences, donde el sol filtraba entre las hojas, calentando nuestra piel. Hablamos de todo: de mi vida en México, de tacos al pastor y noches locas en el DF, de su juventud en Berlín. Su risa era grave, vibrante, y cuando nuestras manos se tocaron al cruzar un puente, no las soltamos. Siento tus callos, wey, de tanto dibujar. Me prenden.

La invitación vino natural.

"¿Quieres ver mi estudio privado esta noche? Tengo vino del Mosela."
¡Órale, sí! Llegué a su departamento cerca del campus, vestida con un vestido negro ceñido que abrazaba mis caderas anchas. Él abrió la puerta en jeans y playera, oliendo a jabón y loción masculina. Cenamos pasta casera, el vapor subiendo con aroma a ajo y tomate, y el vino tinto nos soltó la lengua.

Estábamos en el sofá, nuestras piernas entrelazadas. Su mano subió por mi muslo, lenta, explorando la suavidad de mi piel. Siento tus dedos temblando, cabrón, estás tan caliente como yo. Lo besé primero, mis labios carnosos devorando los suyos, lengua danzando con sabor a vino y deseo. Gemí cuando me cargó a la cama, su cuerpo pesado encima del mío, duro y listo.

En la recámara, la luz tenue de una lámpara pintaba sombras en las paredes. Se quitó la ropa, revelando un torso definido, vello oscuro bajando hasta su verga erecta, gruesa y venosa. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso latiendo contra mi palma, caliente como hierro al rojo.

"Dios, Ana, eres una diosa."
Me arrodillé, lamiendo la punta salada, saboreando su precum mientras él jadeaba, sus dedos enredados en mi cabello negro largo.

Me tendió en la cama, besando mi cuello, mordisqueando suave hasta que mi piel se erizó. Bajó a mis tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro, enviando chispas directas a mi clítoris hinchado. Ay, wey, no pares, me estás mojando toda. Sus manos separaron mis piernas, y su aliento caliente rozó mi coño depilado. Lamidas lentas, circulares, saboreando mis jugos que goteaban como miel. Gemí fuerte, arqueando la espalda, el sonido de mi placer rebotando en las paredes.

La intensidad subía. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mi culo redondo. Sus dedos entraron en mí, dos, luego tres, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Neta, pendejo, me vas a hacer venir ya. Pero esperó, provocándome. Finalmente, se puso un condón y me penetró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada throbb, llenándome hasta el fondo.

Cabalgamos el ritmo: él embistiendo profundo, yo empujando contra él, piel contra piel chapoteando con sudor. El olor a sexo impregnaba el aire, almizclado y embriagador. Mis uñas arañaron su espalda, dejando marcas rojas, mientras él gruñía en mi oído:

"Córrete para mí, mi morra mexicana."
El orgasmo me golpeó como ola gigante, contracciones apretando su verga, gritando su nombre mientras lágrimas de placer rodaban por mis mejillas.

Él se vino segundos después, temblando dentro de mí, su semen caliente llenando el condón. Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados. El afterglow era perfecto: su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su cabello húmedo, el latido de su corazón sincronizándose con el mío. Afuera, el viento susurraba por Trier, trayendo paz.

Al amanecer, en su cocina oliendo a café, nos besamos lentos. Esto no fue solo un polvo, wey. Hay algo más. Volvimos a la rutina en la Hochschule Trier University of Applied Sciences, pero ahora con miradas cómplices en clase, toques discretos en los pasillos. Sabíamos que era el inicio de algo ardiente, consensual y empoderador, que me hacía sentir viva como nunca en esta ciudad alemana que ya era mi segunda casa.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.