Ninfomanía Lars von Trier en Mi Sangre
Estaba sola en mi depa de la Condesa, con el ventilador zumbando como un mosco cabrón y el calor de la noche pegajoso en la piel. Tenía veintiocho pirulos, un curro de diseñadora gráfica que me dejaba tiempo libre para mis vicios, y esa noche me clavé con Ninfomaniac, la película de Lars von Trier que tanto chismeaba la gente en redes. Neta, no sabía qué esperaba, pero desde el primer fotograma, algo se me prendió adentro. La Joe esa, con su ninfomanía desbordada, contando sus cogidas como si fueran batallas épicas, me puso la piel chinita. Olía a mi propio aroma entre las piernas, ese olor almizclado que sube cuando te mojas sin remedio.
Me recargué en el sofá, las tetas pesadas bajo la blusa suelta, y dejé que la pantalla me lamiera los ojos.
¿Y si yo también? ¿Y si dejo que esta ninfomanía Lars von Trier me posea como a ella?Pensé, mientras mis dedos bajaban solitos por mi panza, rozando el elástico de las calzas. El sonido de los gemidos falsos de la peli se mezclaba con mi respiración agitada, jadeos cortos que rebotaban en las paredes blancas. Toqué mi clítoris, hinchado como una cereza madura, y sentí el pulso latiendo fuerte, como un tamborazo en el Tianguis. Pero no era suficiente. Esa noche, la ninfomanía Lars von Trier me exigía más. Carne real, sudor ajeno, una verga dura clavándose en mí hasta el fondo.
Me paré de un salto, el corazón tronándome en el pecho. Me metí al baño, el espejo empañado por el vapor de la regadera que acababa de usar. Me quité la ropa, admirando mis curvas: nalgas firmes de tanto gym, tetas redondas con pezones oscuros y erectos. Estás chingona, Ana, me dije, oliendo el jabón de lavanda que aún me envolvía. Me puse un vestido negro ceñido, sin calzones ni bra, solo tacones altos que me hacían caminar como diosa. Salí a la calle, el aire nocturno fresco besándome las piernas desnudas, y caminé hacia el bar de la esquina, el que siempre está lleno de weyes guapos con miradas hambrientas.
Acto primero: el encuentro. El bar olía a tequila reposado y cigarros clandestinos, luces tenues que pintaban sombras sexys en las caras. Me senté en la barra, pedí un paloma –tequila con squirt y limón, bien agrio como mi deseo– y ahí lo vi. Se llamaba Marco, un morro de unos treinta, barba de tres días, ojos cafés que me taladraban. Vestía camisa ajustada que marcaba sus pectorales, y cuando se acercó, su colonia amaderada me golpeó como una ola.
—Órale, güerita, ¿vienes a calentar la noche? —me dijo con esa sonrisa pícara, voz grave que vibraba en mi concha.
Le conté de la peli, de cómo la ninfomanía Lars von Trier me había puesto como perra en celo. Él se rio, pero sus ojos se oscurecieron, la mano rozándome el muslo por debajo de la barra.
Neta, este pendejo me va a chingar hasta que grite, pensé, mientras su dedo subía, rozando mi humedad expuesta. El limón del trago me picaba en la lengua, pero su aliento a menta y deseo sabía mejor. Hablamos de todo y nada: de la CDMX de noche, de cómo el metro apesta pero la vida aquí es puro fuego. La tensión crecía, mis pezones rozando la tela del vestido, duros como piedritas.
Acto segundo: la escalada. Salimos del bar, sus manos en mi cintura, caminando rápido hacia mi depa. En el elevador, ya no aguantamos. Me pegó a la pared, su boca devorando la mía, lengua jugosa saboreando mi saliva dulce. Olía a su sudor fresco, ese olor macho que me hace babear. Bajó el vestido, chupando mis tetas con hambre, dientes rozando los pezones hasta que gemí bajito, el sonido ahogado por su beso. —Córrete ya, cabrón, le susurré, pero él sonrió: —No mames, Ana, esto apenas empieza. Quiero verte como esa ninfómana de Lars von Trier.
Entramos al depa, la puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. Lo empujé al sofá, me arrodillé entre sus piernas. Le bajé el pantalón, su verga saltó libre, gruesa y venosa, con un glande rosado brillando de precum. Olía a piel caliente, ese aroma almizclado que me enloquece. La lamí desde la base, lengua plana saboreando la sal, hasta meterla en mi boca profunda, garganta apretándola mientras él gruñía: —Pinche chupada maestra, wey. Mis manos en sus bolas pesadas, masajeando, mientras mi concha chorreaba, mojando el piso. Él me levantó, me tiró en la cama, el colchón hundiéndose bajo nosotros.
Me abrió las piernas, su aliento caliente en mi monte de Venus. Lamidas lentas, lengua girando en mi clítoris, dedos metiéndose en mi coño empapado, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas.
¡Sí, chíngame con la boca, hazme explotar como en la ninfomanía Lars von Trier!Grité en mi cabeza, arqueando la espalda, uñas clavadas en su pelo. El sonido de mis jugos siendo sorbidos, chapoteos húmedos, gemidos míos roncos. Sudor resbalando por mi espalda, pegajoso y delicioso. Él subió, verga apuntando a mi entrada, frotándola en mis labios hinchados.
—¿Quieres que te meta todo, pinche ninfómana? —preguntó, ojos fijos en los míos.
—¡Sí, pendejo, rómpeme! —le contesté, y entró de un empujón, llenándome hasta el útero. El estirón ardiente, placer doloroso que me hace llorar de gusto. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida rozando mis paredes, su pubis chocando mi clítoris. Aceleró, piel contra piel en palmadas rítmicas, olor a sexo puro invadiendo la habitación. Yo lo arañaba, tetas botando, piernas enredadas en su cintura. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como yegua salvaje, verga desapareciendo en mi profundidad, jugos chorreando por sus bolas. —¡Más fuerte, Marco, no pares! Gemí, mientras él pellizcaba mis pezones, mandándome al borde.
Acto tercero: la liberación. La tensión acumulada explotó. Sentí el orgasmo subiendo, un tsunami desde el estómago, contrayendo mi concha alrededor de su verga. Grité, voz quebrada, cuerpo temblando, chorro caliente salpicando su abdomen. Él se corrió segundos después, gruñendo como animal, leche espesa llenándome, desbordando por mis muslos. Colapsamos, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas. Su corazón tronando contra mi oreja, sabor a sudor en su cuello cuando lo besé.
Nos quedamos así, enredados, el ventilador secando nuestro sudor.
Esta ninfomanía Lars von Trier no es solo película, es mi nueva piel, pensé, mientras su mano acariciaba mi nalga. Marco murmuró: —Eres fuego puro, Ana. ¿Repetimos? Sonreí, sabiendo que sí, que esto apenas empezaba. La noche se cerraba con promesas, mi cuerpo saciado pero ya ansiando más, en esta ciudad que nunca duerme.