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El Trio Imperial

7237 palabras

El Trio Imperial

La luz dorada del atardecer se filtraba por las cortinas de encaje en la terraza del hotel Imperial en Polanco, tiñendo todo de un brillo cálido que hacía que mi piel se erizara solo de pensarlo. Yo, Ana, acababa de llegar de un día eterno en la oficina, con el cuerpo pidiendo a gritos un poco de diversión. Neta, wey, necesitaba soltarme el pelo. Ahí estaba Marco, mi carnal de toda la vida, con esa sonrisa pícara que me deshace las rodillas, y a su lado Luis, el cuate nuevo que acababa de conocer en el gym. Alto, moreno, con ojos que prometían travesuras. Los tres nos miramos en esa mesa de mármol, con copas de mezcal ahumado entre las manos, y el aire se cargó de electricidad. El olor a limón y humo del bar se mezclaba con el perfume masculino de ellos, ese que te hace inhalar profundo sin darte cuenta.

Órale, Ana, ¿qué pedo? ¿Lista pa'l desmadre? —dijo Marco, rozando mi mano con la suya, un toque casual que mandó chispas directo a mi entrepierna. Luis soltó una risa grave, como trueno lejano, y me guiñó el ojo.

¿Y si les propongo algo chido? Algo que nos vuele la cabeza a los tres
, pensé, mientras sentía el calor subir por mi cuello. Habíamos platicado antes de fantasías, de romper reglas sin romper corazones. Todo consensual, todo puro fuego mutuo. Esa noche, en el Imperial, nació la idea del trio imperial: nosotros tres, reinas y reyes de nuestro propio imperio de placer.

Subimos al elevador en silencio, pero el roce de hombros, el aliento cálido en mi nuca, ya era preludio. Mi corazón latía como tamborazo en fiesta, y entre mis piernas un pulso húmedo empezaba a reclamar atención. La suite era un sueño: cama king size con sábanas de seda negra, jacuzzi burbujeante con vista a la ciudad, velas aromáticas a vainilla y jazmín que llenaban el aire de promesas dulces. Me quité los tacones con un suspiro, sintiendo el fresco mármol bajo mis pies descalzos. Marco me jaló hacia él, sus labios capturando los míos en un beso lento, profundo, con sabor a mezcal y deseo crudo.

Eres la mera verga, Ana —murmuró contra mi boca, mientras sus manos grandes recorrían mi espalda, bajando hasta apretar mis nalgas con esa posesión juguetona que me encanta. Luis se acercó por detrás, su pecho duro contra mi espinazo, besando mi cuello con labios suaves que olían a menta fresca. ¡Ay, cabrones, me van a matar de gusto! Su aliento caliente me hacía arquearme, y sentí su verga endureciéndose contra mis glúteos, gruesa y lista. Todo era tan natural, tan neta nuestro. No había celos, solo hambre compartida.

Me desvistieron entre risas y gemidos bajos. Primero Marco desabrochó mi blusa, dejando al aire mis tetas llenas, pezones ya duros como piedritas bajo su mirada hambrienta. Los lamió uno a uno, chupando con esa succión que me arranca jadeos roncos. ¡Qué rico, pinche Marco, no pares! Luis, impaciente, bajó mi falda y tanga de un tirón, exponiendo mi coño depilado, ya brillante de jugos. Sus dedos gruesos rozaron mis labios hinchados, abriéndolos con delicadeza, y metió uno adentro, curvándolo justo en ese punto que me hace ver estrellas. El sonido húmedo de su movimiento llenaba la habitación, mezclado con mi respiración agitada y el burbujeo del jacuzzi.

