Relatos Salvajes
Inicio Sexo en Grupo Pasión Nocturna con los Tríos Yucatecos Pasión Nocturna con los Tríos Yucatecos

Pasión Nocturna con los Tríos Yucatecos

7398 palabras

Pasión Nocturna con los Tríos Yucatecos

Era una noche calurosa en Mérida, de esas que te envuelven como un abrazo pegajoso, con el aire cargado de jazmín y el eco lejano de las campanas de la catedral. Yo, Ana, acababa de llegar de la Ciudad de México buscando un poco de aventura en las tierras yucatecas. Caminaba por el Paseo de Montejo, con mi vestido ligero ondeando contra mis muslos, sintiendo el calor subir por mi piel morena. El bullicio de la gente me atraía hacia un pequeño bar al aire libre, donde un cartel anunciaba tríos yucatecos en vivo.

Entré, y el sonido de las guitarras me golpeó como una ola. Tres hombres en el escenario: altos, morenos, con camisas blancas arremangadas que dejaban ver brazos fuertes y tatuajes sutiles. El primero, Ricardo, tocaba la guitarra requinto con dedos ágiles que imaginaba deslizándose por mi espalda. Al lado, Javier, el segundo guitarra, con ojos negros que perforaban el alma y una sonrisa pícara. Y el cantante, Luis, voz grave como el ronroneo de un jaguar, requinto en mano. Eran los tríos yucatecos más famosos del rumbo, decían los parroquianos. Cantaban "June" con esa pasión yucateca que te eriza la piel, palabras de amor eterno que me hicieron apretar las piernas bajo la mesa.

¿Qué carajos estoy haciendo aquí sola?, pensé. Pero su música me tenía atrapada, como si cada nota fuera una caricia prohibida.
Pedí un chelón helado, el vaso sudando contra mi palma, y mis ojos no se despegaban de ellos. Terminaron la canción y bajaron del escenario, sudados, brillantes bajo las luces tenues. Ricardo se acercó a mi mesa, oliendo a sudor masculino mezclado con colonia barata y tabaco.

Xmba'ak, ¿te gustó la trova, catrina? —dijo con acento yucateco marcado, esa forma de arrastrar las palabras que suena como miel caliente.

Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. —¡Sipi, carnal! Me pusieron la piel chinita. Así empezó la plática, fluyendo como el xtabay en las leyendas mayas. Me contaron de sus giras por haciendas y cenotes, de noches locas en Valladolid. Javier se unió, trayendo otra ronda, su mano rozando la mía al pasar el vaso. Luis llegó último, sentándose tan cerca que su rodilla tocó la mía bajo la mesa. El roce fue eléctrico, un chispazo que me humedeció de golpe.

La noche avanzaba, el bar se vaciaba, pero nuestra charla se ponía más íntima. Hablaban de deseos, de cómo la música les despertaba el fuego interior. "En Yucatán, el amor se vive con el alma y el cuerpo, sin pendejadas", dijo Luis, mirándome fijo. Sentí mi corazón latiendo fuerte, el pulso en mi cuello acelerado. ¿Era esto una invitación? Mi mente divagaba: sus manos en mi cintura, bocas explorando...

Vengan a la hacienda donde nos quedamos, propuso Ricardo. —Hay piscina, estrellas y más trova privada. No lo pensé dos veces. Subí a su camioneta vieja, el viento caliente azotando mi pelo, riendo como chava tonta. La hacienda era un paraíso: muros de piedra, palmeras susurrando, el olor a tierra mojada y flores tropicales. Nos sentamos en la terraza, con chelas frías y guitarras en mano. Tocaron para mí sola, "La Plegaria", y sus voces me envolvieron, bajito, sensual.

El alcohol y la música aflojaron todo. Javier se acercó primero, su aliento cálido en mi oreja. —Eres fuego, Ana. Sus labios rozaron mi cuello, suave como pluma. Gemí bajito, el sonido perdido en la noche. Ricardo dejó la guitarra y me tomó la mano, besándola con hambre. Luis observaba, ojos ardiendo, antes de unirse. Esto es consensual, esto es mío, pensé, empoderada, deseándolos a los tres.

