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El Comando Try en Python de Mi Deseo Ardiente

6436 palabras

El Comando Try en Python de Mi Deseo Ardiente

Estaba en mi depa en la Condesa, con el laptop abierto sobre la mesa de centro, rodeada del aroma a café de olla que acababa de preparar. La pantalla brillaba con líneas de código en Python que no cedían ni vergas. ¿Por qué chingados este pinche error no se arregla? pensé, mientras pasaba la mano por mi cabello revuelto. Llevaba una playera holgada y shorts cortos, porque el calor de la noche mexicana no perdona. De repente, un mensaje en el grupo de programadores: Diego, el carnal que conocí en un meetup de devs en Polanco, me escribió: "Órale, Ana, usa el comando try en Python para manejar esa excepción, no seas pendeja".

Sonreí, neta me caía chido el Diego. Alto, moreno, con esa barba recortada que me imaginaba rozando mi piel. Siempre tan directo, como su código. Le respondí: "Ven y enséñame, wey, que sola no le atino". No pensé que aceptaría tan rápido. Media hora después, tocó la puerta con su mochila llena de stickers de Linux y una sonrisa que iluminaba el recibidor.

"Qué buena onda que viniste, carnal", le dije, abrazándolo. Su olor a colonia fresca con un toque de sudor del tráfico me envolvió, acelerándome el pulso. Se sentó a mi lado en el sofá, tan cerca que sentí el calor de su muslo contra el mío. "Mira, el comando try en Python es como un seguro, Ana. Pruebas el código riesgoso y si falla, lo exceptúas sin que todo se vaya al carajo". Sus dedos volaron sobre el teclado, explicando con voz grave, pausada. Yo lo veía, hipnotizada por cómo sus antebrazos se tensaban, imaginando esas manos en mi cintura.

La tensión crecía con cada Enter que daba. El ambiente se cargaba de electricidad estática, como antes de una tormenta en el DF. "Ahora tú prueba", dijo, cediéndome el laptop. Mi mano rozó la suya, y juro que un chispazo me recorrió la espina. Nuestras miradas se cruzaron, pupilas dilatadas. "¿Sientes esto también, o soy yo la caliente?" pensé. El código funcionó a la primera. "¡Chingón!", gritamos al unísono, chocando las manos. Pero no nos soltamos. Sus dedos se entrelazaron con los míos, fuertes, cálidos.

Quiero probar más que código contigo, Diego. Quiero tu try en mi cuerpo.

El beso llegó natural, como el siguiente paso en un algoritmo perfecto. Sus labios carnosos presionaron los míos, sabor a menta y deseo puro. Lo jalé hacia mí, sintiendo su pecho firme bajo la playera. "Neta, Ana, desde el meetup te traía en la cabeza", murmuró contra mi boca, mientras sus manos bajaban por mi espalda, apretando mis nalgas con esa posesión juguetona que me encanta. Le quité la playera, revelando un torso marcado por horas en el gym, piel morena oliendo a hombre listo para la acción.

Nos movimos al sillón reclinable, cuerpos enredándose. Mi piel ardía donde me tocaba. Le bajé el pantalón, y ahí estaba su verga dura, palpitante, como un pitón listo para el comando try. "Prueba esto, Ana", dijo riendo, pero con ojos de fuego. La tomé en mi mano, suave terciopelo sobre acero, el calor subiéndome por el brazo. Él gimió, un sonido ronco que vibró en mi chochito ya empapado.

Acto dos de nuestra noche: la escalada. Me recostó, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba mi clavícula. Sus manos exploraban mis tetas, pellizcando pezones erectos hasta que arqueé la espalda, jadeando. "Qué chingonas estás, wey", gruñó, bajando por mi vientre. El olor de mi excitación llenaba el aire, almizclado y dulce. Lamía mis muslos internos, mordisqueando suave, haciendo que mis piernas temblaran. "No pares, pendejo, dame más".

Separó mis labios con los dedos, metiendo uno, luego dos, curvándolos justo ahí, en mi punto G. El sonido húmedo de mi panocha chupando sus dedos era obsceno, delicioso. Yo me retorcía, uñas clavadas en sus hombros, oliendo su cabello mientras él devoraba mi clítoris. Lengua experta, círculos rápidos, succionando como si fuera el último néctar del mundo. El placer subía en oleadas, tensándome los músculos, el corazón latiéndome en los oídos. "¡Diego, ya casi...!" grité, pero él se detuvo. "Try again, amor. No tan rápido".

Me volteó boca abajo, nalgas al aire. Sentí su verga rozándome el trasero, caliente, goteando pre-semen. "Prueba el comando try aquí", susurró, penetrándome lento. Inch a pulgada, estirándome deliciosamente. Gemí fuerte, el ardor inicial convirtiéndose en plenitud. Él se hundía profundo, pelvis chocando contra mis nalgas con palmadas rítmicas, piel contra piel resonando en la habitación. Sudor nos unía, resbaloso, salado al lamer su brazo.

Cambié de posición, montándolo. Sus manos en mis caderas guiándome, yo rebotando, tetas saltando. Lo veía embestido en éxtasis, músculos contraídos, venas hinchadas en su cuello. "Cógeme más duro, cabrón". Aceleramos, el sofá crujiendo bajo nosotros. Mi chochito lo apretaba, ordeñándolo. El olor a sexo crudo, almizcle mezclado con nuestro sudor, me volvía loca. Internamente luchaba: ¿Me corro ya o aguanto para que explote conmigo? La tensión psicológica era tan intensa como la física, como debuggear un código eterno.

Sus dedos bajaron a mi clítoris, frotando en sincronía con sus embestidas. El clímax llegó como un except perfecto: explosión de luces detrás de mis párpados, cuerpo convulsionando, gritando su nombre mientras chorros de placer me inundaban. Él me siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes que sentía palpitar dentro. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones galopando al unísono.

En el afterglow, recostados en la cama ahora, con sábanas revueltas oliendo a nosotros. Corrí el código de nuevo: funcionó impecable. "El comando try en Python salvó el día... y la noche", dijo riendo, besándome la frente. Yo lo abracé, sintiendo su verga semi-dura contra mi muslo, promesa de más pruebas. Neta, Diego, contigo quiero debuggear la vida entera.

La luna se colaba por la ventana, iluminando nuestros cuerpos saciados. No hubo errores esa noche, solo puro código consensual, empoderador. Me sentía reina, él mi rey programador. Y así, entre líneas de Python y orgasmos, encontré mi excepción perfecta: el amor ardiente en la Condesa.

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