Caímos en la cama como un enredo de cuerpos calientes. Yo en medio, reina del trio imperial. Marco se arrodilló frente a mí, abriendo mis piernas con manos firmes pero tiernas. Su lengua plana lamió desde mi clítoris hasta el ano, saboreándome como si fuera el mejor tequila del mundo. ¡Madre mía, qué lengua tan chingona! Gemí alto, agarrando sus cabellos oscuros, mientras Luis me besaba la boca, su lengua danzando con la mía en un duelo húmedo y salvaje. Olía a sudor limpio y excitación, ese aroma almizclado que enloquece.

El calor subía, el sudor perlaba nuestras pieles. Cambiamos posiciones con fluidez, como si hubiéramos ensayado mil veces. Ahora yo encima de Luis, su verga enorme clavándose en mí centímetro a centímetro. ¡Qué prieta, qué llena me hace sentir! Gruñí al sentirlo todo adentro, estirándome deliciosamente, mis paredes apretándolo como guante. Marco se posicionó detrás, untando lubricante fresco en mi culo —todo con mi visto bueno, mi sí, cabrón, métela jadeante—. Entró despacio, el ardor inicial convirtiéndose en placer puro cuando sus bolas chocaron contra mí. Los dos adentro, moviéndose en ritmo alterno, me follaban como diosas del Olimpo. Sentía cada vena, cada pulso, el roce de sus pieles contra la mía, resbalosas de sudor y jugos.

¡Más duro, weyes, no se rajen! —les exigí, mi voz ronca de puro vicio. El slap-slap de carne contra carne resonaba, junto con nuestros gemidos entrecortados. Marco mordisqueaba mi hombro, dejando marcas rojas que dolían rico; Luis pellizcaba mis tetas, tirando de pezones hasta hacerme gritar.

Esto es el cielo, pinche paraíso imperial, nunca quiero que acabe
. El olor a sexo impregnaba todo: almizcle salado, vainilla quemada de las velas, mi propia esencia dulce y agria. Mis caderas giraban solas, buscando más fricción, más profundidad. El orgasmo se acercaba como tormenta, tensando cada músculo.

Pero no solté aún. Quería alargar la tortura exquisita. Me bajé de ellos, jadeante, con las piernas temblando. Los puse a los dos de rodillas frente a mí. Sus vergas erectas, venosas y brillantes de mis fluidos, pedían atención. Las tomé en mis manos, piel suave sobre acero duro, masturbándolos con twists expertos. Primero chupé a Luis, tragándomela hasta la garganta, sintiendo su grosor bloquearme el aire —qué delicia ahogarme en ti, carnal—. Luego Marco, lamiendo sus bolas pesadas, succionando la punta con labios apretados. Ellos gemían mi nombre, Ana, Ana, agarrándome el pelo con urgencia.

Volvimos al jacuzzi. El agua caliente nos envolvió, burbujas masajeando nuestras pieles sensibles. Floté entre ellos, Marco penetrándome por delante mientras Luis lo hacía por detrás, el agua chapoteando con cada embestida. El vapor subía, empañando los vidrios, y la ciudad brillaba allá abajo como testigo indiferente. Mis uñas se clavaban en sus espaldas musculosas, dejando surcos rojos. Soy su reina, su puta imperial, y lo amo. La tensión creció, mis paredes contrayéndose, ordeñándolos. Grité primero, el orgasmo explotando en olas que me cegaron, jugos mezclándose con el agua. Ellos siguieron, gruñendo como animales, llenándome de semen caliente, chorros potentes que sentí palpitar adentro.

Colapsamos en la cama, exhaustos, pieles pegajosas y sonrientes. Marco me besó la frente, Luis acarició mi vientre plano. El aire olía a sexo satisfecho, a victoria compartida.

El trio imperial no fue solo un polvo; fue conexión, fue libertad
. Nos quedamos así, enredados, escuchando respiraciones calmarse, pulsos volver a normal. Afuera, la noche mexicana pulsaba con mariachis lejanos y cláxones, pero aquí, en nuestro imperio, reinaba la paz del placer pleno. Mañana sería otro día, pero esta noche, éramos eternos.

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