Me llevaron adentro, a una habitación amplia con cama king size, sábanas blancas oliendo a lavanda fresca. La luz de la luna se colaba por las cortinas, pintando sus cuerpos dorados. Me desvestí despacio, dejando que me vieran: curvas llenas, pechos firmes, el triángulo oscuro entre mis piernas ya húmedo. Ellos se quitaron las camisas, revelando torsos duros, marcados por el sol yucateco. Ricardo me besó primero, lengua invasora, sabor a cerveza y menta. Sus manos amasaron mis senos, pulgares en los pezones endurecidos, enviando descargas a mi centro.

¡Ay, Dios, tres hombres para mí! Nunca imaginé esto, pero lo quiero todo.

Javier se arrodilló, besando mi vientre, bajando lento. Su boca encontró mi clítoris, lengua experta lamiendo con ritmo de trova, chupando suave luego fuerte. Grité, piernas temblando, el sonido de mi placer mezclándose con sus gemidos. Luis me besaba la boca, tragándose mis jadeos, mientras Ricardo chupaba un pezón, mordisqueando lo justo para doler rico. Olía a sus excitaciones: almizcle masculino, sudor salado, mi propia esencia dulce y pegajosa.

Cambiaron posiciones como en una danza perfecta. Me tendí en la cama, Ricardo entre mis piernas, su verga dura, gruesa, rozando mi entrada. —¿Quieres, mi reina? —preguntó, voz ronca. —Sí, métemela ya, pendejo, respondí juguetona, arqueando la cadera. Entró despacio, llenándome centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso, paredes vaginales apretándolo. Gemí alto, uñas clavadas en su espalda. Javier y Luis se turnaban en mi boca: primero Javier, su miembro salado, venoso, empujando suave contra mi lengua. Lo chupé ansiosa, saboreando la gota precúm, mientras Luis se masturbaba viéndonos, ojos locos de deseo.

El ritmo subió. Ricardo embestía fuerte, pelvis chocando contra la mía con palmadas húmedas, el colchón crujiendo. Sudor nos unía, piel resbaladiza. Javier me penetró después, más largo, tocando fondo, haciendo que viera estrellas. —¡Qué rica estás, catrina! —gruñía. Luis en mi boca, caderas moviéndose, follándome la garganta con cuidado. Rotamos: yo encima de Luis, cabalgándolo, senos rebotando, mientras Ricardo me tomaba por atrás, dedo lubricado en mi ano primero, luego su verga, doble penetración que me volvió loca. Javier en mi boca, tres vergas atendidas, tres placeres explotando.

Los sonidos llenaban la habitación: mis gritos ahogados, sus gruñidos guturales, carne contra carne, besos babosos. Olía a sexo puro, a corrida acumulada, a mi jugo chorreando. Sentía cada vena pulsando dentro, cada contracción de sus músculos. Mi orgasmo llegó como tsunami: cuerpo convulsionando, squirt salpicando sábanas, voz ronca gritando "¡No paren, cabrones!". Ellos siguieron, imparables, hasta que Ricardo explotó en mi culo, caliente, abundante. Javier en mi boca, semen espeso que tragué ansiosa, salado y amargo. Luis último, llenándome el coño, mezclándose con mis jugos.

Colapsamos en un enredo de cuerpos exhaustos, respiraciones jadeantes calmándose. El aire olía a post-sexo, satisfecho, con risas bajitas. Me acurruqué entre ellos, Ricardo acariciando mi pelo, Javier besando mi hombro, Luis tarareando una trova suave.

Esto no fue solo sexo, fue una sinfonía yucateca en mi alma. Los tríos yucatecos no solo cantan amor, lo hacen carne.

Al amanecer, con el sol filtrándose rosado, nos despedimos con promesas de más noches. Volví a Mérida transformada, el cuerpo adolorido pero vivo, recordando cada roce, cada sabor. En Yucatán, el deseo se vive sin frenos, y yo lo había probado en su forma más pura.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a relatossalvajes.cc.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.