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El Ardiente Ariella Ferrera Trio

6233 palabras

El Ardiente Ariella Ferrera Trio

La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que te hace sudar hasta el alma, pero adentro del bar lounge, el aire acondicionado besaba la piel como una promesa. Yo, Ricardo, acababa de llegar de un viaje de negocios en Guadalajara, y neta, lo último que esperaba era toparme con ella. Ariella Ferrera, la morra que había visto en videos por la red, pero en carne y hueso, sentada en la barra con una amiga igual de mamacita. Vestida con un vestido rojo que se pegaba a sus curvas como miel derretida, sus tetas generosas subiendo y bajando con cada risa, y esa mirada que te clava en el sitio.

Me acerqué, pedí un tequila reposado, y de volada platicamos. Se llamaba Ariella, originaria de allá del norte pero con raíces mexicanas que la hacían hablar con ese acento jugoso. Su amiga, Valeria, una chava de ojos verdes y culo redondo que no paraba de morderse el labio. "¿Qué onda, guapo? ¿Vienes a conquistar la noche?", me soltó Ariella, su voz ronca como un ronroneo. Sentí el pulso acelerarse, el olor de su perfume –vainilla y algo picante– invadiendo mis sentidos. Neta, era como si el destino me hubiera puesto ahí para el Ariella Ferrera trio que siempre soñé, pero en versión real y consentida.

Platicamos de la vida, de cómo Ariella era modelo y actriz en el mundo del entretenimiento adulto, pero aquí, en México, buscaba aventuras auténticas. Valeria era su mejor amiga, una diseñadora de moda que compartía su gusto por lo salvaje. El deseo empezó a cocerse lento: roces casuales de manos, miradas que se demoraban en los labios, el sonido de sus risas mezclándose con la música salsa que retumbaba bajito.

"¿Y si nos vamos a mi hotel, Ricardo? Quiero ver si aguantas el ritmo de nosotras dos",
me susurró Ariella al oído, su aliento caliente rozándome la oreja. Mi verga ya se ponía dura solo de imaginarlo. Dijimos que sí, claro, todos de acuerdo, con esa excitación mutua que hace que todo fluya natural.


En el elevador del hotel, el espejo reflejaba nuestras siluetas entrelazadas. Ariella me besó primero, sus labios carnosos saboreando a tequila y deseo, lengua danzando con la mía mientras Valeria nos veía con ojos hambrientos, su mano deslizándose por mi espalda. El ding del elevador sonó como un disparo de salida. Entramos a la suite, luces tenues, sábanas de hilo egipcio oliendo a lavanda fresca. Nos quitamos la ropa despacio, como en un ritual. Ariella se desató el vestido, dejando ver sus tetas perfectas, pezones duros como chicles, y su coño depilado brillando de anticipación. Valeria, en tanga negra, se pegó a mí, sus nalgas firmes presionando contra mi erección palpitante.

Me tiré en la cama, y ellas dos se subieron como reinas. Pinche suerte la mía, pensé, mientras Ariella montaba mi cara, su coño mojado goteando en mi boca. Sabía a sal y néctar dulce, ese sabor que te hace lamer más hondo.

"¡Así, cabrón, chúpame rico!"
gemía ella, sus caderas girando, el olor almizclado de su excitación llenándome las fosas nasales. Valeria, mientras, se arrodilló y tomó mi verga en su mano suave, escupiéndole saliva para lubricarla, chupándola con labios que succionaban como vacío. Sentía su lengua girando alrededor del glande, el sonido húmedo de su boca tragándosela hasta la garganta, glug glug, mientras mis huevos se contraían de placer.

El calor subía, sus cuerpos sudorosos rozándose contra el mío. Cambiamos posiciones: yo de rodillas, Ariella debajo de mí, abriendo las piernas como invitación. La penetré despacio, sintiendo su coño apretado envolviéndome, caliente y resbaloso. "¡Ay, wey, métemela toda, no seas pendejo!" jadeaba, sus uñas clavándose en mi espalda, dejando surcos rojos que ardían delicioso. Valeria se acostó al lado, besando a Ariella con pasión lésbica, lenguas enredadas, mientras yo bombardeaba más fuerte, el plaf plaf de piel contra piel resonando en la habitación. Olía a sexo puro, a sudor mezclado con perfume, el aire espeso de gemidos.


La tensión crecía como tormenta. Ariella se corrió primero, su coño contrayéndose alrededor de mi verga, gritando "¡Me vengo, chingado!", chorros calientes mojando las sábanas. Eso me volvió loco. Saqué mi pija, brillante de sus jugos, y Valeria la montó al instante, rebotando como en rodeo, sus tetas saltando, pezones rozando mi pecho. Ariella se pegó a nosotros, lamiendo mis huevos mientras Valeria cabalgaba, su lengua juguetona enviando chispas por mi espina.

Esto es el Ariella Ferrera trio en su máxima expresión, neta, un sueño hecho carne
, me dije, el corazón latiéndome en la garganta.

Valeria aceleró, su coño chorreando, "¡Más duro, Ricardo, rómpeme!", y yo la embestí desde abajo, manos amasando su culo perfecto. Ariella metió un dedo en el ano de Valeria, haciendo que se arqueara y gritara, un orgasmo que la dejó temblando. Yo no aguanté más: saqué la verga y ellas dos se arrodillaron, bocas abiertas, lenguas extendidas. Eyaculé en chorros espesos, caliente leche salpicando sus caras, labios, tetas. Ellas se lamieron mutuamente, saboreando mi semen mezclado con sus sabores, riendo entre jadeos.

Nos tumbamos exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El cuarto olía a orgasmo compartido, a victoria carnal. Ariella me besó suave,

"Eres un animal, Ricardo. Esto fue chingón"
, y Valeria acurrucada en mi otro lado, su mano aún acariciándome la verga semi-dura. Hablamos bajito, de lo bien que se sentía esa conexión, sin presiones, solo placer puro y consentido. La noche se extendió en caricias perezosas, besos lentos que prometían más rondas al amanecer.

Al día siguiente, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos con promesas de repetir. Caminé por las calles de Polanco, el cuerpo adolorido pero el alma satisfecha, sabiendo que el Ariella Ferrera trio había sido más que un polvo: una explosión de sentidos que me cambió el chip para siempre. Neta, la vida te sorprende cuando menos lo esperas.

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