Cuanto Cuesta Contratar al Tri para una Noche Ardiente
Todo empezó en mi cumpleaños número treinta. Estaba en mi departamento en la Condesa, rodeada de mis cuates, con botellas de tequila Don Julio por todos lados y música de rock mexicano retumbando en los bocinas. Órale, qué chido estaba el pedo. Mis amigas, unas pendejas divertidas, me decían que lo mejor sería un strippers para rematar la fiesta. Yo, con unas cheves en la mano, saqué mi cel y busqué en Google cuanto cuesta contratar al Tri. Tri era el mero mero de los bailarines exóticos en la Ciudad de México, un tipo con cuerpo de gimnasio, tatuajes que contaban historias y un carisma que te hacía mojar las panties con solo verlo en los videos de TikTok.
El precio no era barato, pero neta, valía la pena. Mandé mensaje por WhatsApp a su manager y en menos de una hora, ¡listo! Contratado para medianoche. Mis amigas chillaban de emoción.
¡Vas a flipar, Lau! Ese wey es un animal en la cama... digo, en el escenario, me dijo mi compa Lupita, guiñándome el ojo. Yo sentía un cosquilleo en el estómago, una mezcla de nervios y anticipación. El aire olía a perfume caro y humo de cigarro, la luz tenue de las velas parpadeaba en las paredes blancas.
Las horas volaron. De repente, tocan la puerta. Ahí estaba él, Tri, más alto y guapo que en las fotos. Pantalones de cuero negro ajustados que marcaban su paquete generoso, camisa entreabierta dejando ver su pecho moreno y velludo, cabello negro largo atado en una coleta. Sus ojos cafés me escanearon de arriba abajo, y sonrió con esa boca carnosa que prometía pecados. ¡Hola, mamacita! ¿Listas para el show? Su voz grave vibró en mi piel como un bajo eléctrico.
Lo dejamos entrar. Puse "Triste Canción de Amor" de El Tri de fondo, irónico, ¿no? Tri se paró en el centro de la sala, quitándose la camisa despacio. Sus músculos se flexionaban bajo la piel aceitada, brillando con sudor artificial que olía a vainilla y hombre. El tacto del aire se volvió pesado, cargado de hormonas. Mis amigas gritaban ¡quítate todo, cabrón!, pero yo solo lo miraba, hipnotizada. Se acercó bailando, sus caderas ondulando al ritmo, rozando mi cuerpo con sus muslos duros. Sentí el calor de su piel a centímetros, el roce de su verga semierecta contra mi falda corta. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano.
El show escaló. Se bajó los pantalones, revelando un tanga rojo que apenas contenía su vergón grueso. Nos rodeó, tocando hombros, pasando dedos por nucas. Cuando llegó a mí, se arrodilló, sus manos fuertes en mis rodillas, subiendo lento por mis muslos. ¿Quieres más, preciosa?, susurró al oído, su aliento caliente con sabor a menta. Asentí, muda, mi concha palpitando ya húmeda. Las amigas aplaudían, pero yo sentía su mirada perforándome, prometiendo lo que vendría después.
La fiesta siguió, pero el deseo crecía como bola de nieve. Bebimos shots, bailamos pegados. Tri se quedó en bóxer, sirviendo tragos con ese cuerpo esculpido. Cada roce era eléctrico: su mano en mi cintura, mi pecho apretado contra su torso.
¿Y si se queda después?, pensé, imaginando su lengua en mi clítoris. Mis amigas empezaron a despedirse a la una, borrachas y satisfechas. ¡Gracias por la noche, Lau! No lo dejes ir, eh, dijo Lupita al salir.
Quedamos solos. El departamento olía a sudor, tequila y excitación. Tri se acercó, su presencia imponente. ¿Cuánto cuesta contratar al Tri para algo más privado?, preguntó con picardía, adaptando su propia frase publicitaria. Reí nerviosa. ¿Qué tal si negociamos? Lo jalé de la mano hacia el sofá. Nos besamos como hambrientos. Sus labios suaves pero firmes, lengua invadiendo mi boca con sabor salado. Sus manos expertas desabrocharon mi blusa, exponiendo mis tetas grandes y duras. Las amasó, pellizcando pezones rosados hasta que gemí.
Me levantó como pluma, llevándome a la recámara. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Se quitó el bóxer, liberando su verga venosa, de al menos veinte centímetros, cabeza morada reluciente de precum. Mira lo que me provocas, nena, gruñó. Yo me quité la tanga empapada, abriendo piernas. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce.
Empezó lento, besando mi cuello, lamiendo orejas. Bajó a mis tetas, chupando pezones con succiones que me arqueaban. Sus manos exploraban: dedos gruesos abriendo mi panocha depilada, rozando labios hinchados. Estás chorreando, puta rica, murmuró, metiendo dos dedos, curvándolos en mi punto G. Gemí fuerte, uñas clavadas en su espalda tatuada. El sonido de mis jugos chapoteando llenaba la habitación, mixto con su respiración jadeante.
La tensión subía. Me volteó boca abajo, besando mi culo redondo, separando nalgas para lamer mi ano rosado. ¡Ay, wey, qué rico! Su lengua experta en mi clítoris, círculos rápidos, mientras dedos follaban mi coño. Orgasmeé primero, temblando, chorros calientes mojando su cara barbuda. Él lamió todo, deliciosa, como tequila con limón.
Quería más. Lo empujé a la cama, montándolo. Su verga entró de un jalón, estirándome deliciosamente. Cabalgaba duro, tetas rebotando, manos en su pecho peludo. Él embestía desde abajo, pelotas golpeando mi culo. Sudor nos unía, piel resbalosa. ¡Fóllame más fuerte, Tri! gruñí. Cambiamos: él encima, misionero profundo, piernas en hombros. Cada estocada tocaba mi útero, placer punzante. Sus gemidos roncos, ¡te aprietas como virgen, carajo!
El clímax llegó juntos. Sentí su verga hincharse, chorros calientes llenándome la concha. Yo exploté, visión borrosa, cuerpo convulsionando. Colapsamos, pegados, corazones galopando. Su semen goteaba de mí, cálido en mis muslos.
Después, en afterglow, fumamos un cigarro en la cama. Olía a sexo crudo, sábanas revueltas. ¿Valió la pena el precio de contratar al Tri?, bromeó él, acariciando mi pelo. Sonreí, besándolo suave. Más que chido, cabrón. Eres inolvidable. Se quedó hasta el amanecer, prometiendo repetir. Esa noche cambió todo: descubrí que el verdadero costo era adictivo.