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Pasión del Trío Beethoven

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Pasión del Trío Beethoven

La luz tenue del loft en Polanco bailaba sobre las cuerdas del violín de Luis, el cello de Sofía y las teclas de mi piano. Yo, Ana, la pianista que había soñado con este momento toda mi vida, sentía el aire cargado de anticipación. Habíamos ensayado semanas para este Trío Beethoven, esa obra maestra que Ludwig van Beethoven compuso en su juventud, llena de fuego y pasión contenida. Pero esta noche, en este espacio íntimo con vistas al skyline de la Ciudad de México, no era solo música lo que vibraba entre nosotros.

Luis, con su cabello negro revuelto y esa sonrisa pícara que me hacía mojada cada vez que me guiñaba el ojo, afinaba su violín. Sofía, la cellista más sensual que había conocido, con curvas que parecían talladas por un dios prehispánico, rozaba las cuerdas de su instrumento como si fueran la piel de un amante. Órale, carnales, esta noche la vamos a romper, dijo Luis con esa voz ronca que me erizaba la piel. Yo asentí, sintiendo un cosquilleo en el estómago, un deseo que no era solo por la perfección musical.

Empezamos. Mis dedos volaron sobre las teclas, el piano rugiendo como un volcán en erupción. El violín de Luis lloraba y gemía, agudo y desesperado, mientras el cello de Sofía respondía con graves profundos, vibrantes, como un pulso acelerado en la yema de los dedos. El aroma del incienso de copal que Sofía había encendido flotaba en el aire, mezclado con el sudor fresco de nuestros cuerpos calentándose bajo las luces. Cada nota era un roce invisible: el piano tocando la melodía principal, el violín respondiendo con pasión, el cello envolviéndonos en su abrazo cálido. Sentía sus miradas sobre mí, intensas, hambrientas.

¿Y si después de esto los invito a algo más que vino? Neta, los dos me prenden como nadie.

El primer movimiento terminó en un clímax que nos dejó jadeando. Aplausos imaginarios resonaron en mi cabeza. Sofía se acercó, su mano rozando mi hombro desnudo bajo el vestido negro ajustado. Chingón, Ana, tus manos son puro fuego, murmuró, su aliento cálido contra mi oreja, oliendo a tequila y jazmín. Luis se unió, su violín aún en mano, y nos abrazó a las dos. Este Trío Beethoven nos une como nada, ¿no creen? Su pecho duro presionaba contra mí, y juré que sentía su verga endureciéndose bajo los pantalones.

El segundo movimiento fue más íntimo, lento, como un cortejo. Las notas se entretejían, susurrantes, y yo imaginaba sus cuerpos desnudos moviéndose al ritmo. Mi coño palpitaba con cada acorde, húmedo, ansioso. Sofía gemía bajito mientras tocaba, sus pechos subiendo y bajando con la respiración agitada. Luis me miró fijamente, lamiéndose los labios. Me estás volviendo loco, pinche pianista, pensó yo que leía en sus ojos. Terminamos el tercer movimiento en un estallido de pasión, el piano tronando, el violín chillando de placer, el cello rugiendo en éxtasis. Sudor perlando nuestras frentes, el aire espeso con el olor almizclado de la excitación.

¿Y ahora qué, compadres? preguntó Sofía, dejando el cello a un lado y abriendo una botella de mezcal ahumado. Nos sentamos en el suelo, sobre cojines de colores vibrantes, las luces de la ciudad parpadeando afuera como estrellas testigos. El mezcal quemaba la garganta, dulce y terroso, avivando el fuego en mis venas. Hablamos de la música, de cómo el Trío Beethoven siempre nos había excitado, de fantasías compartidas en ensayos donde las manos se rozaban "accidentalmente".

Luis fue el primero en actuar. Su mano grande cubrió mi muslo, subiendo despacio bajo el vestido. ¿Te late? susurró, y yo asentí, mordiéndome el labio. Sofía se acercó por el otro lado, sus dedos trazando mi clavícula, bajando al escote. Qué rica estás, Ana. Neta, desde el primer ensayo te quería probar. Sus labios rozaron mi cuello, su lengua caliente lamiendo el sudor salado. El corazón me latía como el allegro del trío, desbocado.

Me quitaron el vestido con reverencia, como si fuera una partitura sagrada. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como teclas de marfil. Luis chupó uno, succionando con hambre, mientras Sofía besaba el otro, su boca suave y experta. ¡Ay, cabrones, qué rico! gemí, mis manos enredándose en sus cabellos. El olor de sus pieles –Luis a sándalo y hombre, Sofía a vainilla y mujer– me mareaba. Bajaron más, besos húmedos por mi vientre, hasta mi panocha empapada.

Sofía llegó primero, separando mis labios con los dedos, inhalando profundo. Hueles a deseo puro, mi amor. Su lengua se hundió en mí, lamiendo mi clítoris con movimientos circulares, como las frases del Beethoven. Luis se desvistió, su verga gruesa y venosa saltando libre, goteando precum. La tomé en la mano, masturbándolo despacio, sintiendo las venas pulsar bajo mi palma. Chúpamela, Ana, rogó, y obedecí, tragándomela hasta la garganta, saboreando su sal marina, mientras Sofía me comía viva.

Cambié de posición, un trío perfecto como nuestra música. Me puse a cuatro patas sobre los cojines, Sofía debajo de mí, lamiendo mis tetas y mi coño alternadamente. Luis se colocó atrás, frotando su verga contra mi culo. ¿Quieres que te coja? Sí, pendejo, métemela ya, supliqué. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardía delicioso, su pelvis chocando contra mis nalgas con palmadas sonoras. Sofía se giró, ofreciéndome su panocha rosada y jugosa. La devoré, lengua adentro, chupando su clítoris hinchado, probando su miel dulce y agria.

El ritmo era el del Trío Beethoven: piano con sus embestidas profundas, violín con los gemidos agudos de Sofía, cello con mis gruñidos graves. Sudor chorreaba, mezclándose, el mezcal olvidado en el suelo. Luis aceleró, follándome duro, sus bolas golpeando mi clítoris. ¡Me vengo, carajo! gritó, llenándome de semen caliente, chorros que me hicieron explotar. Mi orgasmo fue un crescendo, ondas de placer sacudiéndome, el coño contrayéndose alrededor de su verga. Sofía se corrió en mi boca, inundándome con su squirt salado, temblando como las cuerdas vibrantes.

Colapsamos en un enredo de miembros, respiraciones entrecortadas, pieles pegajosas. Luis besó mi frente, Sofía acurrucada en mi pecho. Eso fue mejor que cualquier concierto, dijo él, riendo bajito. El skyline de la CDMX brillaba afuera, indiferente a nuestro paraíso privado. Sentí una paz profunda, el eco del Trío Beethoven aún resonando en mis oídos, en mi cuerpo.

Esto no termina aquí. Mañana ensayamos de nuevo... y lo que siga.

Nos quedamos así hasta el amanecer, explorando más, dedos y lenguas reavivando brasas. El sol tiñó el loft de oro, y con él, una promesa de más noches así: música, pasión, unión. El Trío Beethoven nos había llevado más allá de las notas, a un éxtasis eterno.

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