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El Trio Lesbico Amateur Que Nos Enloqueció

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El Trio Lesbico Amateur Que Nos Enloqueció

Era una noche de esas que en la Ciudad de México te agarran por sorpresa, con el aire cargado de humedad y promesas. Yo, Ana, acababa de cumplir veintiocho y mis amigas Luisa y Carla, ambas de veintinueve, habían llegado a mi depa en la Condesa para celebrar. Las tres nos conocíamos desde la uni, chavas independientes, con chambas estables y un hambre de vida que no se saciaba con salidas al antro. Esa noche, el tequila fluía como río, y el calor de nuestros cuerpos bailando salsa en la sala empezaba a sentirse pesado, como si el ambiente conspirara para algo más.

Luisa, con su piel morena y curvas que gritaban órale qué rica, se pegó a mí mientras sonaba cumbia rebajada. Su aliento olía a mezcal y limón, y cuando su mano rozó mi cintura, un escalofrío me recorrió la espalda.

¿Qué chingados pasa conmigo? Nunca había sentido esto con ellas, pero neta, su calor me está poniendo la piel chinita.
Carla, la güera de ojos verdes y tetas firmes que siempre andaba en shorts ajustados, se unió riendo, su pelo suelto rozando mi cuello. Pinche olor a vainilla de su perfume, mezclado con sudor fresco, me mareaba. "¡Ya párense, cabronas, que me van a matar de la risa!", gritó ella, pero sus ojos decían otra cosa: deseo puro, crudo.

Nos sentamos en el sofá de terciopelo rojo, piernas enredadas sin darnos cuenta. El ventilador zumbaba perezoso arriba, moviendo el aire tibio. Hablamos de exnovios pendejos, de noches solitarias, y de pronto Luisa soltó: "Neta, chicas, ¿nunca han pensado en un trio lesbico amateur? Así, de a devis, sin rollos". Mi corazón dio un brinco. La miré, su labio inferior mordido, y sentí mi concha humedecerse al instante. Carla se sonrojó pero sonrió pícara: "Pos si es con ustedes, ¿por qué no? Estamos solas, adultas, y pinche cachondas las tres". El silencio que siguió fue eléctrico, roto solo por nuestras respiraciones aceleradas.

Luisa fue la primera en moverse. Se inclinó hacia mí, sus labios suaves rozando los míos en un beso tentativo. Sabían a tequila dulce y sal de su piel. Respondí, abriendo la boca, y su lengua danzó con la mía, lenta, explorando. Carla nos vio, su mano ya en mi muslo, subiendo despacio. "Qué chulo se ven", murmuró, y se unió, besando mi cuello mientras Luisa chupaba mi lengua. El sonido de besos húmedos llenaba la sala, mezclado con gemidos bajitos. Mis manos temblaban al tocar las tetas de Luisa por encima de la blusa; eran pesadas, calientes, los pezones duros como piedras bajo la tela.

La tensión crecía como tormenta. Nos paramos, tropezando risas nerviosas, y fuimos al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas arrugadas del desvelo anterior. Me quité la blusa primero, quedando en bra de encaje negro. Luisa me desabrochó el sostén con dedos hábiles, liberando mis chichis. "¡Mira qué ricas, Ana!", exclamó Carla, lamiendo un pezón mientras Luisa hacía lo mismo con el otro. El roce de sus lenguas ásperas, el tirón suave de dientes, me hacía arquear la espalda. Olía a nosotras tres: sudor almizclado, perfume floral, y ese aroma inconfundible de excitación femenina, como miel caliente.

Nunca imaginé esto, pero qué padre se siente ser el centro, ser deseada así, sin prisas ni machos de por medio.

Las ayudé a desnudarse. Carla tenía un tatuaje de rosa en la cadera, y su conchita depilada brillaba ya húmeda bajo la luz tenue de la lámpara. Luisa era más natural, con vello suave negro que enmarcaba sus labios hinchados. Nos tumbamos, cuerpos enredados como serpientes. Mis dedos exploraron primero a Luisa, deslizándose entre sus pliegues resbalosos. Estaba empapada, caliente como lava. Ella jadeó: "¡Sí, así, chula! Métemela despacito". Carla me besaba, su clítoris frotándose contra mi muslo, dejando un rastro viscoso que olía a mar y deseo.

La cosa escaló. Luisa se puso de rodillas, enterrando la cara en mi entrepierna. Su lengua plana lamió desde el ano hasta el clítoris, chupando con hambre. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, succiones, y mis gemidos que rebotaban en las paredes. "¡Pinche rica que estás, Ana! Tu panochita sabe a gloria", gruñó ella, metiendo dos dedos curvados que tocaron ese punto que me hacía ver estrellas. Carla montó mi cara, su culo redondo bajando sobre mi boca. La probé: salada, dulce, con un toque ácido que me volvía loca. Lamí su clítoris hinchado, succionándolo mientras ella se mecía, sus jugos chorreando por mi barbilla.

Intercambiamos posiciones, el sudor nos pegaba la piel, resbaladiza. Yo me arrodillé entre las piernas de Carla, lamiéndola mientras Luisa me penetraba con los dedos desde atrás. Cada embestida mandaba ondas de placer por mi espina. "¡Más rápido, wey! ¡Me vengo!", gritó Carla, su cuerpo convulsionando, piernas temblando alrededor de mi cabeza. Su orgasmo fue un chorro caliente que me mojó la cara, y yo lo lamí todo, extasiada. Luisa no se quedó atrás; la puse a cuatro, alternando lengua y dedos en su concha mientras Carla le chupaba las tetas. "¡Ay, cabronas, qué trio lesbico amateur tan chingón!", jadeó Luisa antes de correrse, su culo apretándose contra mi boca, gritando en éxtasis.

El clímax nos alcanzó a las tres al fin. Nos alineamos en tijeras dobles: yo con Luisa frotando clítoris contra clítoris, resbalosas y rápidas, mientras Carla se unía desde arriba, su concha sobre la de Luisa. El roce era fuego puro: piel contra piel, jugos mezclándose, pulsos latiendo al unísono. Gemidos se volvieron gritos: "¡Sí! ¡No pares! ¡Me muero!". El aire apestaba a sexo, a nosotras, denso y embriagador. Mi orgasmo explotó primero, un tsunami que me dejó temblando, visión borrosa. Luisa y Carla siguieron, cuerpos arqueados, uñas clavándose en carne suave.

Caímos exhaustas, enredadas en un montón de piernas y brazos sudorosos. El silencio post-orgasmo era bendito, roto solo por respiraciones entrecortadas y risas suaves. Sentí sus corazones latiendo contra mi piel, el calor residual de nuestros cuerpos. Luisa me besó la frente: "Neta, Ana, esto fue lo mejor. Somos pinches diosas". Carla acurrucada: "Repetimos, ¿va? Sin dramas".

En ese momento, supe que nuestro lazo había cambiado para siempre. No era solo sexo; era libertad, conexión pura entre chavas que se entienden sin palabras. Qué chido ser dueñas de nuestro placer.

Nos dormimos así, con el amanecer filtrándose por las cortinas, oliendo a nosotras, a victoria. Mañana sería otro día, pero este trio lesbico amateur quedaría grabado en la piel, en el alma.

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