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Mononucleosis Infecciosa Triada Pasional

6937 palabras

Mononucleosis Infecciosa Triada Pasional

Estoy tirada en la cama de mi depa en la Roma, con el cuerpo hecho mierda. Fiebre que me quema por dentro como si hubiera tomado tequila de más, dolor de garganta que raspa cada vez que trago saliva, y unos ganglios en el cuello hinchados que duelen a cada movimiento. Qué pinche mala pata, pienso mientras miro el techo agrietado por el sol de la tarde que se cuela por las cortinas. Fui al doc ayer y me soltó la bomba: mononucleosis infecciosa triada. "La clásica, mija: fiebre, faringitis y linfadenopatía. Te la pegaron con un beso, seguro", me dijo con esa cara de ya te cargaste chamaca. Neta, el recuerdo de esos besos me hace sonreír a pesar del malestar. Todo empezó hace tres semanas en una fiesta en Condesa, en la casa de mi carnal Raúl.

La música retumbaba, reggaetón mezclado con cumbia rebajada, y el aire olía a tacos de suadero y chelas frías. Yo andaba con mi vestido negro ajustado, el que me hace ver las chichis perfectas y las nalgas en su punto. Esta noche me la voy a pasar chido, me dije mientras bailaba sola, sintiendo el sudor perlar mi piel bajo las luces neón. De repente, siento unas manos en la cintura. Giro y ahí está él: Luis, alto, moreno, con ojos cafés que brillan como obsidiana y una sonrisa pícara que dice te voy a comer viva. "Qué onda, morra, ¿bailamos?", me suelta al oído, su aliento cálido con sabor a cerveza Corona rozando mi oreja. Asiento, y empezamos a movernos pegaditos, su verga ya medio dura presionando contra mi culo. Órale, este wey no pierde tiempo.

Pero no estaba solo. A su lado aparece Sofía, su jefa... o algo así. Rubia teñida, curvas de infarto, labios carnosos pintados de rojo fuego. "Soy la carnala de Luis", dice riendo, y me planta un beso en la mejilla que dura un segundo de más, su lengua rozando apenas mi piel. Huele a perfume vainilla y deseo puro.

¿Qué chingados? ¿Una triada?
pienso, pero el calor entre mis piernas ya me traiciona. Nos llevamos bien de volada: shots de tequila, risas, bailes donde sus manos exploran sin pudor. Luis me agarra la mano, Sofía la otra, y salimos a la terraza. El viento fresco de la noche me eriza la piel, contrastando con el fuego que me avivan sus miradas.

"¿Vienes con nosotros?", pregunta Luis, su voz ronca como grava. Sofía asiente, mordiéndose el labio. Neta, esto es lo más caliente que me ha pasado. Subimos a su coche, un Jetta negro tuneado, y en el camino al depa de ellos en Polanco, ya estamos que nos comemos. Sofía en el asiento de atrás conmigo, sus dedos subiendo por mi muslo, yo jadeando mientras Luis maneja y nos ve por el retrovisor. "Ponte cómoda, reina", me dice ella, y me besa. Sus labios suaves, jugosos, con gusto a menta y tequila. Nuestras lenguas se enredan, húmedas, explorando bocas como si fuéramos a contagiarnos todo. Si supiera que sí pasaría, pienso ahora, pero en ese momento solo sentía el pulso acelerado, el corazón latiéndome en la garganta.

Llegamos al depa, un lugar chido con vista a los skyscrapers, luces tenues y una cama king size que grita órgano de tres. Nos quitamos la ropa despacio, como en ritual. Luis se desabrocha la camisa, revelando un pecho tatuado, músculos que brillan con sudor. Sofía se baja el zipper del vestido, sus tetas perfectas saltando libres, pezones rosados endurecidos. Yo me quedo en tanga, sintiendo sus ojos devorarme. "Eres una diosa, wey", murmura Luis, acercándose. Sus manos ásperas recorren mi espalda, bajando a apretar mis nalgas. Sofía se pega por delante, sus chichis contra las mías, besándome el cuello mientras Luis me muerde el lóbulo de la oreja. El olor a piel caliente, a sexo inminente, me marea. Gemidos suaves llenan el cuarto, el sonido de respiraciones agitadas mezclándose con el tráfico lejano de Reforma.

Caemos en la cama, un enredo de cuerpos. Luis me besa con hambre, su barba raspando mi barbilla, lengua invadiendo mi boca profunda, salivosa. Sofía lame mi clavícula, bajando a mis pezones, chupándolos con succiones que me arquean la espalda. ¡Ay, cabrón, qué rico! Siento su coño mojado rozando mi muslo, resbaloso, caliente. Mis manos exploran: agarro la verga de Luis, gruesa, venosa, palpitante en mi palma. La acaricio despacio, sintiendo el precum lubricando mi piel. Sofía gime cuando le meto dos dedos en la panocha, empapada, apretándome con sus paredes internas. "Más, mami, cógeme", suplica ella, voz entrecortada.

La tensión sube como olla exprés. Luis se posiciona entre mis piernas, frotando su pija contra mi clítoris hinchado. Estoy ardiendo, literal fiebre de deseo. Sofía se sienta en mi cara, su culo redondo bajando sobre mi boca. La pruebo: sabor salado-musgoso, jugos chorreando por mi lengua. La lamo con ganas, círculos rápidos en el botón, mientras ella se retuerce y gime "¡Sí, así, pinche rica!". Luis empuja despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento duele rico, sus bolas golpeando mi culo con cada estocada. Sudor gotea de su frente a mi pecho, mezclándose con el mío. El cuarto huele a sexo crudo: almizcle, fluidos, piel recalentada.

Cambiamos posiciones, el ritmo acelerando. Yo encima de Luis, cabalgándolo como yegua salvaje, sus manos amasando mis tetas. Sofía detrás, lamiendo donde nos unimos, su lengua en mi ano y sus dedos en los huevos de él. La puta madre, voy a explotar. Gemidos se convierten en gritos: "¡Cógeme más duro, wey!", "¡Lámeme el clítoris, reina!". Luis gruñe, embistiéndome desde abajo, venas pulsando dentro de mí. Siento el orgasmo construyéndose, una ola en el estómago, músculos tensándose. Sofía llega primero, temblando sobre la cara de Luis ahora, chorros calientes en su boca. Yo sigo, contrayéndome alrededor de la verga de él, visión borrosa, cuerpo convulsionando en éxtasis puro. Luis se corre último, llenándome con chorros calientes, espeso semen desbordando.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones calmándose. El afterglow es de película: besos suaves, caricias perezosas, risas compartidas. "Eres increíble, Ana", dice Sofía, acurrucada en mi hombro, su piel pegajosa contra la mía. Luis nos abraza por detrás, su verga flácida aún rozándome. Hablamos de todo: trabajos en la colonia, antojos de pozole, promesas de repetir. Salgo de ahí flotando, con los labios hinchados de tanto besar, un beso final de cada uno que sella la noche.

Semanas después, aquí estoy, pagando el precio delicioso de esa mononucleosis infecciosa triada. El doc me mandó reposo, pero en mi mente revivo cada roce, cada sabor, cada pulso. Neta, valió cada pinche síntoma. Mañana les mando un wats: "¿Listos para la segunda dosis?". El deseo no se cura con antibióticos, carnales. Se alimenta con más besos infecciosos.

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