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Ojos Cafés Encendiendo Trío en Monterrey

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Ojos Cafés Encendiendo Trío en Monterrey

La noche en Monterrey estaba viva, con ese calor pegajoso de junio que se mete hasta los huesos. Yo, Ana, con mis ojos cafés que siempre han sido mi arma secreta para voltear cabezas, había salido con unas amigas al Valle Oriente. El antro estaba a reventar de reggaetón y luces neón, el aire cargado de perfume caro y sudor fresco. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir como reina, mis curvas mexicanas al frente, lista para lo que cayera.

Estábamos en la barra pidiendo unos micheladas bien frías cuando los vi. Dos carnales, altos y morenos, con esa vibra regiomontana de tipos que saben lo que valen. Carlos, el de la sonrisa pícara y playera entallada que marcaba sus pectorales, y Miguel, más serio pero con ojos que prometían travesuras. Se acercaron con chelas en mano, qué onda, morra, dijo Carlos, mirándome fijo a los ojos. Tus ojos cafés son una chingonería, neta que hipnotizan. Sentí un cosquilleo en el estómago, el primer chispazo de deseo. Mis amigas se rieron, pero yo ya estaba enganchada.

Charlamos un rato, bailamos pegaditos al ritmo de Bad Bunny. Sus manos en mi cintura, el olor a colonia masculina mezclada con el mío de vainilla, me ponía la piel de gallina. Miguel me susurró al oído: ¿Vienes con nosotros a cerrar la noche en mi depa? Es aquí cerquita, en San Pedro, con vista al Cintermex. No lo pensé dos veces. Simón, échale, respondí, con el corazón latiéndome como tambor. Mis amigas me guiñaron el ojo y se fueron. Ahí empezó todo.

¿Qué chingados estoy haciendo? Dos vatos guapísimos, yo en medio. Pero se siente tan bien, tan libre. Mis ojos cafés los tienen locos, y yo quiero más.

En el depa de Miguel, un lugar chido con muebles de piel y terraza con alberca infinita, pusimos música suave, tipo Rammstein mezclado con cumbia rebajada. Nos servimos tequilas reposados, el líquido ardiente bajando por mi garganta como fuego líquido. Nos sentamos en el sofá, yo en medio, sus cuerpos calientes rozando el mío. Carlos me besó primero, suave pero firme, su lengua explorando mi boca con sabor a limón y sal. Miguel observaba, su mano ya en mi muslo, subiendo despacito.

¿Estás chida con esto? me preguntó Miguel, su voz ronca como grava. Neta que sí, carnales. Los quiero a los dos, contesté, empoderada, dueña de la noche. La tensión crecía, el aire espeso con nuestro aliento acelerado. Me quité el vestido, quedando en lencería roja que contrastaba con mi piel morena. Ellos se desvistieron rápido, sus cuerpos duros y listos, erecciones palpitantes que me hicieron mojarme al instante.

Carlos me cargó al cuarto, la cama king size con sábanas de algodón egipcio. Me tendí, abriendo las piernas, invitándolos. Miguel se arrodilló entre mis muslos, su aliento caliente en mi centro. Hueles a miel, jefa, murmuró antes de lamer mi clítoris con maestría. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Su lengua danzaba, chupando mis labios hinchados, mientras Carlos me besaba los pechos, mordisqueando mis pezones duros como piedras. Sentía sus dedos dentro de mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía arquear la espalda.

El olor a sexo empezaba a llenar la habitación, almizcle y sudor fresco. Mis manos en sus cabezas, jalándolos más cerca. ¡Ay, cabrones, no paren! grité, mi voz quebrada por el placer. Cambiaron posiciones; Carlos se puso de rodillas frente a mí, su verga gruesa en mi boca. La chupé con ganas, saboreando la sal de su piel, la vena pulsando contra mi lengua. Miguel entraba y salía de mí despacio, su pelvis chocando contra mi culo con un plaf plaf rítmico que me volvía loca.

Esto es el trío perfecto en Monterrey. Mis ojos cafés cerrados por el éxtasis, pero sé que me miran como diosa.

La intensidad subía. Me monté en Miguel, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando con cada embestida. Su pija llenándome hasta el fondo, rozando mi cervix con delicioso dolor. Carlos detrás, lubricando mi ano con saliva y mi propia humedad. ¿Quieres que te coja por atrás, reina? Sí, dale, pero despacio al principio. Entró centímetro a centímetro, el estiramiento ardiente pero placentero. Los dos dentro de mí, moviéndose en sincronía, sus gruñidos mezclados con mis alaridos. Sentía sus pollas frotándose separadas solo por una delgada pared, el placer duplicado, triplicado.

El sudor nos pegaba, piel resbalosa contra piel. Olía a ellos, a hombre puro, a mi excitación empapando las sábanas. Mis uñas en la espalda de Miguel, dejando marcas rojas. Carlos jalándome el pelo, suave pero dominante. ¡Me vengo, pinches dioses! exploté, mi coño contrayéndose en espasmos, chorros de jugo salpicando. Ellos no pararon, follándome a través del orgasmo hasta que Carlos gruñó y se corrió en mi culo, caliente y espeso. Miguel me volteó y eyaculó en mis tetas, pintándome de blanco cremoso.

Colapsamos los tres, jadeantes, enredados en un nudo de extremidades. El silencio roto solo por nuestras respiraciones pesadas y el zumbido del aire acondicionado. Carlos me limpió con una toalla tibia, besándome la frente. Miguel trajo agua fría, toma, para que repongas. Me sentía flotando, poderosa, amada en ese momento.

Nos quedamos platicando un rato, desnudos y sin filtros. Eres la neta, con esos ojos cafés que nos atraparon desde el antro, dijo Carlos. Reí, y ustedes dos, el trío soñado en Monterrey. No prometimos nada eterno, pero intercambiamos números. Salí al amanecer, el sol pintando la Macroplaza de dorado, mi cuerpo adolorido pero satisfecho, un secreto ardiente guardado en mi piel.

De regreso a mi casa en Cumbres, me miré al espejo. Mis ojos cafés brillaban más que nunca, testigos de una noche que cambiaría mi forma de ver el deseo. En Monterrey, la Sultana del Norte, había encontrado no solo placer, sino libertad.

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