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Trio Ardiente con el Compadre

6399 palabras

Trio Ardiente con el Compadre

La noche caía sobre nuestra casa en las afueras de la ciudad, con ese calor pegajoso de verano que se mete hasta los huesos. Yo, Ana, estaba en la cocina preparando unas chelas frías y unos tacos de carnitas que olían a puro paraíso. Luis, mi carnal, mi marido de cinco años, charlaba en la sala con Marco, su compadre de toda la vida. Esos dos se conocían desde morrillos, compadres de bautizos y pedos eternos. Marco era el típico galán mexicano: alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace cosquillas en el estómago.

Escuché sus risas roncas mientras ponía los platos en la mesa. ¿Qué estarán platicando esos pendejos? pensé, sintiendo un cosquilleo en la piel. Llevábamos semanas fantaseando Luis y yo con algo nuevo, algo que rompiera la rutina. En la cama, entre besos y caricias, él me susurraba al oído: "Trio con el compadre, ¿te late?". Al principio me reí, pero la idea se me coló como un tequila bien frío: excitante, prohibida, pero con alguien de confianza.

Entré a la sala con las chelas en la mano. El aire estaba cargado de humo de cigarro y ese aroma masculino a sudor limpio y loción barata. Marco me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis shorts cortitos y la blusa escotada. "¡Órale, Ana, qué ricura de tacos y de mujer!" dijo, guiñándome el ojo. Luis se carcajeó y me jaló a su lado en el sofá, su mano grande posándose en mi muslo desnudo. Sentí el calor de su palma subir por mi piel, y un pulso traicionero entre las piernas.

Comimos y bebimos, las pláticas fluyendo como el tequila reposado que sacamos después. Hablamos de todo: del fut, de la jefa del barrio, de las chavas que se nos resistían en la juventud. Pero el tema del trio con el compadre salió de la nada, como si el alcohol lo invocara. Luis, ya medio pedo, soltó: "Wey, Marco, ¿y si le entramos a lo que Ana y yo hemos estado pensando?". Mi corazón dio un brinco. Miré a Marco, esperando que se riera o se echara para atrás. En cambio, sus ojos se oscurecieron, y lamió sus labios despacio.

"Si a la jefa le late, yo estoy puesto, compadre", respondió con voz grave. El silencio se espesó, solo roto por el zumbido del ventilador y nuestras respiraciones aceleradas. Me puse de pie, temblando un poco, y extendí las manos. "Entonces, ¿qué esperan, pendejos?" dije, mi voz ronca de deseo.

Nos movimos a la recámara como en un sueño febril. La luz tenue de la lámpara de noche pintaba sombras en las paredes blancas, y el colchón king size nos esperaba como un altar pagano. Luis me besó primero, sus labios ásperos saboreando a tequila y a mí. Sus manos me quitaron la blusa con urgencia, exponiendo mis tetas al aire fresco. Sentí los pezones endurecerse al instante, como dos botoncitos rogando atención.

Marco se acercó por detrás, su aliento caliente en mi cuello. "Estás cañona, Ana", murmuró, mientras sus dedos trazaban mi espinazo, bajando hasta mis nalgas. Un escalofrío me recorrió entera. Esto es real, carajo. Dos hombres queriéndome toda. Luis se arrodilló y me bajó los shorts, besando mi ombligo, mi monte de Venus. Olía a mi propia excitación, ese musk dulce y salado que inunda el aire.

Me recosté en la cama, las sábanas frescas contra mi piel ardiente. Luis se desvistió rápido, su verga ya dura saltando libre, gruesa y venosa como la recordaba. Marco lo imitó, y ¡madre santa!, la suya era más larga, curvada hacia arriba, con un glande rosado que palpitaba. Me relamí los labios sin querer. "Vengan, cabrones", los invité, abriendo las piernas.

Luis se colocó entre mis muslos, lamiendo mi panocha con esa lengua experta que me vuelve loca. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes. Marco se subió a la cama, ofreciéndome su verga. La tomé en la mano, sintiendo su calor, su pulso acelerado. La chupé despacio al principio, saboreando el precum salado, luego más hondo, hasta que me ahogué un poco. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo. Esto es el paraíso, wey, pensé mientras Luis metía dos dedos en mí, curvándolos justo en mi punto G.

La tensión crecía como una tormenta. Cambiamos posiciones: yo a cuatro patas, Luis detrás embistiéndome con fuerza, sus bolas chocando contra mi clítoris. Cada plaf era un trueno, mi piel sudada pegándose a la suya. Marco delante, follándome la boca con ritmo gentil. Olía a sexo puro: sudor, fluidos, la colonia de ellos mezclada con mi esencia. Mis tetas rebotaban, mis gemidos ahogados por la verga de Marco. No aguanto más, pinche placer.

Luis salió de mí jadeando y me volteó. "Ahora el compadre, mi amor", dijo, y Marco tomó su lugar. Su verga entró suave pero profunda, rozando sitios que Luis no alcanzaba. Grité de gusto, arañando las sábanas. Luis se masturbaba viéndonos, sus ojos en llamas. Luego se unió, besándome mientras Marco me taladraba. Sentí sus dedos en mi ano, lubricados con mi propio jugo, probando, pidiendo permiso con la mirada. Asentí, y un dedo entró, estirándome deliciosamente.

El clímax nos alcanzó como un rayo. Marco aceleró, sus embestidas brutales pero cariñosas, golpeando mi cervix con maestría. "Me vengo, Ana, carajo", rugió, y lo sentí explotar dentro, chorros calientes llenándome. Eso me disparó: mi orgasmo fue un terremoto, contracciones que ordeñaban su verga, jugos chorreando por mis muslos. Luis no se hizo esperar; se subió y eyaculó en mis tetas, su leche tibia salpicando mi piel, marcándome como suya.

Colapsamos en un enredo de cuerpos sudorosos, el cuarto oliendo a clímax compartido: semen, sudor, panocha satisfecha. Respirábamos agitados, corazones latiendo al unísono. Marco me besó la frente, Luis mi boca. "El mejor trio con el compadre de mi vida", susurró Luis, riendo bajito.

Nos quedamos así un rato, acariciándonos perezosos. La luna se colaba por la ventana, bañándonos en plata. Nunca pensé que algo así nos uniría más, reflexioné, sintiendo sus manos en mi piel aún sensible. Marco se vistió al final, prometiendo repetir. "Son unos chidos, ¿eh?". Luis y yo nos acurrucamos, exhaustos pero plenos, sabiendo que esa noche había cambiado todo para bien. El deseo no se apagó; solo se transformó en algo más profundo, más nuestro.

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