Tratando De No Amarte Letra Prohibida
La noche en la cantina de Guadalajara olía a tequila reposado y a humo de cigarro viejo, mezclado con el sudor fresco de los cuerpos que se movían al ritmo de la banda. Yo, Valeria, estaba sentada en la barra, con una cerveza helada en la mano, tratando de ahogar el eco de esa letra que no me dejaba en paz: "tratando de no amarte". La canción sonaba en loop en mi cabeza, como si el mariachi del fondo la hubiera invocado solo para joderme. Neta, wey, ¿por qué carajos esa frase me perseguía desde que la oí en la radio esa mañana? Intentando no enamorarme, intentando no caer otra vez en el pinche amor que quema como chile en la lengua.
Ahí lo vi. Alto, moreno, con esa camisa negra ajustada que marcaba los músculos de su pecho y unos ojos cafés que brillaban bajo las luces tenues. Se llamaba Diego, lo supe después, pero en ese momento solo era él, el pendejo que se paró frente a mí con una sonrisa chueca y un "Qué onda, morra, ¿me invitas a una chela?". Su voz era ronca, como grava bajo las llantas de un troca, y olía a colonia barata con un toque de tierra mojada después de la lluvia. Mi corazón dio un brinco, pero me dije: ni madres, Valeria, tratando de no amarte, letra prohibida que no vas a cantar.
—Órale, siéntate, pero no creas que te voy a mantener toda la noche —le contesté, con esa actitud de reina que uso para espantar a los galanes. Hablamos de pendejadas: del tráfico en la Atenas, de cómo el Atlas ya valía madres en el fut, de la birria que venden en la esquina. Cada risa suya era un roce invisible en mi piel, y cuando su rodilla tocó la mía bajo la barra, sentí un calor que subía por mis muslos como fuego de mezcal.
¿Qué chingados? No, no, tratando de no amarte. Es solo carnal, nada más, pensé, mientras sorbía mi chela para enfriar el ardor.
La banda atacó con un corrido ranchero, y Diego me jaló a la pista. —¡Baila conmigo, güey! —gritó sobre el estruendo de las trompetas. Sus manos en mi cintura eran firmes, callosas de quién sabe qué trabajo manual, y me guiaban con esa seguridad que hace que una morra se derrita. El sudor de su cuello brillaba, y lo olí de cerca: salado, masculino, con un dejo de jabón de lavanda. Mis tetas rozaban su pecho con cada giro, y mis caderas se mecían contra las suyas al ritmo del bajo. Su verga dura contra mi vientre, neta, la sentí presionando, y un jadeo se me escapó. Intenté alejarme, pero él me apretó más.
—Estás rica, Valeria —murmuró en mi oído, su aliento caliente como vapor de tamales recién hechos—. Me late tu vibra.
Tratando de no amarte, letra que me tatúa en la piel. No lo dijo, pero yo lo pensé por los dos. La tensión crecía, mis pezones duros como piedras bajo la blusa, rozando la tela con cada paso. El piso vibraba bajo mis pies, el aire cargado de risas, clinks de vasos y gemidos ahogados de parejas en las sombras.
Salimos de la cantina tambaleándonos un poco, el fresco de la noche callejera nos golpeó como una caricia. Caminamos hasta su departamento en el centro, a unas cuadras, tomados de la mano. —No quiero que pienses que soy fácil, wey —le dije, pero mi voz salía entrecortada, traicionándome. Él rio bajito, y en la puerta me acorraló contra la pared. Sus labios rozaron los míos, suaves al principio, probando como si yo fuera un mango maduro. Sabían a tequila y a menta, y cuando su lengua entró, explorando mi boca con hambre, gemí contra él. Sus manos bajaron por mi espalda, amasando mis nalgas con fuerza, y yo arqueé la espalda, presionando mi coño húmedo contra su pierna.
Adentro, la luz amarilla de una lámpara iluminaba la sala desordenada: posters de luchadores, una guitarra en la esquina, olor a café viejo y a hombre solo. Me quitó la blusa con urgencia, sus dedos temblando un poco, y chupó mis tetas como si fueran el último bocado del mundo. ¡Ay, cabrón! Sus dientes rozaban los pezones, enviando chispas directo a mi clítoris. Yo le arranqué la camisa, lamiendo su pecho salado, bajando hasta el ombligo, donde olía más intenso, a deseo puro.
Tratando de no amarte, pero tu piel me llama, letra que no puedo borrar.
Lo empujé al sofá, desabrochando su jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precum. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel caliente, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando su sabor almizclado, como tierra fértil. Diego gruñó, enredando sus dedos en mi pelo: —¡Pinche morra, me vas a matar! —Me subí a horcajadas, frotando mi coño empapado contra él, la tela de mis calzones rasgándose un poco con la fricción. El olor de mi excitación llenaba el aire, dulce y ácido, mezclado con el suyo.
Me penetró despacio al principio, su grosor estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. ¡Qué rico, wey! Cada embestida era un choque de caderas, piel contra piel chapoteando, mis jugos chorreando por sus bolas. Sudábamos como en un sauna, el sofá crujiendo bajo nosotros. Yo cabalgaba fuerte, mis tetas rebotando, sus manos apretando mis caderas guiándome. —Más duro, Diego, ¡dame verga! —le exigí, y él obedeció, volteándome de perrito, embistiéndome desde atrás. Su vientre chocaba contra mis nalgas, sus dedos en mi clítoris frotando en círculos perfectos. Gemía su nombre, el mundo reduciéndose a ese placer que subía en espiral: el slap-slap de carne, el olor a sexo crudo, el sabor de su sudor en mis labios cuando volteé a besarlo.
El clímax llegó como un volcán, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo mientras gritaba. Él se vino segundos después, caliente y espeso dentro de mí, su gruñido ronco vibrando en mi espalda. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono. El aire olía a nosotros, a liberación, a algo que no quería nombrar.
Desperté con su brazo sobre mi cintura, el sol filtrándose por las cortinas. Diego dormía plácido, su rostro relajado, guapo como el diablo. Me levanté sigilosa, vistiéndome en silencio.
Tratando de no amarte, letra que ahora canta en mi alma. Pero antes de irme, le dejé una nota en la mesa: "Gracias por la noche, pendejo. Quizás nos veamos". Salí a la calle, el aroma a tacos al pastor envolviéndome, y sonreí. No era amor, o eso me dije. Solo una letra prohibida que al fin canté completa.