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El Bajo Ardiente de Ruben Soriano El Tri

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El Bajo Ardiente de Ruben Soriano El Tri

El aire del Palacio de los Deportes estaba cargado de ese olor a sudor mezclado con cerveza y marihuana ligera, el tipo de aroma que te pega en la cara como un beso salvaje cuando entras a un concierto de El Tri. Yo, Ana, una morra de veintiocho pirulos que trabajaba en una galería de arte en el Centro, había ahorrado un buen varo para este boleto. Neta, desde chava oía las rolas de Alex Lora y su banda, pero lo que me ponía la piel chinita era el bajo de Ruben Soriano El Tri. Ese wey tocaba como si estuviera haciendo el amor con el escenario, cada vibración retumbando en mis entrañas.

Me abrí paso entre la marea de cuates gritando "Triste canción de amor" y me pegué al frente. Las luces estroboscópicas bailaban sobre los músicos, y ahí estaba él: Ruben Soriano, con su melena negra revuelta, camisa abierta dejando ver un pecho moreno y tatuado, sudando como loco mientras sus dedos volaban sobre las cuerdas. Sus ojos, negros y profundos, barrieron la multitud y se clavaron en los míos. Sentí un cosquilleo en el estómago, como si el bajo me estuviera rozando el alma. ¿Me vio de verdad o soy yo la que alucina?

El concierto fue una chingonería. Cantamos todos a grito pelado "Abuso de autoridad", y cuando Ruben soltó ese solo grave que te hace vibrar las nalgas, juré que mi cuerpo respondía solo. Al final, mientras aplaudía como poseída, vi cómo él bajó del escenario y le dijo algo al roadie. Minutos después, un cuate con credencial me jaló del brazo: "

Órale, güerita, Ruben quiere verte atrás.
" Mi corazón latió como tamborazo. Esto no puede ser real, pero qué chido si lo es.

Backstage era un desmadre organizado: cables por todos lados, chelas frías en hieleras, el eco de las risas de la banda. Ruben estaba ahí, secándose el sudor con una toalla, su piel brillando bajo la luz tenue. Olía a hombre puro: tabaco, cuero y ese sudor masculino que te hace agua la boca.

Hola, soy Ana, le dije, tratando de sonar casual aunque mis rodillas temblaban.

Él sonrió, esa sonrisa pícara que sale en las fotos viejas de la banda.

Neta que te vi allá adelante, güey. Parecías poseída por el ritmo. ¿Qué te trae por aquí?

Hablamos de música, de cómo Ruben Soriano El Tri había sido el alma del sonido crudo de la banda. Le conté que su bajo me hacía sentir viva, que cada nota era como un roce en la piel. Él se rio, acercándose un poco más. Su aliento cálido olía a cerveza y menta. Este wey es puro fuego, pensé, mientras su mano rozaba mi brazo accidentalmente, mandando chispas por mi espina.

La tensión crecía como una rola que sube de volumen. Me invitó una chela, y platicamos de la vida en la carretera, de groupies locas y noches sin dormir. Pero sus ojos no mentían: me devoraba despacio. Yo sentía mi concha humedeciéndose solo con su voz grave, esa que retumbaba como su bajo.

¿Sabes qué?, güerita? Tu vibra me prende. ¿Vamos a mi hotel? Ahí platicamos tranquis, sin tanto ruido.

Dije que sí con la cabeza, el pulso acelerado. En su camioneta, el camino al hotel fue un juego de miradas y toques sutiles: su mano en mi muslo, mi dedo trazando su antebrazo tatuado. El olor a su colonia barata pero sexy llenaba el espacio, y el roce de su piel áspera contra la mía era eléctrico.

En la habitación del hotel, un cuarto sencillo con vista a la Reforma iluminada, la cosa escaló. Cerró la puerta y me acorraló suave contra la pared, su cuerpo grande presionando el mío. Sentí su verga dura contra mi vientre, gruesa y lista. Chingado, qué tamaño.

Te quiero, Ana. Pero neta, dime si sí o no.

Sí, Ruben, fóllame como tocas ese bajo, le susurré, jalándolo por la camisa.

Sus labios cayeron sobre los míos, un beso hambriento, lengua invadiendo mi boca con sabor a cerveza y deseo. Sus manos grandes amasaron mis chichis por encima de la blusa, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por su gruñido animal.

Me quitó la ropa despacio, saboreando cada centímetro. Primero la blusa, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado de mi clavícula. Olía mi piel,

hueles a mujer en celo, rica
, murmuró. Sus dedos bajaron mi chamarra de mezclilla, luego el brasier, chupando mis tetas con hambre, la lengua girando alrededor de los pezones mientras yo arqueaba la espalda. El roce de su barba incipiente raspaba delicioso, enviando ondas de placer directo a mi clítoris hinchado.

Yo no me quedé atrás. Le arranqué la camisa, besando su pecho moreno, lamiendo los tatuajes que contaban historias de giras locas con El Tri. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo la verga palpitante bajo la tela. La saqué, enorme, venosa, con el glande brillando de precum. Qué chingona. La masturbe despacio, sintiendo su calor en mi palma, mientras él jadeaba mi nombre.

Me tiró a la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Sus dedos exploraron mi panocha empapada, separando los labios húmedos, frotando el botón con maestría. . Bajó la cabeza, su lengua caliente lamiendo mi clítoris, chupando mis jugos con ruidos obscenos. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas contra su boca. El sabor de mi propia excitación flotaba en el aire, mezclado con su sudor. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas, mientras lamía sin parar.

No aguanté: ¡Ya, Ruben, métemela! Me volteó boca abajo, poniéndome a cuatro patas. Sentí la cabeza de su verga presionando mi entrada, resbalosa y lista. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Ay, cabrón, qué rica! Llenó mi concha hasta el fondo, sus bolas peludas golpeando mi clítoris con cada estocada.

Follamos como animales. Él me jalaba el pelo suave, azotando mi nalga con palmadas que ardían placenteras. El slap-slap de piel contra piel, sus gruñidos roncos, mis alaridos: todo era sinfonía. Sudábamos juntos, cuerpos resbalosos chocando. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo, sintiendo su verga tocar mi cervix con cada rebote. Sus manos en mis caderas, guiándome, sus ojos clavados en mis tetas saltando.

La tensión subió como un solo de guitarra interminable.

Vente conmigo, Ana, córrete en mi verga
. Aceleró, follando duro, su pulgar en mi clítoris. El orgasmo me explotó: olas de placer convulsionándome, la concha apretando su pito como puño. Él rugió, llenándome de leche caliente, chorros y chorros que desbordaban.

Caímos exhaustos, jadeando. Su brazo alrededor de mí, piel pegajosa contra piel. Olía a sexo puro, semen y sudor. Me besó la frente, suave ahora.

Eres increíble, güerita. Como una rola que no se olvida.

Me quedé ahí, sintiendo su corazón latir contra mi oreja, el eco del concierto aún en mis venas. Ruben Soriano El Tri no solo toca el bajo, lo vive. Y yo lo viví con él. La noche se cerró con promesas de más ritmos, pero esa fue nuestra sinfonía perfecta.

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