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Podemos Intentarlo de Nuevo

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Podemos Intentarlo de Nuevo

La noche en Polanco olía a jazmín y a tacos de asador que se asaban en la esquina. Yo, Ana, caminaba por esas calles empedradas con el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano, porque sabía que él estaría ahí, en ese barcito escondido que tanto nos gustaba. Habían pasado seis meses desde que terminamos, pero su recuerdo me quemaba la piel cada vez que me tocaba sola en la cama, imaginando sus manos callosas de mecánico recorriéndome el cuerpo.

Entré y lo vi de inmediato, sentado en la barra con una cerveza fría en la mano. Carlos, con su camiseta ajustada que marcaba esos pectorales que yo había lamido tantas veces, el cabello negro revuelto y esa sonrisa pícara que me derretía. Nuestras miradas se cruzaron y el aire se cargó de electricidad, como antes de una tormenta en el desierto de Sonora. ¿Por qué carajos lo dejé ir? pensé, mientras mi chocha se humedecía solo de verlo.

Me acerqué, fingiendo casualidad. "Órale, carnal, ¿qué onda?", le dije con voz juguetona, sentándome a su lado. Él se giró, sus ojos cafés devorándome las curvas de mi vestido rojo ceñido. "Ana, mamacita, neta que te ves más rica que nunca", murmuró, su aliento a tequila rozándome la oreja. Hablamos de pendejadas, de la vida, del pinche tráfico de la CDMX, pero debajo de las palabras había un fuego latiendo. Sus rodillas se rozaron con las mías bajo la barra, y sentí ese cosquilleo subir por mis muslos.

Después de unas chelas, salimos a caminar. La brisa nocturna traía olor a lluvia lejana y a su colonia barata que tanto me gustaba. Nos detuvimos en un parque chiquito, con bancas de metal fresco. "Ana, ¿sabes? No dejo de pensar en ti", confesó, su voz ronca como gravel de construcción. Yo tragué saliva, el pulso acelerado en mi cuello. "

¿Podemos intentarlo de nuevo?
", solté de repente, mirándolo fijo. Él sonrió, esa sonrisa que prometía placeres prohibidos. "Sí, güey, pero esta vez lo hacemos bien", respondió, y me jaló hacia él para un beso que sabía a cerveza y a deseo acumulado.

Sus labios eran suaves pero urgentes, su lengua invadiendo mi boca con sabor a sal y menta. Gemí bajito cuando sus manos bajaron a mi culo, apretándolo con fuerza posesiva. El beso se profundizó, nuestros cuerpos pegándose como imanes. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, dura como fierro, y un jadeo se me escapó. "Vamos a mi depa, está cerca", susurró contra mi cuello, mordisqueándome la piel hasta que olí mi propio aroma de excitación mezclándose con el suyo.

El trayecto en taxi fue tortura. Sus dedos trazaban círculos en mi muslo desnudo, subiendo peligrosamente cerca de mi tanguita empapada. Yo mordía mi labio, conteniendo gemidos mientras el taxista nos echaba miraditas por el retrovisor. Métete ya, pendejo, pensaba, imaginando su polla gruesa abriéndome. Llegamos a su departamento en la Roma, un lugarcito modesto pero chulo, con posters de lucha libre y una cama king size que recordaba demasiado bien.

Apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared. Sus besos bajaron por mi cuello, lamiendo el sudor salado de mi clavícula. "Te extrañé tanto, ricura", gruñó, mientras sus manos levantaban mi vestido, exponiendo mis tetas grandes y firmes. Las amasó con rudeza tierna, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Yo arqueé la espalda, el roce de su barba incipiente raspándome deliciosamente la piel. Olía a hombre, a sudor limpio y a lubricante natural que ya chorreaba entre mis piernas.

Lo jalé de la camisa, arrancándosela con impaciencia. Su pecho moreno brillaba bajo la luz tenue, y lo besé ahí, saboreando la sal de su piel, bajando hasta su ombligo. Él jadeaba, sus manos enredadas en mi pelo. "Chúpamela, Ana, como antes", rogó. Me arrodillé, desabrochando su jeans con dientes. Su verga saltó libre, venosa y palpitante, oliendo a macho puro. La lamí desde la base, sintiendo su pulso en mi lengua, hasta meterla entera en mi boca. Él gimió fuerte, "¡Órale, qué chida!", follándome la garganta con embestidas controladas. El sonido de su placer, ese slap slap húmedo, me volvía loca.

Pero no quería acabar así. Lo empujé a la cama, quitándome el vestido de un tirón. Desnuda, mi piel canela contrastaba con las sábanas blancas. Me subí encima, frotando mi chocha mojada contra su pija dura. "Fóllame despacio primero", le pedí, guiándolo adentro. Entró centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena rozando mis paredes, el calor de su glande besando mi cervix. Gemí largo, mis uñas clavándose en sus hombros. Él me miró, ojos brillantes de lujuria. "Eres tan apretada, putita mía", dijo juguetón, y yo reí, moviéndome en círculos lentos.

El ritmo subió gradual. Sus caderas chocaban contra las mías, piel contra piel en un slap rítmico que llenaba la habitación. Sudábamos, el olor almizclado de nuestros sexos mezclándose con el de las velas de vainilla que había encendido. Yo cabalgaba más fuerte, mis tetas rebotando, él chupándolas con avidez, mordiendo hasta dejar marcas rojas. Esto es lo que necesitaba, su verga llenándome, su aliento en mi piel, pensaba en medio del éxtasis. Cambiamos posiciones; me puso a cuatro, embistiéndome desde atrás. Sus bolas golpeaban mi clítoris, y yo grité, "¡Más duro, Carlos, rómpeme!". Él obedeció, una mano en mi pelo tirando suave, la otra frotando mi botón hinchado.

La tensión crecía como volcán. Mis muslos temblaban, el orgasmo acechando. "Ven conmigo, amor", jadeé, y él aceleró, gruñendo como bestia. Sentí las contracciones primero en mi vientre, explotando en olas que me nublaron la vista. Grité su nombre, mi chocha ordeñando su polla en espasmos. Él se corrió segundos después, caliente y espeso dentro de mí, su cuerpo convulsionando contra el mío. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos.

En el afterglow, yacíamos enredados, su cabeza en mis tetas, mi mano acariciando su espalda. La habitación olía a sexo crudo, a nosotros. "Neta que sí podemos intentarlo de nuevo, ¿verdad?", murmuró él, besándome la frente. Yo sonreí, el corazón lleno. "Sí, pendejo, pero esta vez no te suelto". Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en esa cama, habíamos renacido en placer y promesas.

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